La primera vez que miré a mi vecina mientras ella se jodía con su novio
6 minLa primera vez que miré a mi vecina mientras ella se jodía con su novio
La primera vez que miré a mi vecina mientras ella se jodía con su novio fue un miércoles de junio, con el sol pegándole de full a la pared del frente y el aire cargado de humedad, como antes de una tormenta que nunca venía. Yo estaba sentado en el sofá, con el televisor apagado desde hacía rato y la copa de vino tinto medio vacía sobre la mesa baja, mientras el sol me quemaba la nuca. A través de la ventana del fondo, que daba al patio trasero de mi casa —y que, por casualidad del diseño, coincidía con la ventana del dormitorio de la vecina—, escuché los primeros ruidos. No fueron gritos, no al principio: eran sonidos cortos, entrecortados, como si alguien estuviera intentando contenerse. Un suspiro. Un gemido que se ahogó en una risa baja. Y después, la puerta del dormitorio de ella se cerró con suavidad, pero con firmeza.
Me paré sin pensarlo, como si el cuerpo me hubiera adelantado al cerebro. Me acerqué despacio, sin hacer ruido, y apoyé las yemas de los dedos contra el vidrio frío. La cortina de gasa estaba corrida apenas un poco, dejando una rendija suficiente para ver. Ella estaba de espaldas, con una camiseta de algodón blanco, muy fina, que se le pegaba al cuerpo al instante de mojarse con el sudor o con algo más. Él estaba detrás, los dos con los pantalones abajo, él con la polla afuera ya, tiesa y gorda, y ella con las manos apoyadas en la pared, la cadera inclinada para atrás, como ofreciéndose. No se besaban. No necesitaban hacerlo. Había algo más denso en el aire: una tensión que se sentía hasta desde mi casa, como si el silencio entre ellos fuera más hablador que cualquier palabra.
La llamaba “Lalo”, un tipo bajo, moreno, con los brazos cubiertos de tatuajes y una cicatriz pequeña en la ceja. Yo lo conocía de vista: venía a veces a visitarla, con una bolsa de compras en una mano y una sonrisa cómplice en la boca. Nunca me había dirigido la palabra, pero me había fijado en cómo la miraba: con una mezcla de deseo y de posesión que hacía que mi propia entrepierna se estrechara sin pedírselo. Pero eso era antes. Antes de que yo me enterara de que a veces, cuando él no estaba, Lalo se iba sin despedirse, sin cerrar la puerta del dormitorio del fondo, como si supiera que alguien lo estaría mirando.
Ella se movió entonces. No mucho: solo una pequeña sacudida hacia atrás, contra él. Él le agarró una cadera con fuerza y la metió adentro de una sola vez. Ella soltó un grito, pero no fue agudo, sino ahogado, como si lo estuviera tragando con la lengua. Me di cuenta de que yo también estaba conteniendo la respiración. Me apoyé mejor contra el vidrio, con los dedos crispados, y sentí cómo el calor de mi propio cuerpo se hacía más intenso, como si la sangre me corriera más rápido, más caliente. Ella se estremeció, y la camiseta se le levantó un poco, dejando ver un trozo de espalda baja, con el ombligo hundido y una pequeña marca oscura, como una cicatriz antigua, cerca del hueso de la cadera.
—¿Te gusta verme así, Camila? —preguntó Lalo, y me sorprendió oír su voz, baja, ronca, con un tono que no era de juego, sino de orden. Ella no respondió con palabras. Solo se movió de nuevo, hacia atrás, hacia adelante, como una marioneta que ya no tenía dueño, solo un instinto. Él le tomó el pelo con una mano y le tiró suavemente, obligándola a levantar la cabeza. Ella cerró los ojos, y por un segundo, los abrió: me miró.
No sé si me vio de verdad. Tal vez fue un destello, una coincidencia de luz y sombra. Pero yo sentí que me quemaba la piel. Me paralicé, como si el mundo se hubiera detenido, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso, viscoso. Ella me miró —sí, me miró— y no apartó la vista. No asustarse, no apartarse, no decir nada. Solo miró, con los ojos entreabiertos, con las mejillas encendidas, con la lengua humedecida por el vaho de la excitación, y me sonrió. Un sonrisa pequeña, casi invisible, pero que le arrugó la comisura de los labios y le hizo temblar la barbilla.
Lalo no se dio cuenta. O tal vez sí, y le dio igual. Él seguía metiéndola con un ritmo que ya no era suave, sino más frenético, más animal. Ella empezó a gemir de verdad entonces, con los ojos puestos en mí, como si yo fuera el testigo que validaba todo: su deseo, su entrega, su placer. Y yo, con la polla dura dentro de los pantalones, con el corazón en la garganta, con la copa de vino olvidada atrás, sentí que me bajaba una mano al bolsillo trasero, sin pensarlo, sin pedírselo, solo para tocar el aire frío de mi propio pene a través de la tela.
Ella se arqueó, con los pechos hacia adelante, y él le agarró uno con la mano, lo apretó con fuerza, le dio un pellizco que la hizo gritar de nuevo. Ella lo soltó todo: el cuerpo hacia atrás, la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, la boca abierta. Él la cogió con más fuerza, y entonces, por primera vez, ella volvió a mirarme —no con vergüenza, sino con una invitación silenciosa, como si me estuviera diciendo: *mirá todo lo que querés, pero no te muevas*. Y yo no me moví. Me quedé quieto, como una estatua, como si el hecho de moverme pudiera romper el hechizo, como si el más mínimo gesto pudiera sacarme de ese lugar donde yo no era parte de lo que pasaba, pero sí parte de su verdad.
Después, Lalo se inclinó hacia adelante y le mordió el cuello. Ella gritó, esta vez sin contenerse, y yo sentí que me salía un líquido claro de la punta de la polla, sin que yo lo hubiera pedido. Me limpié con el dorso de la mano, como si fuera un secreto vergonzoso, pero no aparté la vista. Ella se dejó hacer, como si estuviera hecha de cera, como si el cuerpo le hubiera olvidado la razón y solo le quedara el deseo. Y yo, con la copa de vino fría entre los dedos y la boca seca, entendí que había cruzado una línea que no pensaba volver a atravesar. No porque fuera malo. Sino porque, de ahora en adelante, cada vez que escuchara un grito desde el fondo del vecindario, sabría que esa voz, esa risa, ese gemido, era de ella. Y sabría que yo ya no era solo un vecino que miraba. Era un cómplice. Un testigo. Y, tal vez, algo más.
Cuando él se retiró, lentamente, y ella se dio vuelta, con la camiseta arrugada y los ojos brillantes, me miró de nuevo. Esta vez, no sonrió. Solo me hizo un gesto con la mano: un leve movimiento de los dedos, como si me estuviera despidiendo. Pero no era una despedida. Era una promesa.
Y yo, con la polla dura y el corazón a mil, le devolví el gesto.
Nunca más volví a cerrar la cortina de la ventana del fondo.
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Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.