La terapeuta me tocó el alma

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La primera vez que la vi, pensé que era un ángel disfrazado de profesional. Llevaba un suéter negro de cuello alto, ajustado, que no ocultaba el leve relieve de sus pezones bajo la tela. Sus ojos oscuros me sostenían la mirada con una intensidad que no era clínica, sino hambrienta. Yo llevaba tres semanas de terapia con ella, y ya no sabía si venía por los ataques de ansiedad o por el calor que sentía entre las piernas cada vez que sus dedos rozaban mi rodilla al tomar notas.

—Diego —me dijo en la cuarta sesión, bajando el bolígrafo—, necesito que cierres los ojos y respiremos juntos. Profundo. Inhala… exhala…

Hice lo que me pedía. El aire entraba y salía, pero mi pene ya estaba duro, palpitando bajo el pantalón. No era la primera vez que me excitaba con ella, pero sí la primera que no intentaba esconderlo. Ella lo notó. Lo supe cuando, al abrir los ojos, vi que su mirada se había detenido en mi entrepierna.

—¿Estás incómodo? —preguntó, sin reproche, solo curiosidad.

—Estoy caliente —respondí, sin vergüenza—. Desde que entré aquí, desde que te vi. Me pones cachondo, Lucía. No puedo evitarlo.

Ella no se movió. Solo sonrió. Una sonrisa lenta, de labios húmedos, como si hubiera estado esperando a que lo dijera.

—¿Y si te digo que a mí también me pasa?

El aire se espesó. El reloj sobre la pared marcaba las seis y diez. La sesión terminaba en cinco minutos, pero nadie se movió hacia la puerta.

Entonces se levantó. Caminó despacio, como si midiera cada paso, y se sentó a mi lado en el sillón, tan cerca que sentí el calor de su muslo contra el mío.

—¿Quieres que te toque? —susurró.

Asentí. No pude hablar.

Sus dedos, finos y seguros, bajaron hasta mi cintura, se deslizaron por debajo del cinturón, y me desabrocharon el pantalón con una lentitud que me hizo gemir. Me bajó la bragueta, y luego el bóxer. Mi pene saltó libre, erecto, palpitante, con una gota de líquido preseminal brillando en la punta.

—Dios… —murmuró—, qué bonito estás así.

Y entonces lo tomó. Con la mano derecha, envolvió mi verga con firmeza, apretando desde la base hasta la cabeza, resbalando un poco por el líquido que ya corría. No fue suave. Fue directa, como si tuviera derecho a hacerlo. Y yo, jodido y necesitado, se lo permití con un jadeo ronco.

—¿Te gusta que te toque así? —preguntó, sin dejar de masturbarme.

—Sí… joder, sí… más fuerte.

Y lo hizo. Apretó más, subió y bajó con ritmo, mientras su otra mano acariciaba mis pelotas, las levantaba, las sopesaba. Me mordí el labio inferior para no gritar, pero no pude evitar un gemido que salió como un gruñido desde el fondo del pecho.

—¿Quieres besarme? —dijo, y yo asentí, con los ojos cerrados, el pulso en la garganta.

Entonces me tomó del cuello y acercó su boca a la mía. El beso fue húmedo, profundo, con lengua, con dientes, con ansia. Sabía a café y a menta, y su saliva se mezcló con la mía mientras sus dedos no dejaban de moverse. Pero no fue suficiente. Quería más.

Me levanté, aún con el pantalón en las rodillas, y la tomé de las muñecas. La puse de pie. Le quité el suéter con urgencia, y debajo solo llevaba un sostén negro, pequeño, que apenas contenía sus tetas grandes, prietas, con pezones oscuros que se erguían bajo la tela.

—Déjame verlas —le pedí.

Se desabrochó el sostén con una sola mano, con una elegancia que me encendió más. Sus pechos cayeron libres, llenos, con aureolas anchas y pezones como botones de carne. Me acerqué y los besé, uno a uno, los lamí, los mordí suavemente, mientras ella gemía y me enredaba los dedos en el pelo.

—Joder, Diego… así, más… —susurró.

Me puse de rodillas. Le bajé la falda, luego la ropa interior. Sus piernas eran firmes, con un vello negro y suave que cubría apenas su monte. Su coño brillaba. Mojado. Abierto. Listo.

—Huele a ti —dije, acercando la nariz.

—Pruébame —respondió.

Y lo hice. Saqué la lengua y la pasé por todo su sexo, desde el agujero del culo hasta el clítoris, que pulsaba como si tuviera vida propia. Ella gritó, se agarró de mis hombros, y yo seguí, lamiendo, chupando, metiendo dos dedos dentro de su vagina, sintiendo cómo se apretaba, cómo me estrangulaba con su calor.

—Voy a correrme —dijo—, si sigues así…

—Corre —le ordené—, correte en mi boca.

Y lo hizo. Su cuerpo se arqueó, sus piernas temblaron, y su sexo se contrajo mientras gritaba mi nombre. Saboreé cada gota, tragué su jugo, seguí lamiendo hasta que se desplomó sobre el sillón, jadeante, con los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando.

Pero no había terminado.

Se levantó, con una mirada que no admitía negativas, y me empujó hacia el sillón. Me sentó, y sin decir palabra, se subió encima de mí, guiando mi pene hacia su entrada.

—¿Estás listo? —preguntó.

—Desde que entré —respondí.

Y entonces se hundió. Lenta, deliberadamente, hasta que estuve dentro de ella, hasta los huevos, enterrado en su calor, en su humedad, en su coño que me apretaba como un puño. Grité. No pude evitarlo.

—Dios… Lucía… estás tan jodidamente apretada…

—Mueve las caderas —me dijo—, hazme sentir que eres mío.

Y empecé. Subía y bajaba, lento al principio, luego más rápido, más fuerte, mientras ella gemía, me arañaba la espalda, me mordía el cuello. Su sudor se mezclaba con el mío. El aire olía a sexo, a piel caliente, a deseo descontrolado.

—Voy a correrme —dije, con la voz rota—. No puedo más…

—Hazlo dentro —dijo—, lléname.

Y lo hice. Con un último empujón, me descargué dentro de ella, sintiendo cómo mi pene palpitaba, cómo la llenaba con cada chorrito, caliente, espeso, completo.

Nos quedamos así, abrazados, jadeando, sin hablar. El tiempo se detuvo. El mundo fuera de esa habitación dejó de existir.

Cuando por fin me miró, sus ojos brillaban.

—¿Sigues con ansiedad? —preguntó.

Sonreí.

—No. Ahora solo tengo ganas de ti.

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