La última vez que me garchaste con la boca
No me esperabas. Yo tampoco. Pero cuando te vi parada en la puerta del bar, con esa falda corta que nunca usás en público y los tacones que me matan, supe que no iba a poder decir que no. No después de cinco años. No después de que te fuiste sin despedirte, sin explicación, sin ni siquiera un mensaje. Solo un vacío que me quedó en el pecho, como si me hubieran arrancado un órgano y no me hubieran dado nada a cambio.
Te acercaste con esa caminata lenta que siempre tuviste, la que hacía que hasta el aire se detuviera. Me miraste con los ojos que me hicieron perder la cabeza en 2019, y dijiste: “Vine a cobrar lo que me debés.”
No pregunté qué. Ya lo sabía.
Te seguí hasta tu auto, sin decir nada. Tú manejaste. Yo miraba tu cuello, el pequeño lunar que tenés justo debajo de la oreja, la forma en que el cuero de tu chaqueta se ajustaba a tus caderas. No hablamos hasta que estuvimos en tu casa. No hasta que cerraste la puerta, te volviste hacia mí y me miraste con esa sonrisa que nunca te salió bien, pero que siempre me derritió.
—Vos me dejaste sin cierre —dijiste, y te sacaste la chaqueta. Solo llevabas una camiseta negra, ajustada, y debajo, la concha bien marcada por el tejido.
—Yo no te dejé —respondí, y me acerqué hasta que tu aliento me rozó los labios—. Te fuiste vos.
—Sí. Y ahora volví.
No hubo beso. No todavía. Solo tus manos, frías al principio, que me desabrocharon la camisa, uno por uno los botones, como si cada uno fuera un recuerdo que tenés que desatar con cuidado. Cuando tu piel tocó mi pecho, sentí que el tiempo se rompía. Tus dedos bajaron, lentos, hasta mi pantalón. Me desabrochaste con una sola mano, y cuando tu boca estuvo a centímetros de mi pija, me agarraste de la nuca y me forzaste a mirarte.
—Hacé lo que te dije que hacías —susurraste—. Lo que hacías cuando me garchabas en el baño de tu viejo.
Recordé. El piso frío. La puerta cerrada. Tu cara entre mis piernas, los ojos cerrados, los labios apretados como si temieras que se escapara algo. Y yo, con la mano en tu pelo, diciéndote: “Más, más, así, mierda, sí, así, che, no te detengas.”
Ahora, en tu casa, en tu cama, con la luz apagada y solo el ruido de la lluvia en la ventana, volviste a hacerlo. Pero esta vez no te detuviste.
Bajaste mi pantalón, bajaste mi calzón, y me agarraste la pija con la mano, no para estimular, sino para sostener. Como si fuera tuya. Como si siempre lo hubiera sido. Y luego, sin avisar, me metiste la cabeza entre tus piernas y me obligaste a chuparte. No me pediste permiso. No necesitaste. Me metiste la lengua adentro, profundo, y yo te garché como si fuera la primera vez, como si nunca me hubieras dejado.
Tu concha estaba caliente, húmeda, con ese sabor que solo vos tenés —salado, dulce, un poco amargo, como el café que tomás sin azúcar—. Te chupé con la boca cerrada, con la lengua plana, como te gustaba. Te lamí hasta que te temblaban las piernas. Te hice gemir con la punta, con el roce, con la succión. Y cuando sentí que te acercabas, te aparté, solo un segundo, y te miré.
—No te vengas —te dije.
—No te metás conmigo —respondiste, y volviste a meterme la cabeza.
Me chupaste hasta que me quedé sin aire. Me tomaste la pija con los labios, la rodeaste con la lengua, me chupaste hasta que me temblaban los testículos. Y cuando te dije “ahora, ahora, te voy a llenar la boca”, vos no te moviste. Solo abriste más la boca, como si estuvieras esperando eso desde siempre.
Y cuando me corré, lo hiciste bien. No te apartaste. No te escapaste. Me tragaste todo, despacio, con los ojos abiertos, mirándome, como si estuvieras grabando cada gota, cada espasmo, cada grito ahogado que salió de mi garganta. Luego, te levantaste, te limpiaste la boca con la mano, y me miraste.
—Ahora me debés otro —dijiste.
—¿Cuándo?
—Mañana. A la misma hora.
No te pregunté por qué te fuiste. No te pregunté por qué volviste. No necesitaba respuestas. Solo necesitaba tu boca. Solo necesitaba que me garcharas otra vez.
Y cuando te acostaste a mi lado, con tu cabeza sobre mi pecho, y sentí tu respiración en mi piel, supe que esto no era un encuentro. Era una reanudación.
Te besé en la frente, y vos murmuraste:
—No me volvés a dejar.
—No te voy a dejar —te juré.
Y no lo hice.
Ni en los días siguientes. Ni en los meses. Ni en los años.
Porque ahora sé que lo que vos querés no es un hombre. Es un hombre que te garcha con la boca como si la vida entera dependiera de eso.
Y yo... yo te garcho así. Porque vos lo merecés. Porque vos me hiciste volver a creer que el sexo no es solo cuerpo. Es memoria. Es venganza. Es perdón.
Y sobre todo... es volver.
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