La vez que doña Gloria me enseñó lo que era un hombre de verdad

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El calor en Medellín caía espeso, como manta húmeda sobre el cuerpo, y a las ocho de la noche, el ventilador apenas movía el aire caliente que se pegaba a la piel. En el segundo piso de un edificio viejo de Laureles, con rejas oxidadas y puertas que chirriaban de puro desgaste, Diego Salas se sentaba en el sofá desfondado de su tía, doña Gloria. Ella, a sus cincuenta y cinco bien llevados, con un culo redondo que no perdía forma y unas tetas que el tiempo había bajado pero no humillado, se paseaba en biquini por la casa, sin vergüenza, como si fuera domingo de misa y ella la virgen del Carmen.

—¿Y qué, muchacho? —le dijo, acercándose con un vaso de ron en la mano, el pelo crespo y canoso recogido en un moño desaliñado—. ¿Todavía no te quitaste la inocencia o qué?

Diego se rió, nervioso. Veintitrés años, soltero, estudiante de literatura, y más mojado por dentro que por fuera con ese calor. No respondió, solo bajó la vista al pito que se le marcaba en el pantalón de algodón, duro como tabla desde que ella se agachó a servirse más trago y le mostró media nalga, blanca y tersa como mazorca recién pelada.

—Ay, nene… —dijo ella, sentándose a su lado, el muslo desnudo pegado al de él—. No seas tímido. Yo no muerdo… aunque si quieres, puedo morderte donde más te guste.

Diego tragó saliva. Ella le puso la mano en la pierna, subiendo despacio, con uñas pintadas de rojo descascarado. Cuando le tocó la entrepierna, él dio un respingo. Ella sonrió, maliciosa.

—¡Uy! Qué rápido se pone el pichón… ¿Y esto nunca ha salido a pasear?

—No… no mucho —balbuceó.

—Pues hoy sale —dijo ella, y sin más, le bajó el pantalón y el calzoncillo de un solo jalón.

El pito le saltó duro, grueso, con la punta hinchada y brillante de preseminal. Doña Gloria lo miró como quien encuentra un tesoro escondido.

—¡Ay, Jesús! —exclamó—. ¿Y con esto has estado guardadito? ¡Eso es un cañón, muchacho!

Se inclinó y, sin pedir permiso, se lo metió entero en la boca. Chupó con fuerza, con ganas, como si llevara años sin probar carne de hombre. Diego gritó, agarró el sofá con las manos, los ojos en blanco. Ella lo mamaba con voracidad, con la boca caliente y húmeda, la lengua rodeando la cabeza, los labios apretados al fondo.

—¡Coño, doña Gloria! ¡Me va a salir ahí mismo!

Ella se detuvo, le soltó el pito con un *pop* húmedo y se paró, se quitó el biquini y se sentó a horcajadas sobre él. Sin preliminares, se tomó el miembro con la mano y se lo metió entero, de un solo empalamiento. Diego gritó, los ojos se le llenaron de lágrimas de placer.

—¡Qué rico, hijueputa! —gritó—. ¡Qué culo tan chimba!

Ella reía, moviéndose arriba y abajo, lento al principio, luego más rápido, los senos rebotando libres, la boca entreabierta, jadeando. El cuarto olía a sudor, a sexo, a ron y a deseo viejo que por fin se cumplía.

—¿Te gusta? —preguntó ella, empalándose más fuerte—. ¿Te gusta cómo te come el coño doña Gloria?

—¡Sí, hijueputa! ¡Sí! ¡Más fuerte, por favor!

Ella se inclinó, le mordió el cuello, le jaló el pelo, y siguió cabalgando como si no hubiera un mañana. Diego le agarró las nalgas, separó los cachetes y le metió un dedo al culo, despacio al principio, luego más hondo. Ella gritó, se corrió con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo, y él, al sentir el coño apretándole el pito, no aguantó más.

—¡Me vengo, coño! ¡Me vengo!

—¡Dentro, hijueputa! ¡Dentro!

Y él lo hizo. Le disparó tres, cuatro, cinco chorros calientes adentro, llenándole el coño hasta que le chorreó por los muslos. Ella se dejó caer encima, sudada, jadeante, feliz.

—Ay, muchacho… —dijo, besándole el cuello—. Eso sí fue un hombre de verdad.

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