Lo que pasó con el chico del otro lado del mundo
6 minLo que pasó con el chico del otro lado del mundo
Vos sabés cómo es: a veces, cuando la soledad aprieta y el cuerpo empieza a pellizcarte por dentro como un recuerdo que no se va, uno busca algo que lo desconecte un rato. No necesariamente por huir, sino por sentir. Y así, una noche de esas en las que el calor no se va ni con el ventilador a todo pompa, me descubrí navegando en una app de encuentros virtuales. No buscaba nada serio, honesto: solo ganas de ser tocada, aunque fuera con palabras, con voz, con la oscuridad de una pantalla que no juzga.
Me llamé Camila, y puse una foto donde estaba medio escondida entre las sombras de mi cuarto, el cabello suelto, los labios entreabiertos, una camiseta fina que dejaba entrever la curva de los pechos. No era una promesa, era una invitación sutil, como cuando alguien te pasa una mano por la nuca sin decir nada.
Y ahí apareció él: León. Se presentó con un “hola, ¿estás sola?” y una foto de perfil donde se veía un cuerpo atlético, piel morena, pecas en los hombros, y una sonrisa que daba ganas de morderle el labio. No usaba nombre falso, ni se hacía pasar por otro. Solo León, 29 años, vivía en Madrid. Yo, 28, en Córdoba. 6 horas de diferencia. Pero la noche, en ambos lados, era igual de oscura.
—¿Viste que ahora la luna está llena acá? —le escribí, mostrándole la ventana por donde entraba la luz plateada.
—Y acá está nublado… pero tengo ganas de que ilumines algo —respondió enseguida.
Y así empezó. No con saludos rebuscados ni preguntas aburridas. Directo a lo que nos quería comer. Le dije que me encantaba que hablara con esa seguridad que no es agresiva, sino firme, como un abrazo que ya sabés que te va a sostener. Me dijo que le gustaba cómo me movía cuando escribía: que se imaginaba mis dedos deslizándose por la pantalla, como si los usara para acariciar también.
—¿Viste cómo me pongo cuando te leo? —le confesé, bajando la voz en el chat. Me puse de pie frente a la espejera, me quité la camiseta despacio, dejando al descubierto los pechos flacos pero firmes, los pezones ya apretados por el calor y la anticipación. Me toqué con la yema de los dedos, sin presión, solo rozando, mientras le escribía: *Así.* Y luego: *¿Querés que te cuente qué hago ahora?*
—Sí —me escribió—. Dime todo. Mientras hablás, me imagino.
Me senté en la cama, con las piernas abiertas, la camiseta tirada en el suelo, las manos apoyadas atrás, sosteniendo mi peso. Me separé con suavidad los labios de la concha, mostrándole en la cámara frontal lo que ya estaba mojada, brillante, sensible. Le dije que me gustaba que me mirara, que me decía lo que veía. Que no me daba vergüenza. Que con vos no me daba.
—Vos tenés una concha hermosa —me dijo—. Oscura por fuera, pero acá, donde se abre… está radiante. Como un caracol que solo se abre para el sol.
Me temblaron las manos. No por vergüenza: por el calor que me subió de golpe, como cuando alguien te dice algo que sabés que es cierto, pero que nunca escuchaste antes. Me pasé un dedo por el clítoris, apenas, y me arqueé un poco. Me dije: *Sí. Esto es lo que quería.*
—¿Y ahora qué hacés? —le pregunté, con la voz más ronca de lo que pretendía.
—Te miro. Me pongo de pie. Me desabrocho el pantalón. Y veo cómo se me pone dura la verga solo con mirarte.
Me mordí el labio. No dije nada por un segundo. Luego: *Dame un detalle.* —Tus dedos —me respondió—. Los tenés pegados al clítoris, pero no lo apretás. Lo rozás, como si estuvieras probando su sabor. Y cuando lo hacés, te pones un poco rígida, como cuando te pica algo pero no te querés mover.
Me miré en la cámara. Realmente estaba así. Y me di cuenta de que él me había descrito sin verme en movimiento, solo por mis palabras. Me subió un calor tan fuerte que sentí el sudor en la espalda, aunque el aire estaba quieto. Me separé más los labios con dos dedos, y pasé el pulgar lentamente sobre el clítoris, una y otra vez, con un ritmo que me salía solo.
—¿Te gusta que te toque así? —le pregunté, jadeando un poco.
—Sí —me dijo—. Pero yo te tocaría de otra forma. Te abrazaría por la cintura, te levantarías los muslos, y te metería los dedos dentro, despacio, para que te acostumbres. Y mientras te garcha, te besaría el cuello, mordisqueando la yugular, hasta que te salgas de onda.
Me mordí la lengua. Me puse de rodillas en la cama, con la cámara enfocada de perfil, para que me viera mejor. Me pasé la mano por el vientre, hacia abajo, hasta que encontré la entrada. Me metí un dedo, apenas, y me tensé un poco. Me dije: *Ahora.* Y lo hice.
—Estoy metiéndome un dedo —le dije—. Despacio. Como dijiste. Me gusta. Me gusta que lo imagines vos.
—Sí —me susurró—. Ahora meté otro. Y cuando estés lista, mové la cadera. No con fuerza. Con ganas.
Lo hice. Y mientras lo hacía, escuché su respiración pesada por el micrófono, y me di cuenta de que él también estaba allí, con el pantalón abajo, la verga en la mano, moviéndose al ritmo de lo que yo hacía. Me dijo que me veía hermosa, que me quería decir todo lo que le daba ganas de hacerme cuando nos viéramos —porque sí, habíamos llegado a eso: queríamos vernos. No como un sueño lejano, sino como algo que ya estaba empezando a moverse.
—¿Cuándo? —le pregunté, jadeando más fuerte.
—No sé. Pero te lo voy a decir en cuanto llegue a tu ciudad. Y cuando llegue, te voy a besar sin pedir permiso. Y después te voy a conchear hasta que no sepas más quién sos.
Me sentí correr. Fue rápido, tan rápido que me sorprendí. Me abrí más los labios con los dedos, me puse rígida, y cuando el orgasmo llegó, me agarré al colchón y cerré los ojos. Sentí el calor en la cara, el sudor en el cuello, y una paz que no sentía desde hacía meses. Me miré en la cámara, con el pelo despeinado, los labios húmedos, y le escribí:
—Vos me garchaste con palabras. Y yo me dejé.
—Y vos me cogiste con tu mirada —me respondió—. Mañana, cuando te despiertes, recordá esto. Y recordá que no fue sueño. Fue real. Porque vos lo sentiste. Y yo lo sentí también.
Y así, con la pantalla apagada y el ventilador siguiendo girando, me quedé quieta, con el cuerpo lleno de él, aunque nunca nos tocamos. Solo con el eco de su voz, el recuerdo de sus palabras, y la certeza de que el sexo virtual no es una segunda opción. Es otra forma de querer, de necesitar, de arder.
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Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.