La primera vez que me acosté con mi jefe de proyecto
7 minLa primera vez que me acosté con mi jefe de proyecto
La lluvia golpeaba suave contra las ventanas del hotel El Árbol de la Vida, en Guanajuato. No era una tormenta torrencial, pero sí persistente, como si el cielo hubiera decidido encerrarnos allí, aislarnos del mundo. Clara había llegado a la ciudad dos días antes, en tren desde León: una semana de reuniones, presentaciones y cenas de trabajo. Todos los días, tras las jornadas interminables, se refugiaba en su habitación del hotel, con la pantalla del portátil iluminándole el rostro hasta bien entrada la madrugada. Y todos los días, alrededor de las 20:30, escuchaba la puerta vecina abrirse, el paso pausado, la risa baja.
Era Mateo.
Jefe de proyecto de la consultora de tecnología. Treinta y ocho años, pelo canoso a los sienes, cejas perpetuamente fruncidas como si el mundo le estuviera contando un chiste que él no hubiera entendido. Pero cuando sonreía —y lo hacía raro, muy raro—, se le marcaban dos hoyuelos profundos, casi infantiles, que lo convertían en otro hombre.
Clara lo había evitado durante todo el primer día. Se sentó en la mesa opuesta en la cena de bienvenida, habló con los demás, rió con los comentarios de la jefa de marketing, pero nunca lo miró directamente. No por miedo. No por timidez. Porque algo en su presencia le hacía sentirse desprotegida, como si él supiera algo que ella aún no sabía. Y eso la ponía nerviosa.
Al tercer día, tras una presentación que se prolongó una hora más de lo previsto, Mateo se quedó. Clara, con el portátil en la mano y los ojos ya pesados, lo vio acercarse con dos vasos de agua en la mano.
—¿Te pasaste? —le preguntó, sin sonreír, pero sin severidad.
Ella se encogió de hombros.
—Me costó explicarle a los de desarrollo que no queríamos una interfaz estilo 2005.
—No digas eso —dijo él, y por fin sonrió. Los hoyuelos aparecieron—. A veces me pregunto si el futuro del diseño no es volver al pasado. Y me asusto.
Ella reaccionó con una risa inesperada. Él se quedó mirándola unos segundos más, como si estuviera calculando algo, como si estuviera midiendo el espacio entre ellos. Y entonces, como si nada hubiera pasado, le ofreció uno de los vasos.
—Toma. Te lo mereces.
Esa fue la primera vez que hablaron, de verdad. Sin protocolos. Sin agendas.
Esa noche, Clara no logró dormir. Le habían hablado de la tensión sexual, pero nunca había sentido algo tan tangible, tan presente, como el aire que parecía vibrar entre ellos en la sala de juntas. Mateo no hacía nada: no la tocaba, no la miraba fijamente, no le decía nada sugestivo. Solo estaba ahí, con su silencio y su mirada larga, como una promesa contenida.
El cuarto día, las lluvias no daban tregua. El aeropuerto de León cerró por niebla. El vuelo de Mateo, que debía salir a las 17:20, se pospuso. Clara, en lugar de irse a su habitación, se quedó en el lobby, con un café ya frío, simulando que esperaba a alguien. A las 19:45, él apareció, con una mochila de viaje al hombro, la camisa un poco arrugada, los ojos cansados.
—No me dejaron ir —dijo.
—No te dijeron nada, ¿no? —preguntó ella, sin disimular la sonrisa.
—Nada claro. Solo que “las condiciones atmosféricas” —mencionó, y se sentó frente a ella, exactamente en el banco opuesto, con la mesa entre los dos—. ¿Tú te vas mañana?
—Sí. A las 11. Tengo una reunioncita con el cliente final.
—¿Y qué haces después?
—Nada. Me voy a casa.
—¿Y si no te fueras?
Ella lo miró. Él no apartó la vista. La lluvia golpeaba las ventanas como una insistencia.
—¿Por qué no me voy?
—No lo sé. Pregúntale a la lluvia.
Y por primera vez, Clara no se rindió al silencio. Se levantó, tomó su bolso, y le dijo, casi en un susurro:
—Vamos.
La habitación de Mateo era sencilla, con paredes de piedra vista, una cama doble y una ventana que daba a un callejón empedrado, iluminado por una farola amarilla que parpadeaba con ritmo constante. Clara se detuvo en la puerta, sin entrar de inmediato. Mateo cerró tras de ella, se quitó la chaqueta, la colgó en la silla. No dijo nada. Solo la miró, con las manos en los bolsillos, como si estuviera esperando que ella diera el primer paso.
—¿Estás segura? —preguntó.
Ella no respondió con palabras. Se acercó, se quitó los zapatos, se sentó en el borde de la cama. Él se arrodilló frente a ella, lento, como si temiera que un movimiento brusco la hiciera desaparecer.
—Tienes los pies helados —dijo, y se los desató con cuidado.
Luego, con los pulgares, empezó a masajearle la planta de los pies. Clara cerró los ojos. Sentía la textura de sus manos, ásperas en las yemas de los dedos, pero suaves en las palmas. Sentía el calor de su respiración en el tobillo, el ritmo pausado, la intención clara. No era un gesto inocente. Era una promesa hecha gesto.
—¿Quieres que pare? —le preguntó, sin alzar la vista.
Ella solo movió la cabeza, una negación casi imperceptible.
Él se levantó. La tomó de la mano, la hizo levantar. Con la otra mano, le desabrochó la blusa, lentamente, botón a botón. Clara sintió el aire frío contra su piel, pero también el calor de su pecho cuando él se acercó, cuando sus manos encontraron la parte trasera de su sostén, los dedos deslizándose bajo la tela para desabrocharlo con una sola mano.
—Hace mucho que no veo tu piel —dijo, en voz baja—. Pero sabía que era suave.
Ella lo atrajo hacia sí, sin soltarlo, y lo besó. No fue un beso tierno. Fue un beso que llevaba días construyéndose, con ansiedad, con miedo, con deseo contenido. Mateo respondió con un gemido contenido, con la lengua que encontró la suya sin pedir permiso, con las manos que ahora sí la toocaban: la cintura, la espalda, los muslos. Clara sintió el pene de él, ya duro contra su vientre, a través de los dos pantalones.
—Quiero verte —dijo ella, y se puso de pie—. Quiero verte sin camisa.
Él no dudó. Se quitó la camisa, luego la sudadera debajo. Tenía un torso delgado pero firme, con pechos pequeños y pezones oscuros, con una línea de vello que bajaba desde el ombligo hasta el cinturón de los pantalones. Clara se acercó, puso la mano sobre su estómago, sintió el músculo tenso, el latido acelerado.
—¿Tienes condón? —preguntó, sin mirarlo.
—Sí. En la mesita.
Ella lo tomó, lo rompió con los dientes, lo deslizó sobre él. Mateo se estremeció, cerró los ojos. Clara lo guió hasta la cama, lo hizo tumbarse, y se subió sobre él, sentada a horcajadas, con las manos en sus hombros. Lo miró a los ojos mientras se lubrificaba con el líquido que había en la envoltura, y entonces bajó, lentamente, hasta que lo sintió dentro de ella.
Fue una sensación extraña: no el dolor, no el vacío, sino la plenitud. Como si su cuerpo hubiera estado esperando eso, como si cada célula supiera que estaba en su sitio. Mateo no se movió. Solo la sostuvo, con las manos en sus caderas, con la frente apoyada en la suya.
—¿Estás bien? —susurró.
Ella asintió, y empezó a subir y bajar, con movimientos pequeños, pausados, como si no quisiera romper el encanto. Él gimió, por primera vez, sin contenimiento.
—Clara… —dijo—. Estás bien hecha.
Ella rió, casi con lágrimas en los ojos, y se movió más rápido. Mateo la tomó de las caderas y la ayudó, con movimientos suaves, círculos pequeños, hasta que ella sintió que se acercaba, que algo se iba a romper dentro de ella. Y cuando lo hizo, cuando el orgasmo la sacudió como una ola imparable, Mateo la apretó contra sí, y se corrió dentro de ella, con un gemido bajo, ahogado en su cuello.
Se quedaron quietos, sudorosos, con la respiración entrecortada. Clara, aún sentada sobre él, apoyó la cabeza en su pecho. Escuchó su corazón, lento, firme.
—¿Ahora sí te vas mañana? —preguntó él.
—Sí —dijo ella.
—¿Y qué haces después?
—Voy a casa.
—¿Y si no te
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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.