La primera vez que me quedé solo en casa con el echo de mi ex
Era viernes, 22:47. La llave giró en la cerradura, y por primera vez desde que me dejó, la puerta se cerró detrás de mí sin que nadie me dijera “vuelvo pronto” o “¿quieres algo para cenar?”. Solo el eco del cerrojo y el silencio que me abrazó como un abrigo demasiado grande. Me dejó una nota en la nevera, escrita con su letra redondeada, de esas que usaba cuando hacía la lista del mercado: “Diego, ya no vuelvas. Lo siento. Te mando abrazos fuertes. — L.” Nada de “te extrañaré”, nada de “algún día”, solo eso. Frío. Cerré los ojos un segundo. Respiré hondo. Y luego, sin pensarlo, me deslicé los pantalones por las caderas y me senté en el sofá, con las piernas abiertas, las manos aún temblando un poco.
Era la primera vez desde que nos separamos —y desde que L. y yo nos habíamos conocido en el parque de La Perseveración, hace ya tres años— que me quedaba solo, de verdad. No solo en el sentido de “no hay nadie en casa”, sino en el sentido más hondo: solo conmigo, con lo que quedaba de mí, con lo que aún me latía en el pecho como un gong hueco. Me había quedado con todo: el apartamento, su perfume en la funda de la almohada, su taza favorita en el gabinete, y ese rastro de humo de tabaco suave que aún se quedaba en las cortinas, como si ella estuviera allí, fumando un cigarrito mientras me miraba con esa sonrisa que me derretía.
Me levanté, fui directo al baño. Me miré en el espejo. Cara hundida, barba de tres días, ojos rojos pero brillantes. Me desabroché la camisa. Me quité los calcetines. Me deslicé la ropa interior, esa negra que siempre le gustaba a ella, y me dejé caer de rodillas frente al inodoro, con las manos apoyadas en el borde de la ducha. Me miré de nuevo. El pito colgaba flácido, pero ya con un brillo distinto, como si supiera que algo iba a pasar.
No iba a hacerlo por venganza. Ni por olvido. Ni siquiera por nostalgia. Lo iba a hacer porque necesitaba sentirme vivo. Porque necesitaba recordar cómo era mi cuerpo sin su mirada, sin su aliento en el cuello, sin sus uñas pequeñas pidiéndome que no me moviera. Me recordé en su cama, esa mañana en que se despertó antes que yo, me besó la nuca y me susurró: “Tú eres el único que me hace sentir que soy una diosa con los pies en el suelo”. Y yo la había creído. La había amado. Y cuando se fue, me dejó con la sensación de que había dejado una parte de mí en su piel.
Me puse de pie. Fui a la habitación, abrí el cajón de la cómoda. No busqué nada. Solo toqué. El algodón de una playera que ella había dejado allí, el terciopelo de una funda de almohada con su olor ya atenuado. Me senté en la cama, con las piernas cruzadas, y me dejé llevar. Me puse el celular en el regazo, abrí la carpeta de fotos que nunca había borrado. La de la playa de Santa Marta, donde ella se dio un baño en la luna llena y me llamó para que la encontrara con la falda mojada y los pechos aún húmedos del mar. La de la feria de Cali, con el vestido rojo que le quedaba como una segunda piel. La de la cocina, sacando pasteles de chocolate, con harina en la nariz y una sonrisa que me partía el alma.
Me toqué. Suavemente. Con la palma, con los dedos. Me acaricié el pito, que ya se ponía tieso, que latía como si estuviera escuchando mis recuerdos. Me recordé su boca. Su lengua, esa que me hacía perder la cabeza con solo rozarme el glande. Me acordé de cómo me decía: “Muerde el aire, Diego. Déjate ir”. Me acordé de cómo me mataba con eso, con la mezcla de ternura y desafío que ponía en cada palabra. Me toqué más fuerte. El dedo índice entró y salió, lento, como si ella me estuviera guiando con la mano. Me imaginé su aliento en el cuello, su rodilla entre mis piernas, su culo apoyado en mi regazo mientras yo la sostengo por las caderas y la empujo hacia atrás, lento, hasta que ambos jadeábamos como perros tras una carrera.
Me olí el dedo. A mí. A ella. A la vida que habíamos construido en esas paredes. Me llevé el dedo a la boca. Me lamí. A mí. A ella. A todo lo que habíamos sido. Me toqué de nuevo, más rápido ahora, con el ritmo de mis recuerdos. Me imaginé que ella estaba allí, sentada sobre mí, con el pelo suelto y los ojos cerrados, moviéndose con esa lenta danza que solo nos pertenecía. Me imaginé sus pechos, pequeños pero firmes, con los pezones duros y oscuros, como granos de café recién tostado. Me imaginé sus muslos, que se apretaban contra mis caderas mientras yo la tomaba por la cintura y la jalaba hacia mí, hasta que sentí que iba a explotar.
Se me empezó a escapar. No con la fuerza de antes, cuando ella me decía “¡Sí, Diego, sí, así!”, sino con una suavidad distinta, más profunda. Como si mi cuerpo, después de tanto tiempo sin ser tocado por nadie más, simplemente me hubiera perdonado. Como si me dijera: “Está bien, Diego. Ya no necesitas ella para sentirte completo. Ya lo eres”. Sentí el calor subirme por la espalda, el vientre se me tensó, y entonces exploté. No con un grito, sino con un susurro ahogado, con la frente apoyada en la almohada donde aún quedaba su olor. Me temblaron las manos. Me tembló el alma.
Me quedé ahí, con el pito aún duro pero más tranquilo, los dedos manchados de mí mismo, el corazón latiendo como si acabara de correr una carrera. Me levanté. Fui al baño. Me lavé con agua tibia. Me sequé con la toalla que ella había dejado colgada. Me miré en el espejo otra vez. Esta vez, no había tristeza. Solo calma. Solo la certeza de que, aunque ella se hubiera ido, yo seguía aquí. Vivo. Entero.
Me vestí. Me senté en el sofá. Encendí una vela de vainilla que había comprado por curiosidad, sin saber para qué. Me puse una playlist que habíamos hecho juntos, esa que nunca había escuchado desde que se fue. Y entonces, sin querer, me puse a reír. Una risa suave, casi tímida, como si me hubiera encontrado con un viejo amigo en la calle. Porque sí, había sido duro. Pero también había sido rico. Real. Humano.
Me levanté. Fui a la cocina. Me preparé un café fuerte, con leche y dos cucharadas de azúcar, como a ella le gustaba. Me senté en la terraza, con la taza en las manos, mirando el cielo de Medellín, iluminado por las luces de la ciudad y las estrellas que apenas se dejaban ver entre la bruma. Me dije: “Hoy no la extraño. Hoy solo me extrañé a mí mismo. Y me gustó lo que vi”.
Y así, con el café frío, la vela apagándose y el mundo dormido, me quedé allí, con el eco de mi respiración, con el peso de mis recuerdos, y con la certeza de que, aunque me hubiera quedado solo, nunca estaría solo del todo. Porque mi cuerpo me había recordado algo fundamental: que yo también era fuego. Que yo también era hogar. Que yo también era suficiente.
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