La Soga y el Silencio
7 minLa Soga y el Silencio
La soga no era nueva. Ya llevaba meses en el cajón del escritorio de Lucas, entre calcetines desgastados y un par de llaves oxidadas. Una cuerda de yute gruesa, nudos hechos a mano, hecha para escalar rocas o atar bultos pesados. Pero Lucas la había guardado con una intención distinta. Lo sabía desde que la compró en una tienda de artículos de camping en Guadalajara, esa noche en que el calor lo había mantenido despierto y la imagen de Ana —su esposa— durmiendo boca abajo, con la espalda al cielo y las curvas marcadas por la luz de la luna, le había despertado algo más que cariño.
Ana no sabía que la había estado observando.
No desde la cama, sino desde el umbral, con las manos en los bolsillos y los ojos fijos en la curva de su cintura. No desde lejos, sino a pocos centímetros, con el aliento contenido mientras ella se vestía frente al espejo del baño, sin percatarse de que su sombra se alargaba tras ella. No desde el silencio, sino desde el susurro que se queda callado por elección.
Habían acordado hablar de todo. De lo que faltaba. De lo que sobraba. De lo que ya no se decían. Pero ese viernes, cuando Lucas entró a la habitación con la soga enrollada en la mano derecha y la mirada fija en los ojos de Ana, no dijo nada. Solo la dejó caer sobre la cama con un golpe seco, como si fuera un cuchillo sobre una tabla de cortar.
—¿Quieres que te diga qué he soñado esta semana? —preguntó, sin sonreír.
Ana lo miró, sentada en el borde de la cama, con la falda aún puesta y los pies descalzos apoyados en el suelo. Sabía que Lucas no era un hombre de palabras largas. Pero tampoco de gestos vacíos.
—Tú empieza.
Lucas se arrodilló frente a ella. No como quien pide perdón. No como quien suplica. Como quien se prepara para algo que ya ha decidido.
—Soñé que te ataba las manos a la cabecera. Que te quitaba la ropa con lentitud, sin tocarte. Que solo miraba. Que hacía que te estuvieras quieta. Que te decía: “Respira. Solo respira. Ya no estás sola, pero tampoco puedes moverte”.
Ana no parpadeó. Solo se mordió un labio, con fuerza, hasta que el color se le fue del todo.
—¿Y qué pasó luego?
—Luego… —Lucas deslizó los dedos por su muslo, por encima del tejido—. Luego te hice sentir que el control no era tuyo. Que era mío. Que era la cuerda. Que era el silencio. Que era el hecho de que no dijeras nada, aunque quisieras hacerlo.
Ana se levantó. Caminó hasta el espejo del baño, se miró. Se pasó una mano por el cuello, como si buscara algo que no estaba allí. Luego se dio vuelta.
—Hazlo.
No fue una súplica. Fue una orden. Una promesa cumplida.
Lucas se acercó. Con la mano izquierda tomó una de las muñecas de Ana. No con fuerza bruta, sino con precisión. Con intención. La soga entró por debajo de su codo, pasó por encima del pulgar, se enrolló tres veces alrededor de la muñeca, y luego hizo un nudo doble. Lento. Metódico. Cada movimiento calculado para que no doliera, pero sí para que no pudiera soltarse.
Ana no gritó. No se resistió. Solo respiró, con la boca entreabierta, con los ojos cerrados.
—Ahora la otra —dijo, en voz baja.
Lucas repitió el procedimiento con la mano derecha. El nudo quedó idéntico. Simétrico. Perfecto. Le dio un tirón suave para asegurarse. Ana se balanceó ligeramente hacia atrás, como si fuera a caer, pero él la sostuvo con la mano libre.
—¿Te asusta? —preguntó.
—No —mintió ella.
—Mentira —dijo él, acercándose—. Tu corazón está acelerando. Tus pechos suben más rápido. Tu piel está húmeda. Pero no es sudor. Es miedo. O placer. No lo sé. Tú lo sabes.
Ana abrió los ojos. Lo miró fijo. Con los dientes apretados. Con la lengua rozando el interior de su mejilla.
—Entonces… ¿por qué no lo dices?
Lucas soltó su mano. Se puso de pie. Se desabrochó la camisa. No con prisa. Con teatralidad. Dejó ver el pecho peludo, los pezones oscuros, las marcas que el tiempo y las costumbres le habían dejado. Se quitó los pantalones y los calzones juntos. Su polla salió rígida, gruesa, con los vasos sangüíneos marcados como raíces bajo tierra.
Ana no apartó la vista.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó, con la voz ronca.
—Nada. Solo esperar. Solo sentir.
Lucas se sentó en la cama. Con una mano tomó la soga que ataba sus muñecas. Con la otra, deslizó los dedos por su vientre, bajó hasta el borde de su falda, y tiró de ella con un movimiento seco. La tela se rompió en una costura. No con crueldad, sino con certeza. Como si ya hubiera decidido que no volvería a ponerse esa falda.
—¿Te acuerdas de cómo era antes? —dijo él, mientras le quitaba la ropa interior—. Cuando te tocabas frente al espejo. Cuando te mirabas y te decías: “Esto es mío. Esto es mío. Esto es mío”.
Ana no respondió. Solo cerró los ojos.
—Ahora no necesitas decirlo. Porque yo lo sé. Porque tú lo sabes. Porque no te puedo tocar sin que me sientas.
Lucas se inclinó. Con la boca, mordió su hombro. No con fuerza, pero sí con intención. Dejó una marca. Una marca que quedaría allí, en su piel, hasta que el sol la borrara.
—Y ahora… —susurró—, ahora voy a entrar en ti sin pedir permiso. Porque tú ya me lo diste.
Se puso frente a ella. Con la mano libre, separó sus labios vulvares. Mostró su clitóris, hinchado, brillante, como una perla recién sacada del agua. Lo rozó con la punta de la lengua. Una vez. Dos veces. Tres. Ana arqueó la espalda. Gimió. Pero no pudo moverse.
—No grites —dijo él, sin dejar de lamerla—. No digas nada. Que solo mi voz llegue a ti. Solo la mía.
Ana se mordió la muñeca izquierda. El nudo de la soga le rozó la piel. El contacto entre su cuerpo y la cuerda la hizo temblar. Lucas le separó los labios con dos dedos, y luego entró con un tercero. Lento. Profundo. Giro la muñeca. La curvó. Buscó algo. Lo encontró. La presión subió. Ana jadeó. Su respiración se volvió irregular. Sus musculos se contrajeron.
—Estás mojada —dijo Lucas, mientras añadía un cuarto dedo—. Tú sabes lo que esto significa.
—No es por ti —mintió ella.
—Sí lo es —dijo él, y sacó los dedos con un sonido húmedo—. Tú me quieres así. Con las manos atadas. Con la boca cerrada. Con el cuerpo entregado pero la mente despierta.
Lucas se puso en posición. Se colocó frente a ella. Con la punta de su polla rozó su entrada. Se detuvo. La miró. Ana lo miró de vuelta. Con los ojos entreabiertos. Con los labios entreabiertos. Con el cuerpo entre el miedo y la promesa.
—Estoy listo —dijo ella.
—No. Tú no estás lista —dijo él, y empujó—. Yo sí lo estoy.
La polla entró. Lenta. Profunda. Hasta el fondo. Ana gritó. Pero no de dolor. De sorpresa. De certeza. De algo que llevaba mucho tiempo esperando.
Lucas se movió. Con paciencia. Con intensidad. Con la soga tensa entre sus muñecas. Con el cuerpo de Ana arqueado, con los pechos saliendo hacia adelante, con el cuello estirado, con los ojos cerrados y la boca entreabierta.
—Dime qué sientes —dijo Lucas.
—No puedo —gimió Ana.
—Entonces grita.
—No puedo.
—Entonces sufre.
Lucas le agarró los cabellos. Tiró. Ana gritó. Y luego… se corrió. Su cuerpo se convulsionó. Sus piernas se estremecieron. Su pecho se hinchó. Y Lucas, sin detenerse, con la polla aún dentro de ella, con la soga entre sus muñecas, con la boca pegada a su cuello, se corrió también.
Lo hizo con un sonido gutural. Con un gemido que no era de placer, sino de liberación. De algo que había estado conteniendo por meses.
Cuando todo terminó, Lucas se deshizo del nudo. La soga cayó al suelo. Ana se sentó en la cama. Con las manos entumecidas. Con los pechos subiendo y bajando. Con los ojos secos.
—¿Lo volveremos a hacer? —
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