La primera vez que la dominé en su propia casa
7 minLa primera vez que la dominé en su propia casa
La lluvia golpeaba con fuerza las ventanas del loft de Valeria. No era una lluvia suave ni de verano: era una tormenta de junio, fría, persistente, con viento que empujaba contra los cristales como si quisiera entrar. Ella lo había invitado con una sonrisa seductora y un tono de voz que no dejaba lugar a dudas: *“Ven a casa, Emilio. Quiero que te quedes esta noche. Y no temas… hoy seré yo la que manda.”*
Él la miró desde la puerta, mojado hasta los huesos, con la chaqueta empapada colgándole de los hombros. No era la primera vez que la veía así: Valeria siempre tenía una mirada que sabía exactamente qué quería. Pero aquella noche, algo en su postura —los hombros ligeramente atrás, la mandíbula firme, los dedos entrelazados con la punta de los pulgares apoyados en la base del pulgar izquierdo— delataba algo más que una promesa. Delataba un deseo claro, frío, calculado: quería ser dominante. Y no solo en la cama. En todo.
—Pasa —dijo ella, cerrando la puerta tras él con un clic seco—. Ya sabes que no me gustan las excusas.
Él no respondió de inmediato. Se quitó la chaqueta, la colgó en el perchero de madera oscura que había junto a la entrada, y la dejó caer con lentitud, como si cada movimiento fuera parte de un ritual. Valeria lo observaba desde el sofá, envuelta en una bata de seda negra que apenas se cerraba sobre su cuerpo. Debajo, un corsé de encaje blanco asomaba por el borde, sujetando una cintura fina y pechos que se movían con la respiración, ligeros, contenidos, como si también ella jugaran a la contención.
—¿Y si no quiero obedecer? —preguntó él, acercándose con pasos pausados.
Ella no parpadeó. Solo levantó una ceja, y con la palma de la mano le hizo un gesto: *acércate más*.
—Entonces te castigaré —respondió, con una sonrisa que no alcanzaba a llegar a sus ojos—. Pero no te preocupes… prefiero que seas rebelde. Porque así será más divertido.
Él se detuvo frente a ella, a un palmo de distancia. Podía sentir su calor, el olor a jazmín y vino tinto que le rodeaba como un aura. Le gustaba cómo la luz del salón jugaba con las sombras de su rostro: las mejillas ligeramente hundidas, los pómulos altos, los labios rojos y húmedos, como si los hubiera besado con saña poco antes. No usaba maquillaje. Solo luz natural y confianza.
—Quítate la camisa —ordenó ella.
Él no dudó. Desabotonó lentamente, uno a uno, los botones de plata que cubrían su pecho. Cuando ya no quedaba nada que ocultara su piel, la camisa cayó al suelo sin ruido. Ella le tocó entonces el estómago con la punta de los dedos, como si lo estuviera midiendo. Le siguió el curso de los músculos hasta la clavícula, donde se detuvo, presionando con la uña apenas.
—Tienes buen aspecto —dijo—. Pero no es suficiente.
—¿Qué es suficiente? —preguntó él, la voz más grave de lo que pretendía.
Ella se levantó de golpe, sin prisa, pero con una decisión que no admitía réplica. La seda se abrió un poco más al caminar, revelando la curva de sus caderas, los muslos firmes, las piernas que parecían hechas para doblegarse… y para mandar.
—Quiero que te arrodilles —dijo, pasando una mano por su cuello, no como una caricia, sino como una advertencia—. Frente al sofá. Y esperar.
Él lo hizo sin titubear. Las rodillas tocando el suelo de madera, las manos sobre los muslos, la espalda recta. No era la primera vez que se sometía —de hecho, le gustaba—, pero nunca así, tan explícitamente, tan *controladamente*. Valeria lo rodeó, como una gacela que acecha a su presa. Le pasó los dedos por la nuca, bajó hasta los hombros, y luego, con lentitud, le quitó los pantalones, primero uno, luego el otro, dejando que cayeran en el suelo al mismo tiempo que ella murmuraba:
—Hermoso. Pero aún no es lo que quiero.
Se quitó la bata.
Él no se atrevió a mirar. No hasta que ella se lo ordenó.
—Levanta la cabeza. Mírame.
Y cuando lo hizo, vio su cuerpo entero: pechos redondeados, pezones oscuros y erectos, el vello pubiano recién afeitado, la vagina húmeda, ya entreabierta, como si le hiciera un gesto silencioso. Valeria se sentó en el sofá, las piernas abiertas, una mano sobre su muslo, la otra sobre el respaldo.
—Ahora sí —dijo—. Ven a mí.
Él avanzó, pero no tan rápido. Se detuvo frente a ella, entre sus piernas, y le tocó el muslo con ambas manos, con la palma hacia arriba, como si la interrogara. Ella no lo detuvo. Solo le sonrió, con los labios entreabiertos, y le dijo:
—No me toques allí. Aún no.
Entonces, con una lentitud que dolía, él pasó los dedos por el borde de su vulva, rozando apenas el clítoris, sin presión. Ella suspiró, pero no se movió. Él repitió el gesto, más lento aún, y esta vez sí sintió cómo su cuerpo reaccionaba: un leve estremecimiento, una contracción interna, una respiración más profunda.
—Así es —murmuró ella—. Tú no pides. Yo decido. Tú no tocas. Yo permito.
Él bajó entonces la cabeza y besó su muslo interno, con suavidad, pero con intención. Luego, otro beso, un poco más arriba, y otro, hasta que sus labios rozaron el borde de su vagina. Valeria se inclinó hacia atrás, apoyándose en los codos, y le susurró:
—Límpiala. Con cuidado. Con respeto. Pero con hambre.
Él lo hizo. Lengua suave, labios templados, respiración entrecortada. Sabía a ella: a sal, a vino, a deseo contenido. Le lamió el clítoris con delicadeza, y ella soltó un gemido que no ocultó. Él volvió, más fuerte esta vez, y la sintió temblar. Entonces, con la yema de los dedos, separó sus labios e introdujo un dedo, lentamente. Ella lo apretó con la pierna.
—Más —dijo, sin esperar.
Él añadió un segundo. La sintió apretarse, calentarse, humedecerse en torno a su mano. La observó mientras se dejaba llevar. Sus ojos se cerraron, su cabeza se inclinó hacia atrás, sus pechos subieron y bajaron con la respiración entrecortada. Él sabía que la estaba haciendo gozar. Pero también sabía que ella lo permitía. Que era ella quien lo había elegido, quien lo había guiado, quien había decidido hasta dónde llegar.
—Ahora —susurró ella, abriendo los ojos—. Quiero sentirte dentro. Pero no voy a decirte *cuándo*. Tú sabrás *cómo*.
Él se levantó, se quitó la ropa interior, y se posicionó tras ella. Le puso las manos en las caderas, le inclinó el cuerpo hacia adelante, y se introdujo lentamente. Valeria no gimió. Solo cerró los ojos, apretó los dientes, y le dijo:
—No te muevas. Espera.
Él se quedó inmóvil, dentro de ella, respirando su cuello, sintiendo su pulso acelerado contra su pecho.
—Ahora sí —dijo ella, y se movió, lentamente, hacia atrás, contra él—. Empuja.
Y él lo hizo. Con fuerza, con ternura, con una entrega que solo se da cuando se entrega por elección. Valeria gritó entonces, un grito ahogado, como si no quisiera que lo escuchara nadie más. Él la tomó por la cintura, la sostuvo mientras ella se mecía, mientras él la embestía con la cadencia que ella le imponía con un leve giro de cadera, con una contracción de músculos, con un susurro:
—Más fuerte… sí… así… no pares… no pares…
Cuando llegó, no gritó su nombre. Solo le mordió el hombro, como una bestia que no quiere perder el control. Él la siguió un instante después, sintiendo su cuerpo contraerse en torno al suyo, sintiendo su aliento en su cuello, suave y caliente.
Después, se quedaron callados, abrazados sobre el sofá, con la lluvia aún golpeando las ventanas y el silencio llenando la habitación como un silencio sagrado.
Valeria le acarició el pecho con el dorso de la mano.
—¿Te gustó? —preguntó.
Él no respondió de inmediato. Solo la miró, con los ojos aún nublados de deseo, y le sonrió.
—Me gustó más —dijo— cuando dijiste: *no pares*.
—Buen
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Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.