La vuelta del polvo
Había pasado cinco años desde la última vez que la vi. Cinco años de mudanzas, de noches con mujeres que no me dejaban marca, de orgasmos secos que se me escurrían como agua entre los dedos. Y entonces, esa tarde, sonó el timbre y allí estaba ella: Valeria, con el pelo más corto, los ojos más oscuros, y esa boca que siempre me hizo pensar en morder hasta sangrar.
—Hola, Diego —dijo, y su voz era la misma, pero más grave, como si el tiempo le hubiera pasado por encima con botas pesadas.
No dije nada. Solo la agarré del cuello y la besé como si fuera a matarla. Con lengua, con dientes, con hambre. Ella respondió igual, clavándome las uñas en los brazos, abriendo la boca para mí como si llevara años esperando este momento. Nos empujamos dentro del departamento, sin soltarnos, tropezando con la mesa del comedor, y caímos sobre el sofá. Su falda se subió sola, y yo ya tenía la mano entre sus piernas, sintiendo el calor a través de la tela del tanga.
—No has cambiado, cabrón —jadeó, arqueando la espalda cuando empecé a frotarle el clítoris con el pulgar.
—Tú tampoco. Seguís mojándote con solo verme.
Me desabroché el pantalón, saqué la verga y se la puse en la cara. Ella la tomó sin pedir permiso, sin juegos previos. Su boca era un horno húmedo, la lengua moviéndose como si la hubiera estado esperando. Me chupó con furia, con ganas de devorar, de tragarse cada centímetro. Sentí cómo me hinchaba, cómo el glande se me ponía morado, cómo el primer hilo de presemilla le resbalaba por la barbilla.
—Para —le dije, y la levanté del suelo. La tiré boca abajo sobre la mesa, le bajé el tanga de un tirón y le separé las nalgas. Tenía el culo perfecto, redondo, prieto, y entre las piernas, el coño brillante, hinchado, pidiendo por más. Me puse de rodillas, le abrí los labios con los dedos y empecé a lamerla. Primero el clítoris, con círculos lentos, luego más adentro, metiéndole la lengua hasta el fondo, saboreando su sabor ácido, dulce, salvaje.
—¡Sí, Diego, así, como antes! —gritó, moviendo las caderas contra mi boca.
Me paré, me puse un condón y la tomé por las caderas. Le metí la verga de una sola embestida. Ella gritó, pero no de dolor, de placer. De alivio. Sentí cómo sus músculos se contraían alrededor de mi polla, cómo el coño se ajustaba como un guante caliente. Empecé a follarla fuerte, con golpes largos, profundos, hasta el fondo. Le agarré el pelo, le doblé el cuello hacia atrás y le dije al oído:
—¿Te acuerdas cómo te hacía venir con esto?
—¡Sí, mierda, sí! —gritó, y sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo.
Su orgasmo fue violento, como un terremoto. Se corrió gritando mi nombre, temblando, apretándome la polla como si no quisiera soltarme. Pero yo no había terminado. La di vuelta, le abrí las piernas y seguí follando, ahora viéndole la cara, viendo cómo el sudor le corría por el pecho, por los senos que me moría por chupar. Me incliné, le mordí un pezón, duro como una piedra, y seguí follando, más rápido, más fuerte.
Cuando me corrí, fue con los ojos abiertos, mirándola a ella. Le dije “te amo” sin pensarlo, sin planearlo, como si el cuerpo me hubiera traicionado. Ella no dijo nada, solo me abrazó, me besó en el cuello, y me susurró:
—Mañana otra vez.
Y supe que no había sido solo sexo. Fue regreso. Fue fuego. Fue carne que se reconoce después de años.
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