La primera vez que la vecina me dejó cogerle en el fondo del jardín

La primera vez que la vecina me dejó cogerle en el fondo del jardín

@isabella_mar ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

Era viernes, 13 de junio, y el calor de la Ciudad de México se metía hasta en los poros. Ismael, de veintidós años, recién salido de la universidad y aún viviendo con sus padres en ese depto pequeño de Tlalpan, se sentía como un gato en un techado de zinc: sudoroso, inquieto y con el pene medio duro por cualquier tontería. Hacía tres semanas que no se follaría a nadie, ni siquiera una mano seca en el baño. Y entonces, desde la ventana del cuarto, la vio: Sofía, la nueva vecina del fondo, saliendo del baño de su depto con una toalla al cuello, el pelo mojado, el cuerpo atlético, moreno, y esas nalgas que parecían dos melones maduros dentro del algodón blanco. Tenía treinta y pico, divorciada, y trabajaba como diseñadora de interiores. Ismael la había visto antes: siempre en leggings ajustados, con olor a vainilla y sudor barato, y siempre le daba un chispazo en el pecho.

Ese día, ella lo vio a él también. Lo había notado desde la primera semana: los ojos de Ismael pegándosele como chicle cuando pasaba por el pasillo. Y ese día, con el agua aún clavada en la piel, le sonrió —no una sonrisa de amistad, sino de fuego lento—, y le dijo: —¿Quieres un refresco frío, chaval? Me sobra una limonada que pa’ lo que da calor.

Ismael, con la garganta seca como arena de desierto, asintió con la cabeza y casi tropieza con el zapato. Bajó los tres tramos de escaleras corriendo, con el corazón en la boca y la verga ya medio tiesa por la expectativa. Ella ya estaba en el fondo del jardín, bajo la sombra del árbol de naranja agrio, sentada en una silla plegable, con una botella de plástico de limonada, hielo y un vaso. Llevaba una camiseta blanca mojada que le pegaba a los pechos pequeños pero firmes, los pezones duros como chispas. Ismael notó que no llevaba sostenes. El sudor le corrió por la espalda.

—Ahí tienes —dijo ella, pasándole el vaso con la mano. Sus dedos rozaron los suyos un segundo de más. Un segundo que duró una eternidad.

—Gracias, ta’ buena. —¿Muy apretado el trabajo? —Sí, pero ya me acostumbro. Tú pareces aguantar bien el calor.

Ella se levantó, se sacudió la falda corta de algodón, y se sentó en el borde de la tumbona. Le pidió que se sentara al lado. Él se acomodó como pudo, con las manos en las rodillas, la espalda recta, y la verga ya en posición de combate. Ella lo miró de reojo, con una sonrisa de lobo.

—Tú sí que eres un muchacho serio… ¿pero en la cama también?

Ismael se le sonrojó hasta las orejas. —Eh… no sé… es mi primera vez, ta’.

Sofía soltó una risita baja, grave, de mujer que sabe lo que hace. —¿De veras? ¿Nunca has cogido a nadie?

—Nunca. Solo me he chupado una o dos veces, pero…

—Ah —dijo ella, acercándose más, tan cerca que su muslo rozó el suyo—. Pues hoy te voy a enseñar cómo se hace.

Ismael tragó saliva. La camiseta de ella se había pegado más al pecho con el calor. Se le subió el pulso hasta la garganta. Ella puso la mano sobre su muslo, con calma, como quien acaricia un perro asustado. Luego subió, un poco más, hasta la ingle. Le palmeó la zona de la entrepierna a través del pantalón.

—Qué verga más grande tienes, chaval. Ya se te puso tiesa.

Ismael sintió una descarga eléctrica. Sus manos temblaban. Ella le quitó el pantalón con una mano firme, bajándolo hasta las rodillas, dejando su polla al aire: morena, gruesa, con el glande húmedo y brillante. Ya estaba dura, con gotas de pre-cum que le salpicaban el pubis.

—Mira qué rico se ve —dijo ella, acariciándole la base con la palma, luego con los dedos, apretando suavemente—. Tienes una verga de película. Ya se te está saliendo el chorro.

Ismael no dijo nada. Solo jadeó, con los ojos cerrados. Ella se inclinó, le chupó el glande una vez, lento, y luego lo metió entero en su boca, hasta la base, con una succión fuerte. Él gritó entre dientes, sujetándose del brazo de la tumbona. Ella se levantó, se quitó la camiseta mojada y se desabrochó el sujetador con un clic seco. Sus pechos pequeños, redondos, se le sacudieron cuando ella se puso de rodillas frente a él.

—¿Quieres que te chupe hasta que te salgas? —Sí, ta’, por favor…

Ella le agarró la verga con ambas manos, lo sujetó bien, y empezó a subir y bajar, lento, con un giro de muñeca que lo hacía gemir como un perrito. Ismael se le temblaban las piernas. Ella se paró, lo empujó suavemente hacia atrás, sobre la tumbona.

—Ahora te voy a coger como ni sueñas.

Se quitó la falda y los underwears. Ismael la vio por primera vez desnuda: el vello rubio y oscuro, el labio mayor hinchado, el clítoris como un guisante maduro. Se abrió con dos dedos, mostrándole su humedad.

—Mira qué húmeda estoy por ti. ¿Te gusta?

—Sí, ta’, me mata.

Ella se subió a horcajadas sobre él, con las manos en sus pechos, y bajó lentamente su culo hasta su polla. Ismael sintió el calor, la tightness, la presión de su entrada apretando su glande. Ella gimió, un gemido grave, de mujer que ya sabe lo que le gusta.

—Ahora te voy a bajar todo.

Bajó hasta la base, hasta que su culo toco sus muslos. Ismael sintió que se le iba a explotar el cora’o. Ella se levantó, lo hizo de nuevo, con más fuerza. Subía y bajaba, con las nalgas golpeando su vientre, con los pechos moviéndose al ritmo de sus embestidas. Ismael le agarró las caderas, la empujó hacia abajo, y ella gimió más fuerte.

—Sí, así… chupame la verga todo lo que quieras, pero ahora sí te la voy a chingar bien.

Ismael le metió dos dedos en la boca, y ella los chupó, con los ojos cerrados. Él se volvió loco. Le dio la vuelta, la puso boca abajo, le levantó las nalgas con las manos, y metió la verga de golpe. Ella gritó:

—¡Ayyy, dios mío!

Ismael empezó a clavarle, con fuerza, con un ritmo salvaje. El cuerpo de Sofía rebotaba en la tumbona, sus nalgas blancas se le ponían rojas con cada golpe. El sudor le goteaba en la frente, en el pene, en su culo. Ella se giró, le metió la mano por debajo, le palmeó los testículos, y le dijo:

—Dime cuándo te vas a salir, chaval.

—¡Ya casi, ta’! ¡Me salgo!

Ella le agarró la verga con fuerza, lo apretó hasta la base, y lo frotó contra su clítoris mientras él daba su último empujón. Ismael gimió, alto, como un animal herido, y explotó dentro de ella: un chorro tras otro, espeso, caliente, llenando su interior. Ella se corrió al instante, con un gemido agudo, apretando su culo contra él, con los dedos aferrados al plástico de la tumbona.

Se quedaron quietos, respirando, con la polla de Ismael aún dentro de ella, still. Ella se volteó, le sonrió con los ojos cerrados, y le acarició el rostro con la mano aún sudada.

—¿Te gustó? —Sí, ta’, me mató. La primera vez que me la chingan de verdad. —Pues ahora sabes cómo se hace.

Y se reían los dos, con el calor del jardín, el olor a naranja agrio, y la verga de Ismael aún tiesa dentro de su culo, como un regalo que no quería salir.

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