La viuda del quinto

@el_forastero ·8 de diciembre de 2025 · ★ 4.9 (6) · 50 lecturas

El aire del edificio olía a cera vieja y humedad contenida, ese tufo discreto de los edificios antiguos donde las paredes guardan susurros y los ascensores chirrían como si cargaran siglos. Era media tarde, una de esas horas tibias de mediados de otoño en la ciudad, cuando la luz se vuelve densa y los cuerpos piden algo más que ropa ajustada. Rafael subía por las escaleras. Había dejado el ascensor averiado hacía tres semanas, y ya ni se molestaba en esperarlo. Cuarenta y siete años, calvo lustroso, espalda ancha de nadador que ya no nada, pantalones chinos ajustados y camisa desabrochada hasta el tercer botón. Subía despacio, con la bolsa de la compra en una mano y una botella de vino tinto en la otra. Lo hacía con propósito. No era la primera vez que subía al quinto.

Doña Elvira vivía sola desde que su marido murió, hacía ya dos años. Setenta y uno cumplidos, pero con un cuerpo que el tiempo parecía haber respetado como se respeta un templo antiguo: firme, trabajado, con curvas que no traicionaban la edad. Lo que se veía bajo la bata de seda negra era suficiente para detener el pulso de un hombre más joven. Pero no era joven. Rafael no era un muchacho. Tampoco era viejo. Era un hombre en el centro exacto de la vida, con el deseo intacto y la piel aún sensible al tacto. Y Elvira… Elvira era fuego lento.

Se conocieron por casualidad, como tantos en los edificios viejos. Un cable suelto en el pasillo, una llave prestada, un café compartido en el umbral. Pero lo que empezó como cortesía se fue torciendo, como una cuerda tensa que al final cede. Él le traía pan del día, ella le guardaba el correo. Luego fueron cenas, copas, risas que se alargaban hasta que la noche se volvía densa. Y siempre, siempre, esa mirada. La de ella, oscura, profunda, que no bajaba cuando él pasaba. La de él, que se detenía un segundo de más en sus pechos bajo la bata, en el hueco de su cuello, en el modo en que se mordía el labio al servir el vino.

Esa tarde, Rafael subió con la botella de Malbec. No había fiesta, no había motivo. Solo el calor creciente entre ellos, el aire espeso de lo que se sabe que va a pasar. Llamó con los nudillos. Tres golpes.

—Adelante, está abierto —dijo ella desde dentro.

La puerta chirrió. Rafael entró. Elvira estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, un libro en las manos, los pies descalzos sobre la mesa baja. Llevaba una bata de seda roja, apenas atada, y debajo… nada. Lo sabía. Lo había adivinado antes, lo había sentido en las miradas, en los roces fingidos. Pero ahora, al verla, el aire se le cortó. Sus pechos llenos, con pezones oscuros y erguidos, se adivinaban bajo la tela. El vello de su pubis asomaba apenas, rizado, oscuro, como una promesa.

—Llegas tarde —dijo, sin levantar la vista del libro.

—El supermercado estaba lleno —respondió él, dejando las bolsas sobre la mesa de la cocina.

Ella cerró el libro. Lo dejó sobre la mesa. Se levantó despacio. Caminó hacia él. No llevaba zapatos. Sus pies eran pequeños, con las uñas pintadas de rojo oscuro. Cuando estuvo frente a él, alzó la mano y le desabrochó el primer botón de la camisa. Luego el segundo. Hasta que la abrió por completo.

—Tienes el pecho sudado —dijo, rozando con las yemas de los dedos los pelos oscuros que le cubrían el torso—. Te gusta el calor…

—Me gusta el tuyo —respondió él, agarrándola de la cintura.

La bata se abrió del todo. No llevaba nada. Nada. Sus tetas grandes, con pezones gruesos y hinchados, se estrellaron contra el pecho de Rafael. Él gimió. Ella sonrió. Entonces lo besó. Con lengua, con hambre, con una necesidad que no podía contener. Sus manos bajaron, agarraron el trasero de él, lo apretaron.

—Quítate los pantalones —dijo entre dientes—. Ahora.

Rafael se deshizo de ellos en segundos. Calzoncillos, calcetines, todo. Quedó desnudo frente a ella. Su polla, gruesa, larga, con la cabeza oscura y hinchada, apuntaba hacia arriba, temblando. Elvira se arrodilló. No dijo nada. Solo abrió la boca y se la metió entera. Hasta el fondo. Rafael gritó.

Ella chupaba con fuerza, con ansia, como si llevara años sin probar carne. Su lengua rodeaba la cabeza, la lamía, la mordía suave. Sus manos agarraban sus bolas, las apretaban, las masajeaban. Rafael le puso una mano en la cabeza, empujó. Ella no se quejó. Tomó más, tragó, hasta que la garganta se cerró y empezó a jadear.

—Para… para… —jadeó él—. Si no, me corro.

Ella se levantó. Sonrió.

—Quiero que te corras. Pero no ahora.

Lo tomó de la mano y lo llevó al dormitorio. La cama estaba deshecha, con las sábanas revueltas. Sobre la mesita, un vibrador, un lubricante, un condón. Ella tomó el condón, lo desenrolló lentamente sobre su polla. Luego se subió encima, de espaldas, y se sentó sobre él.

—Agárrame las tetas —dijo.

Rafael obedeció. Sus manos grandes cubrieron los senos de ella, los apretaron, los moldearon. Ella bajó despacio, dejando que la polla entrara centímetro a centímetro. Gimió.

—Dios… qué grande…

—Toda tuya —dijo él, empujando desde abajo.

Ella empezó a moverse. Arriba y abajo. Lento. Profundo. Sus nalgas se tensaban con cada subida, sus muslos brillaban de sudor. Rafael no podía dejar de mirarla. La forma en que su coño se estiraba alrededor de su verga, la humedad que le corría por los muslos, el modo en que su clítoris palpitaba como un corazón al descubierto.

—¿Te gusta? —preguntó ella, mirándolo por encima del hombro.

—Me encanta. Eres una puta hermosa.

Ella se rió. Bajó más, se inclinó, dejó que la polla entrara hasta el fondo. Gritó.

—¡Sí! ¡Así! ¡Más!

Rafael le soltó las tetas y le agarró las caderas. Empezó a embestir con fuerza, sin piedad, como si fuera la última vez. El sonido de los cuerpos chocando llenó la habitación. Elvira gritaba, se retorcía, se corría una y otra vez.

—¡Más! ¡Más fuerte! ¡Dame más!

Él la giró. La tumbó sobre la cama. Le separó las piernas y entró de nuevo, de un solo empujón. Ella gritó, arqueó la espalda. Rafael la cogió de las rodillas, las levantó, y empezó a follarla como un animal, con saña, con deseo puro. Su polla entraba y salía, chorreando de su sexo, de su sudor, de su olor.

—¡Tómalo! ¡Tómalo todo! —rugió él.

Ella no respondió. Solo gritaba, se corría, se deshacía.

Cuando Rafael sintió que iba a venirse, la sacó. La hizo girar. Le puso la cara sobre la almohada, le agarró el pelo y la volvió a penetrar por detrás.

—Voy a correrme —dijo—. Dentro.

—¡Sí! ¡Hazlo! ¡Dentro!

Él gritó. Empujó. Se corrió dentro de ella, con fuerza, con todo. Tres, cuatro, cinco embestidas profundas, hasta que no pudo más. Se dejó caer sobre ella, sudando, jadeando, con el corazón a mil.

Permanecieron así un rato. Ella, con las piernas abiertas, la cara hundida en la almohada, el coño lleno de él. Él, encima, respirando con dificultad.

—Nunca… —dijo ella, sin aliento—. Nunca había sentido algo así.

Él no respondió. Solo la abrazó.

Pasaron horas. Hablaron. Bebieron vino. Comieron queso y pan. Luego, otra vez. Esta vez fue ella quien lo montó, despacio, mirándolo a los ojos. Esta vez se corrió primero, gritando su nombre. Esta vez, él la agarró del cuello y la folló como si fuera suya.

Y lo era.

Cuando amaneció, Rafael bajó por las escaleras. Nadie lo vio. Nadie supo. Pero él sabía. Y ella también.

Esa noche, y las siguientes, el quinto piso olía diferente. A sexo, a sudor, a mujer satisfecha. A hombre cumplido.

Y el ascensor seguía roto. Pero a nadie le importaba ya subir las escaleras.

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