Lo que pasó con mi cuñado en la casa vacía

Lo que pasó con mi cuñado en la casa vacía

@camila_rios ·5 de junio de 2026 · ★ 4.5 (16) · 128 lecturas · 7 min de lectura

Yo nunca pensé que esto me pasaría. Que yo, Camila, mujer casada de treinta y dos años, madre de dos niños, fiel a su marido desde los veinte, terminaría follando contra la pared de mi propia casa con el hermano de mi esposo. Pero pasó. Y no voy a negar que cada vez que cierro los ojos, siento aún sus manos en mis tetas, su boca en mi cuello, su polla hundiéndose en mí como si fuera la primera vez.

Fue un martes. Mis hijos estaban con mis suegros. Mi marido, Daniel, se había ido de viaje de trabajo a Medellín. Yo estaba sola en casa, descalza, en bata, viendo una serie en la cama. No tenía ganas de nada. Ni de sexo, ni de hablar, ni de moverme. Solo quería dormir, olvidar el cansancio, sentirme invisible por unas horas.

Pero sonó el timbre.

Bajé las escaleras con pereza, abrí la puerta y allí estaba él: Julián. El hermano menor de Daniel. Treinta años, metro ochenta, pelo oscuro y corto, ojos verdes que brillan cuando sonríe. Siempre fue guapo, pero nunca lo había mirado como algo más que un familiar. Hasta ese día.

—Hola, Cami —dijo con esa voz gruesa que tiene, como si estuviera medio dormido—. Daniel me pidió que pasara a revisar la cisterna del baño. Dice que gotea.

—Ah —respondí, sin saber por qué de pronto me latía el corazón tan fuerte—. Pasa, pasa.

Cerré la puerta tras él. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales, unos jeans gastados y botas de trabajo. Olía a sudor leve, a hombre que ha estado al sol, a algo salvaje que no podía identificar. Me miró, sonrió, y yo sentí un calor entre las piernas que no tenía sentido.

Lo seguí al baño de visitas. Se agachó, abrió la caja del inodoro, metió la mano. Yo me quedé en la puerta, sin saber qué hacer. Entonces se dio vuelta y me dijo:

—¿Puedes abrir el termo? A veces el golpe de aire ayuda a ver si hay fuga.

Fui a la cocina. Mientras abría el termo, sentí sus pasos detrás de mí. No me di vuelta. Sabía que me estaba mirando. Sabía que mis nalgas se marcaban bajo la bata. No me importó. Quería que me mirara.

—Estás buena, Cami —me dijo, de pronto, sin vergüenza—. Siempre lo supe, pero nunca me atreví a decírtelo.

Me di vuelta. Estaba a un metro. Sus ojos bajaron a mis pechos. La bata se me había abierto un poco. No la cerré.

—Julián… —dije, con la voz temblorosa—. No digas eso.

—¿Por qué no? Tu marido no está. Yo no voy a contar. Y tú… tú tienes ganas. Lo veo en tus ojos.

No respondí. No pude. Porque tenía razón. Tenía ganas. Desde hacía meses, desde siempre, tal vez. Desde que lo vi por primera vez sin camisa en la piscina de mis suegros, con el agua resbalándole por el abdomen, con esa polla que se marcaba bajo el bañador.

Dio un paso. Luego otro. Me tomó de la cintura. Me acercó a él. Sentí su erección contra mi vientre. Dura, grande, palpitando. No me aparté. Levanté la cara. Sus labios estaban a centímetros de los míos.

—Si me dices que no, me voy —susurró—. Pero si no dices nada… te voy a chupar hasta que grites.

No dije nada.

Y me besó.

Fue un beso profundo, hambriento, con lengua, con dientes, con deseo acumulado. Me agarró del pelo, me jaló la cabeza hacia atrás, me mordió el labio inferior. Grité. Me empujó contra la pared. Me subió la bata de un tirón. Mis piernas desnudas quedaron al aire.

—Estás mojada —dijo, metiendo una mano entre mis piernas—. Joder, Cami, estás chorreando.

Metió dos dedos. Grité otra vez. Me abrió los labios con los dedos, me buscó el clítoris, lo frotó en círculos. Mientras, con la otra mano, me desabrochó la bata. Me quedé en ropa interior: un tanga negro y un brasier del mismo color.

—Quítate esto —dijo, jalando el brasier.

Lo hice. Me lo saqué. Mis tetas quedaron al aire, grandes, con los pezones duros. Me los miró como si fuera la primera vez que veía tetas de mujer. Se agachó, me tomó una en la boca, chupó con fuerza. Sentí un calambre desde el pecho hasta la concha.

—Julián… por favor…

—¿Qué quieres, Cami? Dime. Quiero oírte decirlo.

—Quiero que me folles —dije, sin pudor—. Quiero que me la metas hasta el fondo.

Sonrió. Se quitó la camiseta. Su torso era perfecto. Pecho definido, abdomen marcado, vello oscuro que bajaba desde el ombligo hasta el borde del pantalón. Se desabrochó el cinturón, se bajó los jeans. Se quedó en bóxers. Su polla era enorme. La vi crecer bajo la tela. Cuando se bajó los calzoncillos, quedó libre. Era gruesa, larga, con una vena marcada que latía. La cabeza era roja, hinchada, con un hilo de líquido preseminal asomando.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Me encanta —respondí, arrodillándome.

Lo tomé con la mano. Pesaba. Caliente. Empecé a mamarla. Con lengua, con labios, con ganas. Lo chupé como si fuera la primera vez que probaba una polla. Lo tomé hasta el fondo, hasta que me ahogué, hasta que me salió por la comisura de la boca.

—Para —dijo, jalándome del pelo—. Si no, me corro ahora.

Me levantó. Me cargó como si no pesara nada. Me llevó al sillón de la sala. Me acostó boca arriba. Me quitó el tanga de un tirón. Me abrió las piernas.

—Voy a comerte —dijo—. Como nunca te han comido.

Y lo hizo.

Su boca estaba en mi coño al instante. Lengua larga, hábil, que recorría cada pliegue. Me chupó los labios, me lamió el clítoris, me metió dos dedos. Grité. Me retorcí. Le agarré el pelo, lo apreté contra mí.

—¡Así, Julián, así! ¡Chúpame más fuerte!

No paró. Siguió hasta que sentí que iba a correrme. Entonces se detuvo. Se levantó. Me dio vuelta. Me puso a cuatro patas.

—¿Quieres que te folle por detrás? —preguntó.

—Sí —gemí—. Por favor, sí.

Sentí su punta en la entrada. Grande. Caliente. Me abrió con cuidado. Entró despacio. Grité de placer. Era mucho. Demasiado. Pero quería más.

—¿Sigo? —preguntó.

—¡Sí! ¡Metémela toda!

Y lo hizo. De una estocada, hasta el fondo. Sentí su pelvis contra mis nalgas. Grité. Me llenó. Me estiró. Su polla me llenaba por completo. Empezó a moverse. Fuerte. Rápido. Cada embestida me empujaba hacia adelante. Me agarró de las caderas, me sujetó, me folló como si fuera su puta.

—¡Joder, Cami, qué prieta eres! —gritó—. ¡Qué bien se siente tu coño!

—¡Sí, sí, más! —gemía yo—. ¡Fóllame más fuerte!

Aceleró. Sus pelotas me golpeaban el culo. Sentía cada centímetro de su verga entrando y saliendo. Me corrí. De golpe. Con un grito largo. Me temblaron las piernas. Pero no paró. Siguió follando. Me dio vuelta. Me puso debajo de él. Me penetró otra vez. Esta vez me miró a los ojos.

—¿Te gusta que te folle tu cuñado? —preguntó.

—Sí —dije, sin vergüenza—. Me encanta que me folles.

Me besó. Mientras me follaba, me besó. Me metió la lengua, me mordió los labios. Sus embestidas eran cada vez más fuertes. Sentía que me iba a romper. Pero no quería que parara. Quería que me destrozara.

—Me corro —dijo, de pronto.

—No —dije—. No te corras adentro.

Pero ya era tarde.

Sentí el primer chorro. Caliente. Denso. Me llenó por dentro. Grité. Me corrió otra vez. Tres, cuatro veces. Me inundó. Su semen me bajó por las nalgas, por el culo, por los muslos.

Quedó encima de mí. Sudaba. Jadeaba. Su polla, aún dura, aún dentro de mí.

—Joder, Cami —dijo—. Fue… fue como un sueño.

No dije nada. Solo lo abracé. No quería que se saliera. Quería seguir llena de él.

Pero tuvo que salir. Se levantó. Se limpió con mi tanga. Se puso los pantalones. Yo me quedé allí, desnuda, con su semen corriéndome por las piernas.

—Daniel no debe saber —dije.

—Lo sé —respondió—. Pero si él se va otra vez… y tú estás sola…

Me miró. Sonrió.

—Yo vengo cuando me llames.

Y se fue.

Yo me quedé en el suelo. Me puse la bata. Me limpié con cuidado. Subí a mi cuarto. Me duché. Pero incluso bajo el agua, sentía su olor. Su sabor. Su polla.

Y supe que no había sido un error.

Fue el principio.

Porque al mes, Daniel volvió a viajar.

Y yo le mandé un mensaje a Julián.

Solo decía: *Estoy sola*.

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