La última clase de tango
La luz del atardecer entraba sesgada por los ventanales del viejo estudio de danza, tiñendo de oro el polvo que flotaba en el aire. Sofía se ajustó el elástico del pelo con una mano temblorosa mientras miraba de reojo a la mujer que estaba parada frente al espejo, estirando una pierna con una elegancia que todavía le robaba el aliento. Habían pasado diez años desde la última vez que se vieron, y sin embargo, el cuerpo de Camila no había cambiado: esbelta, piel tostada, caderas anchas que marcaban cada movimiento como si el tiempo se hubiera detenido solo para ella.
—Vení, parate acá —dijo Camila, sin mirarla, señalando el piso desgastado frente a ella—. A ver si todavía recordás cómo se hace un ochenta y ocho.
Sofía avanzó despacio, los pies descalzos sintiendo el frío del parqué. Hacía años que no bailaba, pero el tango era como el primer amor: no se olvida. Cuando Camila le tomó la cintura, un escalofrío le recorrió la espalda. La tenía agarrada como antes, con firmeza, como si supiera exactamente dónde apretar para que se derritiera.
—Vos tenés el mismo calor —murmuró Camila, casi en un susurro—. Como si el cuerpo tuyo todavía me reconociera.
—Claro que te reconoce —respondió Sofía, la voz más ronca de lo que quería—. No se olvida de una piba así.
Comenzaron a moverse, lentos, en círculos pequeños. El aire entre ellas se espesaba con cada paso, con cada roce de muslos, con cada instante en que el aliento de una rozaba el cuello de la otra. Camila la llevaba con seguridad, pero había algo distinto en su manera de guiar: ya no era solo tango, era otra cosa. Una promesa. Una invitación.
—Pará —dijo de golpe Sofía, separándose apenas—. Esto no es un ochenta y ocho. Esto es otra cosa.
Camila sonrió, lenta, como si ya supiera que iba a decir eso.
—Claro que es otra cosa. Siempre fue otra cosa. Solo que antes no nos animábamos.
Se acercó de nuevo, esta vez sin música. Le levantó el mentón con dos dedos y le besó la comisura de los labios, apenas un roce. Sofía cerró los ojos. Y cuando los abrió, Camila ya le estaba desabrochando la camisa con dedos hábiles, como si conociera cada botón por memoria.
—Mirá cómo te late acá —dijo, rozando con la yema del pulgar el hueco entre sus clavículas—. Como si tuvieras miedo.
—No tengo miedo —dijo Sofía, aunque la voz le temblaba—. Tengo ganas.
Camila le bajó la camisa por los hombros, dejando al descubierto los pechos pequeños, los pezones ya duros bajo la luz dorada. Le pasó la lengua por uno, despacio, sin apuro, mientras con la otra mano le acariciaba el culo con fuerza, como si quisiera marcarla.
—Qué rico tenés el culo —murmuró—. Siempre lo tuviste así, prieto, caliente… como si estuviera esperándome.
Sofía gimió, bajito, y le agarró el pelo con una mano, atrayéndola más. Camila subió otra vez a su boca, y esta vez el beso fue profundo, húmedo, con lengua y dientes y ganas acumuladas. Se desvistieron entre besos, se arrancaron la ropa como si no hubiera tiempo, como si el mundo se fuera a acabar en ese estudio con olor a madera vieja y sudor dulce.
Cuando quedaron desnudas, una frente a la otra, Camila se arrodilló sin pedir permiso. Le separó las piernas con suavidad y le acarició la concha con los dedos, primero por fuera, luego metiendo uno, despacio, probando.
—Estás mojada —dijo, sonriendo—. Como si hubieras estado esperándome toda la vida.
—Y esperé —respondió Sofía, con la cabeza echada hacia atrás—. Cada noche, cada sueño… vos en mi concha, vos en mi boca.
Camila le lamió los labios con movimientos largos, lentos, como si saboreara cada rincón. Le chupó el clítoris con cuidado, luego con fuerza, y cuando sintió que Sofía empezaba a temblar, le metió dos dedos y los movió en círculo, justo como le gustaba.
—Dale, cogé —le susurró al oído—. Dejate ir. Yo te sostengo.
Y Sofía se vino con un grito ahogado, las piernas flojas, el cuerpo entero estremeciéndose. Camila la sostuvo, la abrazó, y cuando volvió a mirarla, tenía los labios brillantes y los ojos oscuros de deseo.
—Ahora vos —dijo Sofía, poniéndose de rodillas—. Ahora me toca a mí garcharte.
Y así, entre el eco de pasos olvidados y el jadeo de dos cuerpos que se reencontraban, el tango volvió a sonar, esta vez sin música, solo con el ritmo de la piel contra piel, de la concha contra la boca, del amor que nunca se fue, solo se escondió.
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