Lo que me hizo el dueño del hotel en la habitación 304

Lo que me hizo el dueño del hotel en la habitación 304

@la_viajera ·26 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (6) · 98 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas del viejo hotel colonial de San José, donde las gotas se deslizaban como dedos curiosos sobre el cristal empañado. Clara había llegado por la tarde, después de una jornada agotadora en el Museo del Oro, con los pies hinchados y el pelo húmedo pegado a las sienes. El hotel, un edificio de los años 50 con pisos de madera que crujían como viejos huesos, olía a cedro, café recién hecho y algo más: algo cálido, casi masculino, que no logró identificar hasta que cruzó el umbral y lo vio.

—Bienvenida —dijo él, sin dejar de limpiar un vaso con un paño que ya estaba más limpio que nuevo.

Era alto, de hombros anchos y cintura estrecha, con los antebrazos cubiertos de tatuajes oscuros que se perdían bajo las mangas de la camisa blanca, ligeramente abierta en el cuello. Tenía los ojos oscuros, de esos que parecen observar más de lo que dicen, y una sonrisa que no llegaba del todo, como si guardara una broma interna. Se llamaba Daniel. El dueño. Y, según la tarjeta que colgaba del cuello con una cuerda de cuero, también el único personal de recepción.

—Clara —respondió ella, entregándole el documento con una sonrisa neutral, pero su cuerpo ya reaccionaba antes de que su mente lo autorizara: tensión en los hombros, latido acelerado, piel más sensible.

—Habitación 304. Última del pasillo. La más tranquila —dijo él, dejando la llave sobre la madera con un golpe seco—. No hay ascensor. Las escaleras son de madera maciza. No te caigas.

La miró un segundo más de la cuenta. Clara notó que sus pupilas se dilataban, como si hubiera leído algo en su rostro, en su postura, en el modo en que se mordisqueaba el labio inferior al bajar la mirada.

Subió las escaleras despacio, escuchando cada crujido bajo sus tacones. La lluvia seguía cayendo, ahora con más fuerza, y el cielo se había vuelto gris y pesado. Al entrar en la habitación, lo primero que notó fue la luz cálida de las lámparas de cristal, el olor a lavanda y tabaco viejo en las cortinas, y la cama enorme con sábanas de lino arrugadas como si ya hubieran conocido placeres recientes. Se quitó el abrigo, dejó la bolsa en el suelo y se acercó a la ventana. Desde ahí, veía el jardín trasero, lleno de plantas tropicales que se balanceaban con el viento.

Toc, toc.

Se volvió de golpe. Tres golpes, pausados, seguros.

—¿Sí?

—Te traje café —dijo él, empujando la puerta sin esperar respuesta. Llevaba una bandeja de madera, dos tazas humeantes y un plato con galletas de vainilla.

—Gracias —murmuró ella, apartándose de la ventana, pero no lo suficiente.

Daniel entró. Se movía con una seguridad que no era agresiva, pero sí muy presente. Clara sintió el aire cambiarse al entrar él, como si la temperatura subiera tres grados. Se acercó a la mesa baja, puso la bandeja y se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, mirando la habitación con ojos de dueño.

—¿Te gusta el café fuerte? —preguntó, sin mirarla.

—Sí.

—Bueno. Yo también.

Ella tomó una taza. El calor le quemó los dedos. Daniel la observó mientras bebía un sorbo, y Clara sintió el peso de su mirada en el cuello, en la base de la garganta, en la curva de su columna.

—¿De dónde vienes? —preguntó él, finalmente.

—Guadalajara. Venía a una conferencia de diseño.

—Y ahora estás atrapada aquí.

—¿Atrapada?

—Por la lluvia. Por el horario de cierre del restaurante. Por mí.

Clara rió, pero fue una risa corta, nerviosa. Se mordió el labio de nuevo.

—¿Y si no quiero estar atrapada?

—Entonces te vas. Pero no creo que quieras. —Se acercó un paso más—. Tienes los ojos de quien ha esperado mucho para algo que aún no ha ocurrido.

No supo si era una coleta o una verdad incómoda. Pero sintió que su entrepierna se calentaba.

—¿Y qué sugieres? —preguntó ella, con la voz más baja, más grave.

—Que te quedes. Que disfrutes el café. Que me cuentes por qué llevas los ojos rojos, Clara.

No lo había notado. Se tocó los párpados. Él había estado observando más de lo que imaginaba.

—Mi madre murió hace dos semanas —dijo, y no sabía por qué lo dijo.

Daniel asintió, como si fuera una respuesta suficiente. Se quitó la camisa. Lentamente. Desabrochó los botones con dedos grandes y seguros, dejando al descubierto un pecho ancho, cubierto de vello oscuro, con una cicatriz en el costado, casi invisible.

—¿Y ahora? —preguntó.

—¿Ahora?

—¿Qué quieres hacer ahora?

Clara no respondió. Se acercó a la cama. Se sentó, cruzó las piernas, pero no se quitó los zapatos. Daniel se acercó, dejó la taza vacía sobre la mesa, y se sentó a su lado, espacio suficiente para que no la tocara… pero no tanto como para no sentir su calor.

—Dime qué te gusta —susurró.

—No sé —mintió.

—Clara. Dime. Estoy en tu habitación. Soy el dueño. Tengo las llaves de todas. —Sonrió, esta vez sí, con una mueca que no era coqueta, sino peligrosa—. Y tú estás aquí, sola, hermosa y triste. No me engañes.

Ella lo miró. Sus ojos ya no eran oscuros. Eran húmedos. Hambrientos.

—Me gusta que me hables así —confesó.

—¿Así cómo?

—Como si supieras lo que voy a hacer antes que yo.

Daniel se levantó. Se desabrochó el cinturón, lentamente. No quitó los pantalones aún. Se puso de pie frente a ella, con las manos sobre los botones del vaquero.

—¿Y si te digo que ya lo sé?

Clara no respondió. Se quitó los zapatos. Se estiró sobre la cama, con las manos detrás de la cabeza, como una ofrenda. Daniel se acercó. Le quitó el suéter con un movimiento suave. Le desabrochó el sujetador con los pulgares, dejando sus pechos libres, redondos, con pezones que se endurecieron al instante al contacto con el aire. Daniel los rozó con los dedos, sin presión, apenas un roce, mientras le mordía el cuello, su respiración caliente en su piel.

—Dime ahora —susurró—. ¿Quieres que te toque? ¿Quieres que te lama? ¿Quieres que te meta entre las piernas hasta que te olvides de su nombre?

Clara gimió. No lo pudo evitar. Se arqueó hacia él, llevando sus pechos a su mano.

—Dime qué quieres, Clara. Dímelo.

—Quiero que me cojas —dijo, con voz rota—. Quiero que me tomes la primera vez que vuelvo a sentir algo.

Daniel no dijo nada. Se quitó los pantalones. Su pene salió rígido, grueso, con la punta húmeda y brillante. Se lubricó con una gota de saliva y se colocó frente a ella. Le separó las piernas con la rodilla, le acarició el vello púbico con la yema de los dedos, y entonces, con una lentitud que dolía, la empujó dentro.

Clara gritó. No de dolor, sino de intensidad. Se agarró a sus hombros, clavó las uñas en su piel, y lo sintió todo: el grosor, la temperatura, la forma en que se estiraba para caber en ella. Daniel no se movió. La miró a los ojos, con las nalgas apretadas, los músculos del cuello tensos, y esperó a que ella se acostumbrara.

—¿Así? —preguntó.

—Sí —mintió otra vez. Porque no era así. Era más. Era todo.

Entonces él empezó a moverse. Con calma, primero, como si estuviera leyendo su cuerpo, como si cada empuje fuera una pregunta y ella la única que sabía la respuesta. Clara cerró los ojos. Dejó de pensar. Dejó de recordar. Dejó de ser hija, hermana, amiga. Solo era piel, calor, ritmo. Daniel la cogía con firmeza, sin violencia, pero con una posesividad que la hacía sentir segura. Le mordía el hombro, le chupaba el pezón, le susurraba al oído lo que haría a continuación, como si ya lo hubiera planeado desde el primer momento.

—Ahora te voy a coger más fuerte —dijo, y así lo hizo.

Clara gritó su nombre. Se corrió con él, con un estremecimiento que le subió por la espalda y la dejó temblando, con los ojos cerrados, el cuerpo arqueado, y la respiración cortada.

Daniel no se corrió dentro. Se retiró con cuid

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