La ventana del quinto piso
La luz del atardecer se deslizaba por los edificios como una lengua tibia, dorada y lenta, acariciando los cristales polvorientos del departamento 504 del edificio Miraflores. En ese momento, Sofía —una mujer de treinta y tantos años, piel morena clara con pecas que salpicaban sus hombros cuando se ponía blusa ligera— estaba casi lista. Se había quitado el sujetador y lo había dejado sobre el respaldo de una silla de madera con patas desiguales, el mismo que usaba desde que se mudó, hace ya casi cinco años. La blusa, de algodón blanco con flores pequeñas, yacía sobre la cama, abierta como una promesa. Ella, ahora con solo un slip de encaje negro que ceñía sus nalgas con firmeza, se acercó a la ventana del cuarto principal. No era una costumbre; era un impulso. Algo que había estado evitando durante semanas, pero que hoy, con el calor pegajoso de junio y el silencio de la casa de sus padres —porque sus papás estaban fuera de ciudad, visitando a su hermana en Guadalajara—, se volvió ineludible.
El departamento de enfrente —el 503, el que tenía las persianas de madera siempre medio bajadas— era de Lucas. Un tipo alto, de cabello oscuro, barba bien cuidada, que trabajaba desde casa como fotógrafo comercial. Sofía lo había visto varias veces: entrando con bolsas de mercado, saliendo con su perro, un golden retriever叫 Max que parecía más grande que la mayoría de los perros de raza grande en la colonia Roma. Una vez, lo vio en pijama, tostando pan con mantequilla y mermelada mientras escuchaba música con los audífonos puestos. Otra vez, lo vio sentado en el sofá, con una botella de cerveza en la mano y una laptop sobre las rodillas, los dedos moviéndose rápido sobre el teclado, los ojos fijos en la pantalla, absorto. Pero nunca le había hablado. Nunca había cruzado más que una mirada breve en el elevador, donde siempre bajaba los ojos, como si el simple hecho de mirarlo demasiado pudiera comprometerla.
Hoy, sin embargo, se sintió diferente. Quizá fue el calor. O el hecho de que, desde que sus papás se fueron, se había permitido pensar en él más de lo normal. O tal vez fue simplemente la manera en que el sol se colaba por la ventana y le hacía brillar la piel como si fuera cera fundida. Lo cierto es que se acercó a la ventana, descorrió ligeramente la cortina blanca de algodón —solo lo suficiente para que pudiera ver, sin ser vista— y se quedó quieta, con las manos apoyadas en el marco frío, el pecho subiendo y bajando con una respiración lenta, calculada.
Lucas estaba en su cuarto. Sin camisa. Sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas, la cabeza baja. Max, el perro, estaba acostado a sus pies, con la lengua fuera, jadeando suavemente. Sofía vio cómo se le tensaban los músculos de la espalda cuando Lucas se levantó, cómo se estiraba, los brazos arriba, los hombros anchos moviéndose como si estuviera sacudiendo la fatiga del día. Se dio cuenta de que él también estaba sudando. La camiseta que se puso después era gris, suelta, de algodón viejo, y se le pegaba ligeramente en la espalda, marcando los contornos de sus omóplatos.
Se sentó de nuevo, esta vez con la espalda apoyada en la cabecera de la cama. Se quitó las zapatillas, se pasó una mano por el cabello, luego se levantó de nuevo, caminó hasta el armario, abrió uno de los cajones inferiores —los más profundos— y sacó un paquete pequeño, envuelto en papel de seda azul. Lo colocó sobre la cama, lo desató con cuidado, y dentro había un bloque de hielo, envuelto en una servilleta de tela blanca. Lo tomó con ambas manos, lo llevó lentamente al pecho, y lo presionó contra su piel. Sofía no parpadeó. Lo vio cómo el hielo se derretía en contacto con su pecho, cómo el agua fría le bajaba por el pecho, por el ombligo, desapareciendo bajo el borde de la camiseta.
—Max, ¿quieres un poco? —dijo Lucas, sin mirar al perro, como si estuviera hablando consigo mismo, o con alguien invisible.
Max levantó la cabeza, bostezó, y volvió a apoyarla en las patas delanteras.
Sofía sintió un calor distinto. No del sol, ni del edificio, ni del verano. Un calor que le subía por el cuello, le apretaba el centro del pecho, y bajaba directo entre las piernas, como una ola que no esperaba. Su propia piel le parecía más sensible, como si cada poro estuviera despierto. Se mordió ligeramente el labio inferior, sintió el sabor salado de su propio nerviosismo, y bajó una mano lentamente hasta su muslo, deslizándola por debajo del slip, buscando la curva de su vulva, ya húmeda, ya lista.
No se tocaba con intención de masturbarse. Solo se rozaba. Una caricia leve, casi accidental, como si el simple hecho de estar allí, sentada frente a la ventana, con la cortina corrida media, ya fuera suficiente excusa para que su cuerpo se moviera así. Se mordió el labio otra vez, esta vez más fuerte, y cerró los ojos un segundo. Escuchó su propia respiración: lenta, húmeda, como si estuviera dentro del agua. Y entonces, los ojos se abrieron.
Lucas ya no estaba en la cama.
Estaba de pie frente a la ventana de su departamento, exactamente frente a la suya. A menos de diez metros. Entre ellos, solo el vacío de la calle, las sombras largas de los árboles, y la luz que empezaba a apagarse lentamente.
Sofía no apartó la vista. No bajó la mano. Se quedó quieta, con la palma apoyada sobre su clítoris, el pulgar rozando suavemente el nudo de nervios que ya se había formado.
Él la miró. No con sorpresa. No con vergüenza. Con algo más lento, más profundo. Con interés. Con reconocimiento.
—¿Ves algo que te guste? —preguntó, con voz grave, casi un murmullo, pero que llegó como si estuviera en la habitación.
Sofía no respondió de inmediato. Se limitó a inclinar un poco la cabeza, como si estuviera sopesando la pregunta. Luego, con la voz firme, aunque un poco temblorosa, dijo:
—Sí. El hielo. Me gusta cómo te derrite.
Él sonrió. No fue una sonrisa amplia, pero fue real. Se pasó la lengua por los labios, lentamente, y dio un paso atrás. No hacia la cama. Hacia el espejo que tenía detrás de la cama. El espejo grande, de marco dorado, que reflejaba todo el cuarto. Sofía vio cómo se desabotonaba la camiseta, lentamente, primero los dos botones de arriba, luego los siguientes, dejando al descubierto el contorno de sus pechos, los pezones oscuros y erguidos ya por el calor o por la mirada de ella. Se quitó la camiseta y la tiró al suelo, sin mirarla. Luego, con las manos en los bordes del pantalón, tiró de él hacia abajo, despacio, dejando que la tela se deslizara por sus caderas, sus muslos, hasta los tobillos. Se quitó los calcetines, se sacudió el pantalón, y quedó solo con el calzoncillo interior negro, ajustado, marcando claramente su verga, larga y gruesa, ya parada, ya lista.
Sofía sintió que su cuerpo se ponía en alerta. No fue un impulso ciego. Fue una decisión. Bajó la mano de entre sus piernas, se secó el dedo índice en el borde del slip, y lo llevó lentamente a la boca. Se lo chupó, saboreando su propia sal, su propia humedad, con los ojos fijos en él.
—Estás bien —dijo Lucas, ahora con voz más baja, más ronca—. Pero no es suficiente.
Ella no respondió. Solo se levantó de la silla, se acercó a la ventana, y descorrió la cortina por completo. El espacio entre los dos departamentos ya no tenía obstáculos. Solo la oscuridad creciente, el aire cálido, y sus miradas cruzadas como si fueran cuerdas, tensas, que los mantenían unidos.
—¿Quieres que baje? —preguntó ella.
—No —dijo él, con una sonrisa—. Sube.
No hubo dudas. No hubo preguntas. Solo una certeza. Sofía se dio media vuelta, caminó hasta la puerta del departamento, la abrió, y bajó los cinco pisos por la escalera de emergencia, que estaba iluminada con luces amarillentas y olía a humedad y jabón de lavandería. En cada piso, se detenía un segundo, escuchando si alguien la oía, si alguien la veía. Pero no había nadie. Solo ella, sus nalgas golpeando suavemente contra la barandilla, el sonido de sus zapatos de tacón bajo —unos sencillos, de cuero negro— resonando como latidos en el vacío.
Al llegar al quinto piso, se detuvo frente a la puerta del 503. Respiró. Se ajustó la blusa, se pasó una mano por el pelo, se lamió los labios. Y tocó.
Lucas abrió la puerta al primer golpe.
No llevaba nada puesto. Solo un paño blanco, envuelto alrededor de la cintura, como si estuviera saliendo del baño. Pero el paño no estaba mojado. Y la verga, ya visible bajo el tejido, no parecía haberse estado quiete mientras esperaba.
—¿Estás segura? —preguntó, sin necesidad de hacerse la pregunta. Porque ya sabía la respuesta.
—Sí —dijo ella—. Estoy segura.
Él la tomó de la muñeca, la atrajo hacia adentro, y cerró la puerta. No la besó de inmediato. Solo la miró. Le recorrió el rostro con la vista, como si estuviera tomando una foto mental, grabando cada detalle. Luego, con la mano libre, le quitó los zapatos, uno por uno, y los dejó al lado de la puerta. Se puso de rodillas, lentamente, y le deslizó los calcetines. No dijo nada. Solo la tocó, con los dedos, por encima del slip, rozando su clítoris, que ya estaba hinchado, ya estaba listo.
—Estás mojada —dijo, con una voz que le temblaba un poco—. Como yo.
—Tú también —respondió ella, bajando la mano hacia su pecho, rozando uno de sus pezones con el pulgar.
Él se levantó entonces, la tomó por la cintura, y la besó. No fue un beso apresurado. Fue un beso profundo, lento, con lengua, con sabores de sal y de su perfume. Se pegó a ella, y ella sintió su verga contra su vientre, dura, pesada, exigiendo. Se separaron apenas, y ella le quitó el paño de la cintura. Lo vio de nuevo, tal como lo había estado viendo desde su ventana: verga larga, gruesa, con la punta húmeda, con la piel oscura y brillante por el calor. Se le humedeció la boca. Se le aceleró el pulso. Y sin decir nada, se arrodilló frente a él, tomó su verga con ambas manos, y la frotó lentamente entre sus palmas, como si fuera una herramienta que necesitaba ser calentada antes del uso.
—Me gusta cómo te veo —dijo Lucas—. Me gusta cómo te miras.
Ella no respondió. Solo lo sacudió un poco, con la cabeza, y lo metió en su boca. Fue un movimiento suave, sin apuro. Lo chupó despacio, primero la punta, luego el glande, luego el resto, con la lengua moviéndose como si estuviera limpiando una promesa.
Lucas puso las manos sobre su cabeza, pero no la empujó. Solo la sostuvo, como si temiera que se fuera. Como si temiera que, de pronto, se diera cuenta de que esto no era real, de que era solo una noche de verano, de que no iba a durar.
—¿Sabes qué es lo más loco? —dijo, con la voz rota—. Que no es la primera vez que te veo mirarme. Pero hoy… hoy sentí que me mirabas de verdad.
Ella lo sacó de su boca, lo miró a los ojos, y le sonrió.
—Tú también me miras de verdad —dijo.
Entonces, él la levantó, la tomó en brazos, y la llevó a la cama. La acostó con suavidad, se colocó entre sus piernas, y se metió dentro de ella con un solo movimiento lento, profundo, sin prisa. Sofía soltó un gemido bajo, como un susurro de alivio, como si hubiera estado esperando eso desde siempre. Se estiró, con las nalgas elevadas, con las uñas clavadas en su espalda, con los ojos cerrados, con la boca abierta.
Él comenzó a moverse. No con fuerza. No con desesperación. Con lentitud. Con intención. Cada embestida era un pequeño viaje hacia adentro, hacia el centro, hacia el lugar donde ella se sentía más viva. Ella lo seguía con las caderas, con los pies, con el cuerpo entero. Se rozaban los pezones, se rozaban los muslos, se rozaban los labios una y otra vez. Y cuando sintió que se acercaba al borde —cuando sintió que su cuerpo se estaba convirtiendo en algo que no podía contener—, él se inclinó, le mordió la oreja, y le dijo:
—Tuya. Toda tuya.
Ella gritó su nombre como una oración. Como una conf
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