La reunión de antiguos compañeros
10 minLa reunión de antiguos compañeros
La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del pequeño café de la esquina, ese lugar que solía ser de los estudiantes y que ahora, a los cuarenta y ocho años, Federico lo encontraba más acogedor que nunca. Había elegido una mesa junto a la vidriera, con la luz cálida de las lámparas de pedestal iluminando su rostro cansado pero sereno. Se ajustó la corbata con un gesto mecánico, como quien se prepara para una reunión importante. Su reloj marcaba las 20:03. Ella llegaría a las veinte.
No era una cita romántica, al menos no según lo planeado. Era un reencuentro. Uno de esos que el destino resuelve con casualidades: un post en redes, una foto de clase de primero de secundaria que circuló por error en un grupo de exalumnos, una conversación breve —pero cargada de significado— que se extendió durante semanas hasta que ella dijo, sin rodeos: *«¿Te parece si nos vemos? Quiero saber cómo estás»*. Y Federico, sin pensarlo dos veces, había respondido: *«Claro. Mañana a las ocho»*.
Claro que sabía quién era. Elena, la chica del fondo, la que siempre llevaba los cabellos recogidos en un moño despeinado, los ojos atentos y una sonrisa que parecía guardarse para sí misma. La había recordado muchas veces, no con nostalgia de adolecente, sino con una especie de admiración callada. Porque, aunque era menor, había tenido una madurez temprana: se había graduado con honores, había viajado sola a Europa, y luego desaparecido de las redes, como si hubiera decidido construir su vida con calma, sin ruido.
Hoy, al verla entrar, Federico sintió que el tiempo se aceleraba y se detenía al mismo tiempo.
Elena tenía veintitrés años. Sus cabellos, antes castaños y opacos, ahora eran rubios suaves, caían en ondas naturales hasta los hombros y olían a vainilla y a lluvia. Llevaba un vestido largo de seda color miel, que se ceñía a su cintura fina y se abría suavemente hasta las rodillas. Sus ojos, ahora más profundos, más expresivos, lo miraron con una mezcla de timidez y curiosidad que lo hizo sonreír.
—Federico —dijo, con una voz que tenía el tono de una guitarra acústica bien afinada—. Estoy sorprendida de que me hayas reconocido.
Él se puso de pie, con una elegancia natural que no había perdido con los años.
—Elena —respondió, tomándole suavemente las manos—. Siempre fuiste distinta. Incluso a los quince años.
Ella sonrió, y en esa sonrisa hubo un instante de vacilación, una chispa de duda que Federico supo interpretar como una puerta entreabierta.
—Me gustaría que me llamaras Fed —dijo ella—, si no es mucha pretensión.
—Fed —repitió él, casi en un susurro—. Me encanta.
Se sentaron. Pidieron té. Hablaron de todo: de sus estudios, de sus errores, de las ciudades que habían visitado, de los miedos que habían superado. Federico contó que era docente universitario, que había estado dos años en Barcelona, que ahora enseñaba literatura comparada y que, en los últimos meses, había sentido una extraña fatiga existencial. Elena, por su parte, habló de su carrera en diseño gráfico, de un viaje por el Perú que la había cambiado, de cómo había aprendido a vivir sola sin sentirse sola.
El tiempo pasó sin que lo notaran. Las luces del café se volvieron más tenues, los clientes se fueron, y el dueño les lanzó una mirada comprensiva desde la barra.
—¿Quieres caminar un poco? —preguntó Federico—. Apenas quedan dos cuadras hasta el río.
Elena asintió, y cuando se puso de pie, Federico notó cómo la luz le jugaba en los hombros, cómo el vestido se movía con cada paso como una marea silenciosa.
Caminaron en silencio, bajo la lluvia ligera que había vuelto. Federico llevaba la chaqueta abierta, Elena caminaba con la cabeza descubierta, dejando que las gotas le rozaran la piel. Al llegar a la orilla, se detuvieron. El río brillaba oscuro, con reflejos de faroles y luces de barcos lejanos.
—Nunca imaginé que volvería a estar aquí contigo —dijo Elena, sin mirarlo.
—¿Por qué no? —preguntó Federico.
Ella giró hacia él. En sus ojos había una pregunta no dicha.
—Porque tú eres… mayor. Y yo soy joven. Y yo… —calló, como si temiera decir demasiado.
Federico la observó. La lluvia le había mojado la frente, una gota resbaló por su mejilla hasta el ángulo de la mandíbula. Sus pechos se movían suavemente con la respiración, y Federico sintió, con una claridad que lo sorprendió, cuánto deseaba tocarla.
—La diferencia de edad no importa —dijo, pero ella lo interrumpió con una sonrisa triste.
—Sí importa. Pero no por lo que crees.
—¿Por qué?
—Porque tú no eres el tipo de hombre que yo imaginé. No es solo tu edad. Es tu forma de escuchar. Es cómo me miras, no como una chica joven, sino como una persona. Como una adulta.
Federico sintió un nudo en la garganta. Nunca le habían dicho eso.
—¿Y qué tipo de hombre pensaste que sería? —preguntó, con ternura.
—Alguien más rígido. Más distante. Alguien que me dijera que no era el momento, que era demasiado joven, que era una locura. Pero tú solo… estás aquí.
La miró fijamente. Sus ojos, sus labios, la curva de su cuello. Todo en ella era suavidad y fuerza a la vez. Y entonces, sin saber cómo, sus manos se encontraron: las de Federico, arrugadas por los años de escribir y enseñar; las de Elena, delgadas, con uñas naturales y leves cicatrices de piel.
Él acercó su frente a la de ella, y sus respiraciones se entrelazaron en la noche húmeda.
—¿Quieres subir? —preguntó Federico, sin soltarla—. Vivo arriba. Puedo hacerte un té. O no hacerte nada. Solo estar.
Elena lo miró. Entonces, lentamente, asintió.
Subieron las escaleras de su edificio en silencio. Federico abrió la puerta con su llave, encendió la luz tenue del pasillo, y cerró tras ellos. El departamento era amplio, con paredes color crema, estantes llenos de libros, una ventana que daba al río y un sofá antiguo, de cuero desgastado pero amable.
—¿Te sientes bien? —preguntó Federico, mientras colgaba su chaqueta.
—Sí —respondió ella—. Solo… un poco nerviosa.
—Yo también.
Elena se quitó los zapatos y dejó sus medias sobre la mesita. Se acercó a la ventana, con las manos apoyadas en el alféizar. Federico la observaba desde detrás, notando cómo el vestido le marcaba la cadera, cómo su espalda baja formaba una curva que lo hacía sentirse adulto y vulnerable a la vez.
—¿Puedo tocarte? —preguntó, acercándose.
Ella no respondió con palabras. Solo se volvió, lentamente, y puso sus manos sobre sus hombros. Federico sintió el calor de sus palmas a través de la tela de su camisa.
—Tú… nunca me has tratado como a una niña —dijo Elena, con la voz entrecortada—. Y eso… me asusta un poco.
—Porque no eres una niña —respondió él, acariciando su mejilla—. Eres una mujer. Bella. Inteligente. Y deseable.
Elena cerró los ojos. Federico bajó la mano hasta su cuello, y luego hasta su espalda, donde su dedo recorrió la curva de su columna hasta detenerse en el cierre del vestido.
—¿Puedo? —susurró.
Elena asintió.
Con lentitud, Federico deslizó el cierre hacia abajo. El vestido se deslizó por sus hombros y bajó hasta sus tobillos, quedando en el suelo como una hoja seca. Ella estaba debajo, con un sostén de encaje color crema y una slip matching que dejaba entrever la curva de sus muslos. Su piel era clara, luminosa, con una ligera marca roja donde el sol la había besado en el hombro izquierdo.
Federico la tomó de la cintura y la acercó a él. Ella se puso de puntillas, y sus labios se encontraron por primera vez: suaves, tibios, humedecidos por la esperanza. Elena gimió apenas, un sonido que subió por su garganta como una melodía oculta. Federico sintió cómo su corazón latía contra su pecho, rápido pero seguro.
—Estoy aquí —susurró él—. Estoy aquí, Elena.
La tomó en brazos y la llevó al sofá. Ella no resistió. Dejó que él la acostara suavemente, que le quitara el sostén con delicadeza, que viera sus pechos por primera vez: pequeños, firmes, con pezones rosados que se erizaron al sentir su aliento en ellos.
Federico bajó la cabeza y lamió uno de ellos, lentamente, con la lengua. Elena arqueó la espalda, soltando un quejido que resonó en el silencio del cuarto. Él la besó en el cuello, en la clavícula, en el pecho, mientras con una mano le acariciaba el muslo, subiendo poco a poco, hasta rozar el borde del slip.
—¿Te gusta? —preguntó, alzando la vista.
—Sí —murmuró ella—. Pero quiero… sentirte.
Federico se levantó un instante. Se desabrochó la camisa, se quitó los pantalones y los calcetines. Se sentó en el borde del sofá, con su pene ya semierecto, largo, grueso, de color oscuro y con la cabeza ligeramente hinchada. Elena lo observó sin rubor, con la curiosidad de quien aprende y se entrega.
—¿Puedo tocarte? —preguntó él, esta vez apuntando a su entrepierna.
Elena asintió.
Con los dedos, Federico separó el bordado del slip y rozó su clítoris, que ya estaba hinchado y brillante. Ella gimió, más fuerte esta vez, y metió las manos en su cabello.
—Más —pidió.
Él bajó el slip hasta sus muslos y se inclinó. Primero lamió su clítoris, con suavidad. Luego lo chupó, con presión. Elena se retorció, sus manos aferrándose al respaldo del sofá.
—Estoy… casi… —dijo entre dientes.
Federico se incorporó. Se puso una mano bajo la cadera de Elena, levantándola un poco, y la colocó encima de él, sentada en su pene.
Elena lo miró a los ojos mientras bajaba lentamente. Federico sintió su vagina: caliente, húmeda, apretada. Ella se detuvo a medio camino, con su clítoris rozando su vientre.
—¿Estás bien? —preguntó Federico.
—Sí… pero quiero sentirte dentro.
Bajó hasta el fondo. Un grito le escapó, ahogado, cuando lo sintió llenarla por completo. Federico la abrazó, apoyando su frente en su hombro, respirando su olor.
—Estás tan dentro de mí… —murmuró Elena.
—Y tú en mí —respondió Federico—. Desde ahora.
Empezaron a moverse. Lento al principio, como si cada movimiento fuera un juramento. Luego, más rápido, con las caderas de Elena marcando el ritmo, con los muslos de Federico tensos, con sus pechos rozándose en cada subida y bajada.
La lluvia seguía cayendo fuera. La luz del farol de la calle proyectaba sombras en la pared. Federico le mordió el hombro, con delicadeza, y ella respondió mordiéndole el cuello. Él le agaró los glúteos, apretándolos, empujando con fuerza. Ella gimió, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta.
—Federico… —dijo, suavemente.
—Elena.
—Sí… sí.
Se quedaron quietos un instante, pegados, sudados, con las respiraciones entrecortadas.
—¿Puedo…? —preguntó Federico.
—Sí —dijo ella—. Dime qué quieres.
—Quiero estar dentro de ti mientras te viertes. Quiero sentir cómo me apretás.
Elena abrió los ojos. Lo miró con una intensidad que lo hizo sentirse viejo y joven a la vez.
—Hazlo —susurró.
Federico la tomó de las caderas y empujó con fuerza. Elena gritó, arqueó la espalda y sintió el primer espasmo: su vagina se contrajo alrededor de su pene, cálida y húmeda, con un ritmo que Federico conoció enseguida.
—¡Sí! —gritó ella—. ¡Sí! ¡Ahora!
Él la apretó contra sí, clavando las uñas en sus muslos, y se corrió con un gemido profundo, vaciando su semilla dentro de ella, una y otra vez, mientras ella lo apretaba con su propio orgasmo, con sus piernas temblando, con su cara mojada por lágrimas que no sabía si eran de tristeza o de alegría.
Se quedaron así, abrazados, con Federico aún dentro de ella, con el sudor y el olor de su piel mezclándose.
—Nunca —dijo Elena, después de mucho rato—. Nunca me sentí así.
—¿Así?
—Viva. Completamente.
Él besó su frente.
—Yo tampoco —confesó.
Se durmieron así, en el sofá, con el cuerpo de Elena apoyado en el pecho de Federico, su pierna
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.