La última copa en Olivos
El aire de Olivos olía a jacarandás en flor y a verano que no terminaba. A las diez y media de la noche, la casa de la calle Suipacha aún guardaba el calor del día entre sus paredes de piedra vista, pero adentro, con las luces bajas y el aire acondicionado ronroneando, todo era frescura y silencio. Solo se oía el tintinear del hielo en los vasos y el crujido de las botas de él sobre el parquet.
Lucía, sentada en el sofá de terciopelo negro, cruzó las piernas con lentitud. Vos no cambiaste nada, dijo sin mirarlo, los ojos fijos en la copa de vino tinto que giraba entre sus dedos. Seguís con ese aire de tipo que no necesita explicar nada.
Diego se rió bajito, apoyado en la pared, con una cerveza en la mano. Y vos seguís teniendo esa manera de mirar que hace que uno piense que ya se la cayó todo el vestido.
Ella alzó una ceja, apenas. Hacía seis años que no se veían. Seis años desde que él se fue a Madrid con la beca, desde que ella se quedó en Buenos Aires con un anillo en el dedo que ya no le cerraba bien. Ahora su marido estaba en Miami, en una conferencia que no empezaba hasta el lunes. Y ella, en cambio, había decidido no ir. Había dicho que no se sentía bien. Mentía bien. Siempre mintió bien cuando valía la pena.
Vos no viniste por el vino, dijo ella, bajando la copa. Viniste porque sabías que iba a estar sola.
No vine por nada, dijo él, acercándose. Vine porque me invitaste.
Ah, sí. La invitación. Un mensaje a las nueve de la noche: *Estoy en casa. Si querés, pasá. Aunque sea por el vino.* No había más. Ni saludo, ni pregunta. Solo eso. Como si entre ellos nunca se hubiera roto nada. Como si los años no hubieran pasado por encima, como si no hubiera habido otras bocas, otros cuerpos, otras promesas rotas.
Él se sentó a su lado, sin tocarla. Pero el aire entre ellos ya estaba caliente. El tipo de calor que no se apaga con aire acondicionado.
¿Y tu marido? preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
En Miami. Hasta el lunes.
¿Y vos?
Yo… acá. Con el vino.
Y conmigo.
Sí. Con vos también.
Hubo un silencio. No incómodo. Algo peor: expectante. Como cuando uno sabe que va a llover y todavía no cae la primera gota.
Lucía se paró, despacio. Fue hasta el ventanal que daba al jardín. Afuera, las luces del alumbrado público se reflejaban en el sendero de piedra. Adentro, apenas un par de velas encendidas le dibujaban sombras en la espalda, bajo la camisa de seda que no ocultaba nada.
Vos siempre supiste cómo quedarte quieta para que todo se note más, dijo él.
Ella no respondió. Solo se dio vuelta, apoyada en el marco de la ventana. Mirá, Diego, dijo, y esta vez su voz tembló un poco. No soy la misma.
Tampoco yo, dijo él. Pero vos… vos seguís teniendo esa concha que me volvía loco.
Ella bajó los ojos. No ahora, dijo.
Sí ahora. Si no es ahora, ¿cuándo?
No es que no quiera. Es que no quiero que sea rápido. No quiero que sea como si no hubiera pasado nada. Quiero que sea… como si volviéramos a empezar.
Entonces empecemos, dijo él, parándose.
Pero no te acerques todavía.
¿Por qué?
Porque quiero mirarte. Quiero recordar cómo te ves cuando estás a punto de tocarme.
Él se quedó quieto. Y ella lo miró. Como si lo desvistiera con los ojos. Como si ya le hubiera bajado el pantalón, como si ya le hubiera cogido la pija con la mano y la estuviera acariciando despacio, como si ya la tuviera adentro.
Vos tenés la pija más linda que vi en mi vida, dijo ella, bajito. Y sé que no debería decirlo. Pero la verdad es que nunca me olvidé de cómo se sentía.
Él dio un paso. Después otro. Hasta que estuvo frente a ella. Podés tocarla si querés.
No. Todavía no. Quiero que vos me toques a mí primero.
Entonces dime dónde.
En el cuello. Ahí, donde late.
Él acercó la boca. No la besó. Solo sopló. Un aliento tibio que le erizó la piel. Después, con la lengua, rozó apenas el punto que ella le había pedido. Lucía cerró los ojos. Su respiración cambió. Ya no era la de una mujer que controla. Era la de una que se entrega.
Ahora en el hombro, dijo.
Él besó. Mordió. Sostuvo. Con las manos en sus caderas, la acercó. Ella sintió el bulto en el pantalón. Grande. Firme. Como lo recordaba.
No me apures, dijo. Aún no.
Pero yo no te estoy apurando. Te estoy probando.
¿Y qué probaste?
Que seguís tan caliente como antes. Que tu piel se pone igual de fina cuando te toco.
Ahora en la concha.
Él se arrodilló. Le subió el vestido despacio. No tenía ropa interior. Él sonrió. Vos sí que no cambiaste.
Y vos no deberías sonreír tanto. No hasta que no hayas probado todo.
Le separó las piernas. Le acarició el muslo. Llegó con los dedos hasta el borde. Estaba húmeda. Más que húmeda. Mojada como si hubiera estado esperando ese momento desde que se fue.
Esto no es por mí, dijo él. Esto es por vos. Porque vos querés esto.
Sí, quiero. Pero no por vos. Por mí.
Entonces cogé, dijo él. Cogé como si no hubiera un después.
Ella lo tomó del pelo. Lo miró a los ojos. No me digas qué hacer. Decime qué sentís.
Siento que tu concha está ardiendo. Que si no la como ahora, me voy a volver loco.
Entonces comela.
Él hundió la boca. Con la lengua, la abrió. Con los dientes, la rozó. Con los labios, la succionó. Lucía gritó. Un grito corto, contenido. No quería que nadie escuchara. Pero tampoco quería callarse.
Por favor, dijo. Por favor, no pares.
Él no paró. Siguió hasta que ella se corrió. Hasta que sus piernas temblaron. Hasta que tuvo que agarrarse del marco de la ventana para no caer.
Cuando terminó, él se paró. Tenía la boca brillante. El pelo desordenado. La camisa desabrochada.
Ahora vos, dijo ella.
No. Ahora vos me cogés.
¿Aquí?
Aquí. Ahora.
Ella lo desvistió. Con manos temblorosas, pero firmes. Le bajó el pantalón. Le sacó los calzoncillos. La pija saltó libre. Dura. Grande. Como la recordaba. Como la soñaba.
Se agachó. La tomó con la boca. La chupó como si la hubiera extrañado. Como si fuera suya. Como si nunca hubiera habido otra.
Él gemía. Controlándose. No quería correrse todavía. Quería más.
Lucía se paró. Se sacó el vestido. Quedó desnuda. Con el cuerpo que él tanto había amado. Con las tetas firmes, con el culo redondo, con la concha brillante.
Vení, dijo.
Él la levantó. La apoyó contra la pared. Le abrió las piernas. Y entró. Sin hablar. Sin pedir permiso. Como si volviera a casa.
Ella gritó. Él también. Y entonces, por un instante, el tiempo se detuvo. No había marido en Miami. No había años perdidos. No había engaños. Solo dos cuerpos que se reconocían. Que se necesitaban.
Cada embestida era un recuerdo. Cada jadeo, una confesión. Cada sudor, una promesa que no se iba a cumplir.
Cuando ella volvió a correrse, él también. Se derramó adentro. Como antes. Como siempre.
Se quedaron así, abrazados, sudorosos, callados.
No fue solo sexo, dijo ella.
No fue solo nada, dijo él.
Y los dos supieron que, aunque el marido volviera el lunes, aunque él tuviera que regresar a Madrid, aquella noche no había sido casual. Había sido necesaria.
Como el último trago de un hombre que sabe que ya no va a volver a beber.
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