La ventana del quinto
Yo no buscaba nada aquella noche. Solo el silencio. El ruido de la ciudad me había agotado, como si cada bocina, cada risa en la calle, cada luz encendida en un balcón ajeno hubiera sido un latigazo en los nervios. Me mudé al departamento del quinto piso sin planes, sin mudanza, sin más que una maleta y el peso de un año difícil. Todo lo que dejé atrás era un matrimonio que se deshilachó sin ruido, sin escándalo, sin reproches: solo dos personas que dejaron de mirarse.
La primera noche, abrí la ventana para que entrara el aire. Era tarde, y la ciudad, a esa altura, parecía más callada. Pero no del todo. Frente a mí, al otro lado del patio de luces, había otro edificio, más antiguo, con balcones de hierro forjado y cortinas que no cerraban bien. Y allí, entre los rectángulos iluminados de las ventanas, vi movimiento.
Una mujer.
Estaba de espaldas, frente al espejo de un tocador. No llevaba nada encima. Solo un collar largo, de cuentas oscuras, que le caía entre los omóplatos. Sus brazos se alzaban para recogerse el pelo, y por un instante, quedó quieta, observándose. No fue obsceno. Fue íntimo. Como si no supiera que alguien la miraba. Como si el mundo entero hubiera desaparecido.
Me quedé helado. No por lo que vi, sino por lo que sentí: una especie de vértigo. No era lujuria, al menos no al principio. Era reconocimiento. Como si hubiera visto algo que ya conocía, algo enterrado.
No me moví. Cerré la ventana despacio, sin hacer ruido, como si temiera romper el hechizo. Pero al día siguiente, al anochecer, volví. Y ella también.
Era puntual. A las nueve y veintitrés, más o menos, encendía la lámpara del tocador. Se desvestía con lentitud, sin prisa, como si cada prenda fuera un recuerdo que soltar. Yo, al otro lado del patio, me sentaba en el sillón frente a la ventana, sin encender las luces de mi departamento. Solo observaba.
Pasaron días. Semanas. No sabía su nombre. No sabía nada de ella. Pero aprendí sus ritos: cómo se quitaba los aretes, cómo se cepillaba el pelo con movimientos largos, cómo se pasaba las manos por los muslos antes de ponerse el camisón. No era un espectáculo. Era una ceremonia.
Una noche, se detuvo. Estaba a punto de ponerse el camisón, pero se quedó quieta. Giró el rostro hacia la ventana. Hacia mí.
No aparté la mirada.
Ella sonrió. No con ironía, no con reproche. Con complicidad.
Y entonces, en lugar de cubrirse, dejó caer el camisón al suelo.
No fue un acto de provocación. Fue una entrega. Como si dijera: *Ya sé que estás ahí. Y me gusta que estés*.
Sentí el pecho apretado. Me levanté, despacio, y me acerqué a la ventana. No encendí la luz. Solo me quedé allí, de pie, frente a ella.
Ella se sentó en la cama, sin cubrirse. Me miraba. Yo la miraba.
No hubo palabras. No hacía falta.
Al día siguiente, cuando volví a mi ventana, vi que había dejado un sobre sobre el alféizar de su ventana. Dentro, una nota: *¿Quieres subir?*
No respondí. No esa noche.
Pero a la siguiente, cuando sonó el timbre de mi departamento, supe quién era.
Abrió la puerta con una sonrisa. Vestía una blusa clara, desabrochada hasta el tercer botón. No dijo nada. Solo entró.
Nos miramos. No como extraños. Como personas que se han estado buscando sin saberlo.
—No hace falta que digas nada —dijo.
—No quiero decir nada —respondí.
Se acercó. No con prisa. Con certeza.
Sentí su mano en mi pecho, bajando despacio. No me tocó donde uno esperaría. Me desabrochó el primer botón de la camisa. Luego el segundo.
—¿Puedo? —preguntó.
Asentí.
Siguió desabotonando. Lentamente. Cada botón era una pausa. Una respiración. Una decisión.
Cuando terminó, me miró a los ojos.
—¿Te parece si encendemos una luz? —dijo.
Encendí la lámpara del rincón. Una luz tenue, cálida.
Ella se sentó en el sillón. Se quitó los zapatos. Luego, sin dejar de mirarme, se desabrochó la blusa.
No era un striptease. Era una revelación.
—¿Todavía me miras desde allá? —preguntó.
—Cada noche —dije.
—¿Y qué ves?
—A alguien que sabe lo que quiere.
Sonrió. Se puso de pie. Se acercó.
—¿Y si ahora soy yo quien te mira?
No me desvestí. Me dejó hacerlo a ella. Cada prenda que quitó fue un descubrimiento. No por el cuerpo, sino por la intención. Cada toque era una pregunta. Cada pausa, una respuesta.
Cuando estuve desnudo, no me tumbó. Me hizo sentar. Ella se arrodilló frente a mí. Pero no bajó la cabeza. Me tomó la mano y la puso sobre su pecho.
—Ahora —dijo—, mírame tú.
Y la miré.
No como antes, desde la distancia. Ahora, con los dedos sobre su piel, con el aliento entrecortado, con el corazón en la garganta.
Me besó. No con urgencia. Con memoria. Como si ya hubiéramos hecho esto mil veces.
Nos tumbamos en el suelo. No hubo prisas. No hubo errores. Cada movimiento era un acuerdo tácito. Cada gemido, un lenguaje nuevo.
Y mientras hacíamos el amor, con la ventana abierta y las luces de la ciudad brillando a lo lejos, supe que no era solo el cuerpo lo que se entregaba. Era el tiempo. Era el silencio roto. Era el derecho de mirar y ser visto, sin miedo.
A la mañana siguiente, no dijo nada. Solo me besó en la frente y se fue.
Pero esa noche, al volver a mi ventana, vi que había dejado la suya abierta. Y dentro, una luz encendida.
No necesité más.
Subí.
Y desde entonces, ya no miro desde lejos. Ya no necesito.
Porque ahora, cuando la veo desnuda frente al espejo, ya no es una imagen lejana. Es mi reflejo. Es mi respiración. Es lo que pasa cuando dos personas dejan de fingir que no se necesitan.
Y si alguien, desde otro edificio, nos mira… que mire.
Que sepa que esto también es posible.
Que el deseo no siempre es caos. A veces, es una ventana abierta. Un sobre en el alféizar. Una mano que se extiende sin pedir permiso.
Y yo, que alguna vez solo miraba, ahora soy visto.
Y eso, más que cualquier cosa, me hace sentir vivo.
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