La primera vez que subió a mi departamento
6 minLa primera vez que subió a mi departamento
La lluvia golpeaba con persistencia contra las ventanas del edificio cuando ella tocó el timbre. No era inusual: los vecinos del cuarto piso, el de al lado, incluso el viejo del quinto, alguna vez habían pedido prestado azúcar, un clavo, una toalla. Pero esa noche, entre el sonido del aguacero y el silencio de las escaleras, su llegada tenía otro sabor.
Elena no era vecina. Vivía en el segundo piso, dos plantas abajo, y había cruzado apenas unas palabras con él en los ascensores o en el pasillo, siempre con una sonrisa breve, los ojos oscuros como el café recién hecho, sin leche. Él, Daniel, tenía treinta y ocho años, llevaba quince en ese departamento, y desde el primer día había notado su presencia: no por atrevimiento, sino por una cierta quietud que la rodeaba, como si llevara consigo un espacio propio, ajeno al ruido del mundo.
—Perdón —dijo ella, mojada hasta los huesos, el cabello pegado a las sienes, la blusa blanca translúcida al contacto con el agua. Daniel notó al instante la curva de sus pechos, la sutileza de los pezones marcados bajo la tela fina, y se obligó a mirarle a los ojos—. Se me rompió el grifo de la cocina. El agua me llegó a los zapatos.
—Claro —respondió él, apartándose un poco para dejarla pasar, sin invitarla de inmediato, con la puerta entreabierta como un puente aún dudoso.
Ella entró, con cuidado, como si temiera pisar algo frágil. Daniel cerró tras de sí, escuchando el goteo del felpudo. El olor a lluvia y jabón de almendras le llegó antes que las palabras.
—¿Quieres un té? —preguntó él, dirigiéndose a la cocina, sin esperar respuesta.
—Sí —dijo ella, ya más firme—. Gracias.
Daniel preparó dos tazas de manzanilla, lentamente, escuchando el hervor del agua, el sonido metálico de las cucharas. Cuando regresó, Elena estaba de pie junto a la ventana del salón, mirando la ciudad empapada. Llevaba los zapatos fuera, los calcetines ya no estaban húmedos —se los había quitado antes de entrar—, y la falda corta que usaba, oscura y sencilla, le subía apenas hasta las rodillas, dejando ver las piernas, tersas, sin vello visible, con una suavidad que parecía hecha de seda y luz.
—Es lindo así —dijo ella, sin volverse—. La ciudad se vuelve transparente.
—Sí —asintió él, acercándole la taza—. Como si el tiempo se hubiera detenido.
Elena tomó la taza con ambas manos, los dedos finos envolviéndola, las uvas pintadas de un rojo oscuro, apenas notorio. Bebió un sorbo, lento. Bajó los ojos, luego los alzó de nuevo.
—¿Puedo secarme el pelo? —preguntó.
—Claro. Hay una toalla en el baño.
Ella se levantó, y Daniel notó cómo su cuerpo se movía: con lentitud, con un balanceo casi imperceptible en las caderas, como si cada paso fuera un susurro. Entró al baño, cerró la puerta. Daniel se quedó quieto, escuchando el chorro del grifo, el frotar de la tela contra el cabello.
Cuando ella salió, el cabello estaba suelto, oscuro, brillante, y llevaba puesta una camiseta blanca demasiado grande para ella, que le llegaba apenas a mitad de muslo. Sin calcetines. Sin zapatos.
—Está seco —dijo—. Pero sigo mojada por dentro.
Daniel no respondió de inmediato. Se acercó a ella, no con presión, sino con la paciencia de quien sabe que el tiempo es parte del deseo. La miró desde abajo: los pies descalzos, los tobillos, las pantorrillas, los muslos, la tela blanca que se ajustaba apenas a la curva de sus caderas, dejando al descubierto la línea oscura del vello, suave y natural.
—¿Estás cómoda? —preguntó, bajando la voz.
—Más que cómoda —respondió ella, y por primera vez sonrió con los ojos—. Me sentí bien desde que toqué el timbre.
Daniel tragó saliva. No era un hombre impulsivo. Sus deseos venían con calma, se desplegaban como un mapa antiguo, línea por línea. Pero en ese momento, la certeza fue clara: quería tocarla. No con urgencia, sino con la lentitud de quien quiere saber cada milímetro.
—¿Puedo? —susurró.
Elena no habló. Solo asintió, una vez, apenas.
Él le acarició la mejilla con la yema de los dedos, sintiendo la suavidad de su piel, el calor que emanaba. Ella cerró los ojos un instante, como si gozara de esa simple contacto. Luego, lentamente, abrió los párpados y lo miró de nuevo.
—Tienes los ojos de ámbar —dijo ella.
—Y tú, los de noche —respondió él.
Se inclinó. No fue un beso de golpe, sino una aproximación, una pregunta que se hacía con los labios entreabiertos, con el aliento entrelazado. Ella esperó, respirando profundo, hasta que sus labios se tocaron. Fue breve, tibio, húmedo. Ella abrió la boca, y él entró con su lengua, suave, explorando sin prisa. El sabor del té, el sabor de su boca, el sabor de la lluvia que aún persistía en su piel.
Daniel apartó suavemente la camiseta de sus hombros. Cayó al suelo, sin ruido. Elena no se ruborizó, no se cubrió. Solo lo miró, con los pechos al descubierto, redondos, firmes, los pezones oscuros y erguidos, como si el calor de la habitación —y el de su presencia— los hubiera despertado.
—Eres hermosa —murmuró él, acercándose.
Le rozó uno con los labios, con la lengua, sintiendo el sabor salado, la suavidad de la piel, la dureza del pezón bajo su boca. Ella exhalingó, una exhalación larga, profunda, como si soltara algo que llevaba mucho tiempo cargando.
Daniel bajó las manos por su cintura, los muslos, y se arrodilló. Con cuidado, deslizó la camiseta por sus caderas, dejando al descubierto su cuerpo entero: estilizado, elegante, con una curva suave en el vientre, el ombligo hundido, y entre las piernas, el vello oscuro, corto, perfectamente natural.
Elena se sostuvo de su hombro mientras él le separaba los muslos con las manos. La miró allí, en su feminidad desnuda, con la vagina bien cerrada, los labios pequeños y oscuros, ligeramente húmedos, como si ya lo estuviera esperando.
—¿Te gusta que te mire? —preguntó él, sin tocarla aún.
—Sí —dijo ella—. Pero quiero que me toques.
Daniel apoyó las palmas en sus muslos, lentamente, y bajó la cabeza. Primero con la nariz, rozando el borde de su vagina, inhalando su olor: un aroma cálido, terroso, femenino, que le recordó a la tierra mojada después del trueno.
Luego, con la punta de la lengua, rozó su clítoris. Ella gimió, un sonido bajo, gutural, que le subió por la espina dorsal. Él repitió, con más confianza, su lengua deslizándose por sus labios, buscando el punto más sensible, el que palpaba con cada latido.
—Daniel —susurró ella, agarrando su cabello, pero sin fuerza—. No te detengas.
Él no se detuvo. Lamió su clítoris con ternura, lo chupó con delicadeza, sintiendo cómo se endurecía más, cómo ella se estremecía, cómo sus piernas temblaban. Luego, introdujo un dedo, lento, en su entrada. Estaba húmeda, cálida, apretada. Lo movió con cuidado, buscando el ángulo que la hacía arquear la espalda, que la hacía cerrar los ojos y soltar un gemido más fuerte.
—Sí —dijo ella—. Así.
Daniel agregó un segundo dedo, abriendo su cuerpo con suavidad. Lamió su clítoris mientras la estimulaba, con el ritmo que ella le pedía con sus caderas, con el movimiento sutil de sus muslos. La oyó quebrarse, no con gritos, sino con un susurro quejumbroso, con un temblor que le recorrió todo el cuerpo, desde los pies hasta la punta de los dedos.
Cuando ella volvió a respirar, lo miró con los ojos vidriosos.
—Ahora quiero sentirte dentro —dijo—. Con cuidado.
Daniel se levantó, desabrochó su pantalón, bajó la cremallera. Su pene estaba erguido, grueso, la punta húmeda de preseminal. Se lubricó con una gota, con su propia saliva, y
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Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.