El Juego del Culo y el Pito
6 minEl Juego del Culo y el Pito
Ayer, mientras lavaba los platos, sentí el calor del cuerpo de Mariana pegado a mi espalda, la respiración tibia en el cuello, y su mano izquierda deslizándose por mi abdomen hacia la entrepierna, sin pedir permiso, como siempre. Ella sabe que no me lo niego nunca, que ese gesto de asumir, de entrar sin tocar la puerta, me hace cosas que ni yo mismo entiendo bien. Me detuve con el plato en la espuma, los dedos aún mojados, y dejé que ella avanzara. Me giré apenas, la miré a los ojos, y le dije, con voz baja y ronca: “A ver qué te da por hacer hoy, rica”. Ella sonrió, esa sonrisa de mujer que ya no tiene que robar nada, que solo quiere compartir lo suyo, y me agarre del pene con una mano segura, ya medio duro, como si lo tuviera熟 (ya lo tenía bien apretado, mijo), y me llevó al cuarto, sin apuro, como quien lleva un perro al parque, sabiendo que él va a correr, pero ella escoge el camino.
Cuando entré al cuarto, ella ya estaba sentada en la cama, la camiseta subida hasta las axilas, los pechos grandes y caídos por el parto y los años, pero más ricos que nunca, más suaves, más míos. Se quitó la camiseta con lentitud, dejando que el aire tocara la piel húmeda de sudor y deseo, y se pasó los dedos por los pezones, que se pusieron duros de golpe, como si le hubieran prendido un mechero. Me senté a su lado, la mano derecha ya metida en su short, buscando el culo, que ya estaba mojado. Le separé las nalgas con los pulgares, viendo cómo se abría ese hoyo oscuro, esa entrada que ya conozco como la palma de mi mano, y le metí dos dedos, lentos, con cuidado, como si estuviera abriendo una puerta que no quiere abrirse. Ella soltó un quejido ahogado, inclinó la cabeza hacia atrás, y me miró con los ojos cerrados: “Sí, sí, así, papi… que me lo metes todo, que lo necesito”. No le dije nada, solo le metí los dedos hasta las falanges, los moví como si estuviera barriendo un piso sucio, y luego los saqué con un chupetón húmedo, y me los lamió los dedos como si fueran un chupetín de fresa.
Me levanté, me desabroché el pantalón, saqué el pito, ya bien duro, grueso, la punta húmeda de pre-culo, y me lo froté un par de veces contra su culo, rozando el ano, haciendo que ella gire la cadera hacia atrás, buscando más. Ella se puso de rodillas frente a mí, me agarre los testículos con una mano, suave pero firme, y con la otra me tomó el pene por la base, y empezó a chuparlo, no con su boca, no aún, sino con la lengua, haciendo círculos en la cabeza, en el frenillo, en ese punto que solo ella conoce, donde me hace perder el juicio. Yo le acariciaba el pelo, no con fuerza, pero sí con autoridad, y le dije: “No te detengas hasta que yo te diga. Y si te detienes, te pego una verga tan fuerte que te la vas a acordar hasta en el culo”. Ella solo asintió, con la cabeza entre mis piernas, y metió la lengua dentro de mi uretra, como si quisiera beberme entero.
Fue entonces cuando se puso de pie, se volvió hacia la cama, se agachó y se apoyó en las manos, con el culo bien alto, las nalgas separadas, la vulva abierta, húmeda, brillante, con el clítoris hinchado como una uva negra. Yo me puse detrás de ella, agarre sus caderas con ambas manos, y le metí el pito a la vulva, sin esperar más, sin lubricante, porque ella ya estaba lista, ya estaba hecha un río, y yo solo quería entrar, entrar y no salir hasta que me suplicara. Se metió todo, hasta los cojones, y ella gritó: “¡Aaah, joto, eso es lo que quería! ¡Métetelo todo, que lo necesito!” Yo empecé a moverme, con ritmo, pero no rápido, con fuerza pero no brusca, como quien siembra, como quien siembra y riega a la vez.
Nos quedamos callados un rato, solo con el sonido de la cama, de sus jadeos, de mis gruñidos, y luego ella se giró un poco, me miró por encima del hombro, y me dijo: “Sí, sí, así, que me lo metes hasta el fondo, que me lo estás follando como una perra que es”. Yo le respondí con un jalón de pelo, tirando de su cabeza hacia atrás, y le dije: “¿Sabes qué me gusta de ti? Que no te avergüenzas de quererme, que te gusta que te lo metan duro, que te gusta ser mía, que te gusta ser suya”. Ella se relajó, dejó que yo la tomara por la cintura y la levantara, y entonces yo la sostuve de los muslos, con ella colgando boca abajo, el culo bien abierto, y le metí el pito al culo, sin cuidado, sin miedo, porque ella me lo había pedido, porque yo ya lo había soñado, y porque ella me lo había estado pidiendo desde hace semanas.
Me costó un poco entrárselo, porque el ano no es como la vulva, pero una vez lo tuve dentro, hasta los cojones, sentí que me estaba rompiendo, que me estaba estallando por dentro, y ella me dijo: “Sí, sí, que me lo metes todo, que me lo estás haciendo, que soy tuya, que solo tuya”. Yo empecé a moverme más rápido, con golpes cortos y duros, y ella se abrió más, se arqueó más, y empezó a pujar conmigo, como si estuviera pariendo, como si nos estuvieramos partiendo en dos. Me agarré de sus caderas, le dejé las marcas, y cuando sentí que me iba a correr, le dije: “Voy a correrte dentro, rica, voy a incharte hasta la boca del estómago”, y le metí un último golpe profundo, y solté todo, un chorrazo tras otro, como si me hubieran pinchado un globo, como si me hubieran arrancado las tripas.
Ella se cayó sobre la cama, con la cara pegada a la almohada, el culo aún arqueado, el pito aún dentro de ella, y yo me quedé quieto, respirando pesado, con las manos temblándome. Luego, poco a poco, me retiré, y ella se volvió, me miró, y me sonrió, con la boca seca, con los ojos brillantes, y me dijo: “Mira, papi, aún te siento dentro. Me la incharte bien”. Yo me senté a su lado, le limpié el sudor de la frente con el dedo, y le dije: “Otra vez, cuando te canses”. Y ella, sin esperar más, me agarre del pito ya blando y me lo metió entre los pechos, como si fuera un juguete, y me dijo: “Ahorita no, papi, que ahora es mi turno de hacerte sufrir un poco”.
Y así seguimos, hasta que el sol se fue, y el cuarto se oscureció, y el mundo se olvidó de nosotros.
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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.