La reunión de las amigas de la universidad

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 4.1 (38) · 217 lecturas · 4 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del departamento de Sofía mientras ella ajustaba el lazo de su blusa blanca, mirándose en el espejo del baño. Treinta y cinco años, cabello castaño suelto hasta los hombros, ojos verdes que aún conservaban el brillo de la juventud, sentía un cosquilleo en la piel: anticipación. Hacía doce años que no veía a Lucía, su compañera de cuarto en el primer semestre de la carrera, la persona que una vez le susurró *“algún día volvemos a estar así”* mientras ambas se abrazaban frente al edificio de Letras, a punto de despedirse para buscar su propio camino.

Sonó el timbre.

Sofía respiró hondo, se ajustó el cabello y caminó hacia la puerta. Al abrirla, Lucía estaba allí, empapada por la lluvia, con un paraguas roto y una sonrisa que no necesitaba explicación. Llevaba un vestido negro ceñido que marcaba las curvas de su cintura y caderas, y en sus mejillas, un rubor que no tenía nada que ver con el clima.

—Me perdí dos veces —dijo, con esa voz grave que siempre había hecho que Sofía se estremeciera sin entender por qué—. Y aún así, vine.

Sofía la tomó del brazo, la condujo al interior, cerró la puerta y se secó el agua de sus brazos con una toalla suave. No dijo nada al principio. Solo la miró. Lucía tenía el cuello ligeramente inclinado hacia adelante, como si ya estuviera escuchando el latido acelerado de su propia respiración. Sus pezones se marcaron contra el tejido húmedo del vestido.

—Tú nunca me olvidaste, ¿verdad? —preguntó Lucía, con la voz más baja, casi un susurro.

—Nunca —respondió Sofía, y lo dijo como una confesión que llevaba guardando años.

Se acercaron lentamente, como si temieran que un movimiento brusco hiciera desaparecer el momento. Las yemas de los dedos de Lucía rozaron el borde de la blusa de Sofía, luego subieron con lentitud, acariciando su clavícula, su cuello, hasta enredarse en el lazo del cuello. Con un gesto casi tímido, tiró suavemente. La tela se deshizo, se abrió, dejando al descubierto el sujetador de encaje color crema que Lucía recordaba: lo había elegido para esa noche, aunque no sabía si llegaría tan lejos.

—Todavía me recuerdo esa clase de psicología —murmuró Lucía, acercando su boca al oído de Sofía—. Sentada detrás de ti, viendo cómo te mordías el labio cuando estabas concentrada… Me imaginaba mil veces lo que pasaría si te tocara.

Sofía giró, tomó su rostro entre las manos y la besó.

No fue un beso de despedida, ni de saludo. Fue una descarga: cálida, urgente, llena de años de silencio. Lucía respondió con una suavidad que enmascara una pasión desatada: su lengua exploró la boca de Sofía con seguridad, mientras sus manos subían por la espalda, desabrochando el sostén sin romper el contacto. La tela se deslizó hacia abajo, y Sofía, con movimientos pausados, levantó la blusa por encima de la cabeza, dejando al descubierto sus pechos redondos, los pezones ya endurecidos por el calor.

—Déjame verte —pidió Lucía, arrodillándose frente a ella.

No fue una pregunta, sino una orden suave, un deseo cumplido. Las manos de Sofía temblaban mientras se deshacía del vestido negro de Lucía, que resbaló por sus caderas como una sombra sedosa. Bajo él, Lucía llevaba una slip de satén negro que apenas contenía lo que quería mostrar: la curva de su pubis, el vellooscuro y cuidado, el entrepierna ligeramente húmeda.

—Tú siempre fuiste la más atrevida —dijo Sofía, acariciando el borde del elástico.

—Y tú siempre fuiste la que me mirabas desde lejos… —respondió Lucía, llevando la mano de Sofía entre sus piernas—. Aquí, Sofía. Siempre aquí.

El dedo de Sofía rozó su clítoris, ya hinchado, sensible. Lucía archó la espalda con un grito contenida, sus ojos cerrándose. Pero no quería ir tan rápido. Quería sentirlo todo: el roce de la piel, el olor de su perfume mezclado con el de su piel, el latido sordo de su corazón en el silencio del cuarto.

Se tumbó junto a ella en el sofá, abrazándose como si el mundo se hubiera detenido. Lucía besó cada centímetro de su cuello, su hombro, el borde de sus pechos, hasta que ambas estaban sudorosas y sin aliento, con los cuerpos entrelazados, las piernas entrelazadas, los deseos ya visibles en la humedad que las unía.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Sofía, con una sonrisa traviesa.

—Ahora —dijo Lucía, besándola de nuevo, lenta y profundamente—… ahora seguimos contando lo que no dijimos. Pero esta vez, con las manos, con el cuerpo, con todo.

La lluvia seguía cayendo, suave, como una canción de cuna. Y en ese departamento, entre abrazos y besos que decían más que mil palabras, dos mujeres reencontraban no solo el cuerpo del otro, sino el tiempo perdido.

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