La primera vez que me acosté con mi vecina del quinto piso

La primera vez que me acosté con mi vecina del quinto piso

@andres_rio ·24 de junio de 2026 · 🔥 4.2 (4) · 107 lecturas · 4 min de lectura

Aún recuerdo el olor a café recién hecho cuando abrió la puerta esa tarde. No era la primera vez que la veía en el vestíbulo, ni siquiera la primera vez que intercambiamos una sonrisa nerviosa. Pero aquella vez, mientras intentaba ajustar el cable del ascensor—una falla recurrente—ella se acercó con una taza humeante y me ofreció azúcar sin decir mucho, solo con los ojos bajos y una punta de rubor en las mejillas.

—¿Te pasa seguido? —pregunté, sosteniendo la taza entre mis manos, sintiendo el calor que se me pegaba a los dedos.

—Cada semana —respondió, y soltó una risita corta, como si ya se hubiera cansado de disculparse por algo que no era su culpa.

Me llamó Ana. Cinco años mayor que yo, pero con una energía que parecía más joven, más viva. Tenía las manos anchas, los nudillos marcados por años de esculpir arcilla en su taller del sótano. Cuando se inclinó para ver el cable, el cuello de su camiseta se abrió un poco y dejó ver la curva suave de sus clavículas, el vello fino que se perdía bajo la tela. Me costó no mirar más, pero lo logré. Por entonces.

Pasaron tres días antes de que me escribiera: *“¿Te parece si subes a probar mis galletas de jengibre? Prometo que no están envenenadas.”*

Subí las escaleras con el corazón en la garganta. Cuando abrió la puerta, llevaba una bata de algodón crudo, desabotonada hasta la cintura, debajo un sujetador de lino y nada más. El aire de su apartamento olía a canela, tierra húmeda y algo más, algo que no sabía nombrar pero que me hizo sentir la piel más sensible.

—¿Quieres entrar? —preguntó, sin esperar respuesta.

Me senté en el sofá, y ella se sentó a mi lado, cruzando las piernas con lentitud, como si supiera que cada movimiento suyo tenía peso. Le dije que era la primera vez que entraba en un apartamento con la excusa de las galletas y no de una fiesta forzosa. Ella rio, y esta vez no intentó disimularlo: una risa profunda, que le tembló en el pecho, y que hizo que su pecho subiera y bajara contra la tela fina del sujetador.

—Entonces, ¿cómo vamos a empezar? —dijo, acercando una galleta a mis labios.

La comí despacio, sintiendo el crujido, el calor, el sabor a miel y especias. Pero no fue la galleta lo que me hizo temblar. Fue cuando su pulgar rozó mi labio superior al limpiar una migaja. Fue el instante en que sus ojos se fijaron en mis labios, no en mis ojos, y sentí que la puerta del apartamento se cerraba con un clic definitivo.

Me levanté. Ella no se movió. Me acerqué hasta ella, hasta su cuello, hasta el olor que ahora me envolvía como una bruma. Le pasé la mano por la nuca, sentí el cabello suelto, el calor de su piel. Ella exhaló, y su pecho se estremeció contra mi pecho.

—¿Estás seguro? —susurró.

—Desde hace rato —respondí, y la besé.

Fue un beso lento, tan lento que pareció eterno. No hubo prisa, solo la curva de su boca bajo mis labios, el sabor a azúcar quemada y café oscuro. Cuando se apartó un poco, sus ojos estaban más oscuros, más húmedos. Me tomó de la muñeca y me condujo hacia su habitación.

La cama era ancha, con sábanas de algodón crudo, deshechas como si ya hubiera estado esperándonos. Me quitó la camiseta sin desabotonarla, tiró de los botones hasta que cayeron al suelo como gotas. Yo le quité el sujetador, y cuando sus pechos quedaron al descubierto, no los toqué de inmediato. Solo los miré: redondos, firmes, con areolas grandes y oscuras, como semillas en la tierra. Luego pasé la lengua por uno, lento, saboreando la sal y el jengibre que aún tenía en la piel. Ella gimió, una vez, apenas audible, y me tiró de la cintura del pantalón.

Me desvestí del todo, y cuando quedé frente a ella, desnudo, ella no se ruborizó. Solo extendió la mano y me acarició el pene con la palma abierta, desde la base hasta la punta, con una lentitud que me hizo cerrar los ojos.

—Eres grande —dijo, y me miró fijamente—. Quiero sentirte dentro de mí.

Me tumbé sobre la cama, y ella se sentó sobre mí, con las rodillas a cada lado de mi cuerpo. Se posicionó, se bajó lentamente, y cuando su vagina me aceptó, todo en mí se contrajo. No era solo el calor, ni la presión: era la sensación de que algo había estado esperando esto, como si nuestros cuerpos se recordaran después de meses de miradas fugaces en el vestíbulo, de risas en el ascensor, de silencios cargados.

Subió y bajó con lentitud, cada movimiento calculado, cada pausa para sentirme más hondo, más suyo. Yo le acariciaba la cintura, los muslos, el pelo que le caía sobre los hombros. Cuando se inclinó hacia adelante, sus pechos rozaron mi pecho, y le mordí uno con suavidad, apenas un roce, pero suficiente para hacerla temblar.

—Ya no aguanto —dijo, y su voz se rompió.

Le tomé las caderas, la giré con suavidad, y me puse detrás de ella, entrando desde atrás, lent

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@andres_rio

Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.

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