La siesta en casa de mi ex
Nunca pensé que un día cualquiera, un simple "hola, ¿puedo pasar un rato?" me desarmaría por completo. Fue hace tres semanas. Yo, de visita en la ciudad, sin planes, sin nada que hacer. Llamé a Valeria, sin esperanza, casi por inercia. No habíamos hablado en cinco años. Ni pelea, ni traición, solo la vida que se fue llevando cada uno por su lado. Y aun así, cuando abrió la puerta, supe que nada había cambiado. Nada en realidad.
—Pasá —dijo, con esa voz baja que siempre me desarmó, como si cada palabra fuera un secreto.
Llevaba un vestido corto de algodón, flojo, sin nada debajo. Lo supe porque, al sentarse en el sillón, la tela se le subió un poco y vi el contorno suave de sus muslos, la sombra entre ellos. Me miró y sonrió, como si leyera mis pensamientos.
—Hace calor —dije, estúpidamente.
—Sí —respondió—. Mejor nos refrescamos un poco antes de hablar.
Fue a la cocina. Volvió con dos vasos de agua con hielo. Nos sentamos uno al lado del otro, tan cerca que sentía el calor de su piel. Hablamos de cosas banales: el trabajo, los viajes, la familia. Pero todo era una fachada. Yo sentía el pulso en la garganta, el deseo latiendo como un tambor. Y ella… ella también lo sentía. Lo vi en cómo cruzaba y descruzaba las piernas, en cómo se mordía el labio inferior cuando reía.
En un momento, sin decir nada, se recostó sobre mí. Apoyó la cabeza en mi hombro. No me moví. Suspiró.
—¿Te acordás de cómo me gustaba… besarte ahí abajo? —susurró.
Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda. No respondí. Solo asentí. Ella sonrió, cerró los ojos, y empezó a desabrocharme el pantalón con lentitud. No la detuve. No quería detenerla.
Cuando me sacó los calzoncillos, mi pene saltó libre, ya duro, palpitante. Ella lo miró con esa mezcla de ternura y deseo que tanto me volvía loco. Luego, sin prisa, sin vergüenza, lo tomó con la mano. Suave. Como si lo reconociera. Y entonces, lo llevó a su boca.
No fue un beso. Fue una bienvenida. Su lengua recorrió la punta, lenta, cálida, húmeda. Sentí el calor de su boca como si me tragara entero. Sus labios se cerraron alrededor de la cabeza, y empezó a succionar con ritmo lento, cadencioso. Yo apoyé la cabeza en el respaldo, con los ojos cerrados, dejándome llevar.
—Dios, Valeria… —murmuré.
Ella no respondió. Solo siguió, con la mano envolviéndome la base, la boca subiendo y bajando, la lengua trazando círculos cada vez que llegaba arriba. Me mordí el labio para no gemir demasiado fuerte. Pero ella quería oírme. Lo sabía.
—Quiero escucharte —dijo, separándose un instante—. Como antes.
Y volvió. Esta vez más profundo. Tomó más, hasta el fondo, hasta que sentí su garganta contra mis vellos. Gimió alrededor de mí, como si disfrutara el sabor, el tamaño, la intimidad. Y yo, con las manos temblando, le acaricié el pelo, la nuca, los hombros.
—Así… así… —jadeé—. No pares…
Ella no paró. Solo aceleró. Subía y bajaba con precisión, con conocimiento. Sabía exactamente cuánto podía tomar, cuándo detenerse, cuándo apretar con los labios. Sentí el orgasmo subiendo, lento pero inevitable, como una ola que no se puede detener.
—Voy a venirme —advertí, con voz ronca.
Ella asintió, sin detenerse. Solo abrió más los ojos, me miró, y siguió. Y cuando llegó el momento, exploté en su boca. Ella no se apartó. Me tragó, poco a poco, con los ojos cerrados, como si fuera un regalo.
Cuando terminó, se limpió la comisura con el dorso de la mano y se acurrucó contra mí, como si nada hubiera pasado. Pero todo había pasado.
—No sé por qué hice esto —dijo, con una sonrisa.
—Yo sí —respondí—. Porque nunca terminamos.
Y en ese silencio, con el sol entrando por la ventana y el calor de su cuerpo pegado al mío, supe que, en algún lugar, nunca lo habíamos hecho.
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