La primera vez que volvió a cogerme después de tres años

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 4.0 (31) · 10 lecturas · 7 min de lectura

El celular sonó a las 2:17 de la madrugada. No era una llamada, era un mensaje. Solo dos palabras: *«Volví. ¿Te acordás de mí?»*. Diego lo leyó dos veces, con el pulgar temblando sobre la pantalla, mientras afuera llovía con esa intensidad tonta de Buenos Aires en verano, esa lluvia que huele a asfalto quemado y promesas rotas. Sabía quién era. Solo podía ser ella: Lucía. Su Lucía. La que le había roto el alma en tres palabras y un abrazo seco en la puerta del avión, hace tres años y un mes.

Diego no respondió de inmediato. Se paró de la cama, se puso los boxers que aún tenían la marca de su talle, y caminó hasta la cocina. Se sirvió un vaso de agua fría, lo bebió de un trago, y ahí, en la penumbra del alba que aún no llegaba, lo sintió: un calor que le subió por la espalda, un apretón en el pene, un hormigueo en los testículos como si su cuerpo ya la estuviera reconociendo, aunque él aún no se hubiera decidido.

Tardó ocho minutos en escribir: *«Sí. ¿Venís?»*.

Ocho minutos que le parecieron una eternidad. Ocho minutos en los que se pasó la lengua por los dientes, se acarició el pubis con la yema de los dedos, imaginó su cuerpo en la puerta, con esa sudadera de algodón que solía usar cuando hacía frío, los pantalones cortos puestos al revés, los pies descalzos y los ojos brillantes como cuando le decía «dieguito, no te muevas» antes de montarse sobre él.

El timbre sonó.

Diego abrió sin pensarlo, como si su cuerpo ya no le hiciera falta. Y ahí estaba ella: Lucía, con la piel más oscura por el sol de Barcelona, el pelo más largo, sujeto en un moño desordenado, los labios más hinchados, y esa sonrisa que solía ser solo para él. No llevaba nada debajo de la camiseta blanca, y Diego lo supo apenas la vio moverse: los pezones duros, marcados por la tela fina, como dos nudos apretados de seda.

—Volví —dijo ella, y su voz era la misma, pero más粗, más ronca, como si hubiera estado gritando su nombre en bares de mala muerte.

—Sí, ya lo vi —respondió Diego, y no sabía si estaba hablando del mensaje o del deseo que ya le sudaba en las axilas.

Lucía entró sin pedir permiso, como siempre. Se sacó la camiseta y la dejó caer al suelo. Diego no aguantó. La agarró por la cintura, la levantó como si pesara cero, y la sentó en la encimera de la cocina, entre la nevera y el microondas. Ella no se resistió. Solo se apartó el elástico del short de algodón y le puso la mano sobre la concha, apretando con fuerza, como para asegurarse de que estaba ahí, de que seguía siendo suyo.

—¿Todavía te creciste? —le preguntó Lucía, mirándole la entrepierna, donde ya se notaba el bulto marcado del pene.

—Sí —dijo Diego—. Y vos seguís igual, jodida.

Ella rio, bajo y gutural, y le desabrochó el cierre de los jeans. Diego se sacó los boxers con un movimiento rápido, y el pene le saltó hacia afuera, grueso, ligeramente inclinado hacia arriba, la cabeza rosada y húmeda por el pre-cum que ya chorreaba por el glande. Lucía lo miró con los ojos entreabiertos, extendió la mano, lo tomó por la base, y lo apretó con cuidado, como si lo estuviera probando.

—Todavía es mío —dijo, y Diego sintió un estremecimiento que le subió por la columna y le hizo temblar las rodillas.

—Sí, pero ahora soy yo el que te va a coger —respondió él, y la agarró por las caderas, la jaló hacia el borde de la encimera, y le separó los labios de la concha con los dedos. Ya estaba mojada. Caliente. Húmeda como una boca abierta en pleno beso. Los labios internos eran más oscuros, como morados, y brillaban con la humedad que se le salía por dentro. Diego la miró fijo a los ojos mientras le separaba más la vulva, y luego bajó la cabeza y le chupó el clítoris con fuerza.

Lucía gritó, un grito corto, ahogado, como si no creyera que estaba pasando de nuevo. Diego no le dio tiempo a respirar. Le metió la lengua adentro, la rozó contra el botón duro, la chupó como si fuera el primer beso de la vida, y mientras lo hacía, le metió dos dedos en la vagina, doblados hacia adentro, con la palma apretando su clítoris. Ella se arqueó, los pechos saltando, los ojos cerrados, los dientes apretados.

—Me moría por esto —dijo Diego, sin soltarla—. Por tu concha. Por tu maldita boca cuando te voy a hacer gritar.

Lucía le agarró la cabeza y lo jaló hacia arriba. Se quitó el short, lo tiró al piso, y se puso de pie frente a él, con las piernas abiertas, el pene duro pegado a su vientre, los pechos subiendo y bajando con la respiración agitada.

—Dame el condón —le dijo ella, y Diego se lo sacó del bolsillo trasero del jean como si lo hubiera tenido ahí toda la vida. Ella lo tomó, lo abrió con los dientes, y lo enrolló en su pene mientras lo miraba fijo, sin apartar la mirada ni un segundo.

Diego la tomó de la cintura, la levantó, y la apoyó contra la puerta del baño. Ella le rodeó la cintura con las piernas, se puso de puntillas, y le besó el cuello, mordiéndole la yugular con suavidad.

—Dame todo —susurró—. No me voy a aguantar.

Diego no esperó más. Empujó con la punta del pene su concha, rozando el clítoris, rozando los labios, y luego, con un movimiento lento pero firme, la metió adentro. La entrada fue apretada, cálida, apretada como un puño recién abierto. Diego se detuvo, con el pene hundido hasta la raíz, los testículos pegados a su culo, y la miró a los ojos mientras respiraba fuerte.

—Te dije que volviste a crecer —dijo Lucía, con la voz rota—. Pero no esperaba esto. Estás más gordo. Más duro.

—Sí —dijo Diego—. Y ahora te lo voy a meter todo.

Empezó a moverse. Lento. Con el cuerpo inclinado hacia adelante, las manos en sus caderas, los dedos clavados en la carne suave de sus muslos. Cada empuje era profundo, cada entrada lo hacía entrar hasta el fondo, rozando el fondo de su vientre, y cada vez que se retiraba, lo hacía con lentitud, arrastrando el glande por su clítoris, por sus labios hinchados, por todo lo que le pertenecía.

Lucía le clavó las uñas en la espalda, se mordió el labio, y empezó a gemir. No era un gemido suave. Era un sonido gutural, ahogado, como si estuviera luchando contra el placer, contra el deseo que ya no podía contener. Diego la sintió temblar, sintió cómo su vagina se contrajo, cómo los músculos internos la apretaban, apretaban su pene, lo mordían, lo chupaban.

—Me voy —dijo Lucía, con la voz rota, los ojos cerrados, el cuerpo arqueado como un arco.

—Yo también —respondió Diego—. Me voy a garcharte hasta que no puedas más.

Y volvió a empujar, con más fuerza, más profundidad, y Lucía gritó, un grito largo, desesperado, y su cuerpo se contrajo como si la estuvieran electrocutando. Diego la sintió estallar, sintió cómo su concha lo apretaba, lo mordía, lo chupaba, y él no aguantó más. Empujó hasta el fondo, hasta que los testículos le golpeaban su culo, y se corrió. Le salió todo: caliente, espeso, con chorros que le golpeaban el fondo del vientre, que le hacían temblar las piernas, que le hacían soltar la cabeza hacia atrás y soltar un gemido que venía de lo más profundo de su pecho.

Lucía lo abrazó, lo apretó como si no quisiera soltarlo nunca, y Diego sintió la humedad de su llanto en su cuello, y el sabor salado de su piel.

—No te vayas más —dijo Diego, con la voz rota.

—No me voy —dijo Lucía, y lo besó, con los labios temblorosos, con el aliento agitado—. Porque esta concha, dieguito… esta concha solo es tuya. Solo cuando vos la garchás.

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