La primera vez que me chupó el pito en la terraza de su casa
3 minLa primera vez que me chupó el pito en la terraza de su casa
Eran casi las ocho de la tarde, cuando el sol ya se había reído de tanto calentar el barrio y solo quedaba ese resplandor anaranjado pegado a las montañas del norte. Mateo, sentado en el banco de madera de la terraza de Daniela, con una cerveza fría en la mano y el corazón acelerado por algo más que el calor, sabía que esa noche iba a pasar algo distinto.
—¿Te sientes bien? —le preguntó ella, acercándose con una botellita de aguardiente y dos vasitos pequeños—. Te miras raro, como si estuvieras contando las tejas del techo.
Mateo se rio, un poco nervioso, con la punta de los dedos sudorosas contra el vidrio de la cerveza.
—Es que… hoy vine con un propósito, pero no sé cómo decírtelo.
Daniela se sentó a su lado, la falda corta subiéndole un poco con el movimiento, dejando ver las piernas bronceadas por el sol. Tenía los hombros descubiertos, el pelo recogido en una coleta suelta, y un tatuaje de una mariposa en el tobillo que Mateo siempre había admirado pero nunca se atrevió a tocar.
—¿Un propósito? —preguntó ella, acercándole el vaso—. ¿De esos serios o de esos divertidos?
—De los divertidos… pero también de los peligrosos.
Ella bebió un trago, lo miró fijo, y por primera vez en los meses que llevaban saliendo —poco, con cuidado, como si temieran romper algo frágil—, Mateo sintió que el aire cambió.
—Contéstame con claridad, ¿sí? —dijo ella—. No me gusta andar por las ramas.
—Quiero chuparte el pito.
Daniela se quedó quieta. Ni siquiera movió el vaso. Solo lo miró, con una sonrisa que le hizo temblar la mano.
—¿Qué?
—O sea… no es que *quiero*… es que… me pongo nervioso solo de pensarlo. Me pongo duro, incluso.
Ella se rio, bajó la voz, y se inclinó hacia él, tan cerca que él sintió el perfume de jazmín en el cuello.
—¿Y si te digo que también me pongo mojada cuando me hablas así?
Mateo tragó saliva.
—¿De veras?
—De veras. Pero no aquí, no con la puerta abierta y las vecinas asomándose.
—¿Entonces?
—Sube conmigo. Tenemos diez minutos antes de que llegue mi mamá con las compras.
La escalera de madera crujió bajo sus pasos, y Mateo sintió el corazón en la garganta. En el cuarto de Daniela, las cortinas estaban corridas, pero la luz del atardecer se colaba por los bordes, pintando rayas doradas sobre la cama deshecha. Ella cerró la puerta, se dio vuelta y se quitó la blusa sin prisa, dejando ver el sujetador negro de encaje que le apretaba los pechos como hechos a medida.
—¿Quieres que lo haga yo? —preguntó ella, poniéndose de rodillas frente a él, con las manos apoyadas en sus muslos—. ¿O prefieres que lo hagas tú primero?
Mateo, con la respiración corta, se levantó la camiseta y se desabrochó el pantalón. Su pito, ya tieso y brillante por la humedad, se le salió como un perro ansioso. Daniela lo miró, con los labios entreabiertos, y luego le sonrió con una mirada de gata.
—Pues sí que está rico…
Se acercó, lentamente, y con la yema de los dedos le trazó un círculo en la cabeza del pito. Luego, con la lengua, lo rozó una vez, apenas, como si lo estuviera probando.
—Mierda… —respiró Mateo, agarrándose de la cama.
Ella no se apresuró. Bajó la mano, le acarició los testículos con suavidad, y luego volvió a subir, hasta que su boca cubrió la cabeza del pito, suave, húmeda, perfecta.
Mateo cerró los ojos. Sintió el calor, el roce, la succión leve… y luego, cuando ella lo tomó más fondo, con un gemido gutural que le hizo estremecer hasta los pies, supo que nunca más sería igual.
—Chimba, Daniela… —murmuró, entre jadeos—. Me vas a hacer correr.
Ella solo se retiró un instante, con su pito aún en su boca, y le dijo, con voz ronca:
—No te muevas. Que esto acaba de empezar.
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Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.