La primera vez que me chupó la pija en su living
4 minLa primera vez que me chupó la pija en su living
La luz del atardecer se colaba por las ventanas del living de Valeria, pintando de dorado las paredes blancas y el sofá de cuero gris. Ella estaba sentada en el borde, las piernas abiertas, los pies descalzos apoyados en el suelo de madera. Yo me había sentado a un metro, con las manos sobre las rodillas, fingiendo calma, pero cada vez que me fijaba en la curva de su cuello o en el leve movimiento de sus pechos bajo la camiseta ajustada, el pene me empezaba a latir en los calzones.
— vení —me dijo ella, sin prisa, mirándome con esos ojos oscuros que siempre parecían estar evaluando algo—. No te agobies.
Yo me acerqué despacio. Ella no se movió. Solo me miró mientras me desabrochaba el cierre del pantalón, sacaba la pija ya dura y tiesa, cubierta por la piel ligeramente más oscura del prepucio, con la punta brillante por el preseminal. Valeria no apuró. Se levantó, se acercó hasta ponerse entre mis piernas, y con las manos me las apartó para que me sentara de nuevo, bien hundido en el sofá.
— Mirá qué linda tenés —susurró, acariciándome con la palma la cabeza del pene, bajando hasta el escroto, apretándolo suave—. Y qué fuerte se te pone solo por mirarla.
Luego bajó la cabeza. No me tomó de golpe. Primero lamió la punta, con la lengua plana, arrastrándose despacio desde abajo hasta la cabeza, recogiendo la humedad que ya empezaba a escurrir. Yo le puse las manos en la cabeza, pero ella me las agarró y me las obligó a apoyarlas en los brazos del sofá.
— No me toques. Yo decido cuándo.
Me dio un beso húmedo en el glande, luego lo chupó entero, lento, como si lo saboreara. La boca cerrada, los labios tensos contra mi piel, y la lengua girando en círculos pequeños alrededor del orificio uretral. Yo contuve el aliento. Ella se relamía cada tanto, humedeciendo mi pene como si fuera algo precioso que no quería dañar.
— Quiero verte entrar —dijo, y me miró fijamente—. Quiero sentir cómo me la metés por la boca antes que por la concha.
Y así fue. Se puso de rodillas frente a mí, con las manos en mis muslos, y me tomó la pija con ambas manos, firme, mientras la cabeza ya le rozaba los labios. Me la metió a la boca sin pausa, hasta que el fondo de su garganta la acceptó. Me la chupó hasta la base, tragando el aire, y luego se la sacó lento, con un chupetón húmedo, dejando un hilo de saliva estirándose entre su boca y mi piel.
— Vos me la tenés que dar, ¿sabés? —me dijo, con la voz ronca, los labios rojos, la nariz ya levemente inflamada—. No la querés guardar. Querés garcharla, querés sentirla.
Y me la volvió a meter. Esta vez con más hundimiento. La lengua bajo, rozando el corona, y la garganta tensa, tragando cada vez que la sacaba. Yo ya no podía más. Me puse las manos en su cabeza, pero ella me las quitó otra vez y me apretó los muslos con fuerza.
— Dejá que yo te lleve.
Me la chupó así un buen rato, hasta que empezó a mover las manos, frotando mis testículos contra mi cuerpo mientras tragaba la pija, una, dos, tres veces seguidas, con un ritmo que no era de prisa, sino de necesidad. La boca húmeda, los ojos cerrados, las mejillas hundidas, la nariz pegada a mi vello púbico.
— ¡Valeria, me voy a venir! —le dije, jadeante.
Ella no se detuvo. Sólo me la metió más hondo, hasta la base, y me la chupó hasta que sentí el primer espasmo. Entonces se sacó de golpe, me miró a los ojos y me dijo, con la voz rota:
— Vení. Acostáme. Quiero que me la metas por la concha.
Y así lo hicimos. Ella se acostó en el sofá, separó las piernas, y yo le bajó la bermuda y la pelotita de algodón que usaba. Ya estaba mojada, con los labios hinchados y la concha brillante. Le separé los pezones con los dedos mientras me acomodaba entre sus piernas, y luego me puse de pie, con la pija dura y lista.
— Mirá qué linda concha tenés —le dije—. Y qué rica huele.
Y me la metí. Lento. Hasta la base. Ella soltó un gemido bajo, apretando los dientes, pero no me detuvo. Yo empecé a moverme, a sacarla y meterla, con un ritmo que se iba acelerando. Ella me abrazaba, me tiraba de los pelos, me mordía el hombro cuando se iba cerca.
— ¡Cogeme, andrés! ¡Me tenés que venir adentro!
Y cuando sentí que me iba a venir, le agarré la cadera y la puse de lado, para meterla más profundo, y me terminé dentro de su concha, con la pija palpitando, el semen espeso y caliente chorreando por dentro, mientras ella me apretaba la cintura y cerraba los ojos, dejándose llevar.
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Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.