La vecina de enfrente
7 minLa vecina de enfrente
La luz del atardecer se derramaba por la ventana del departamento 3B, bañando en dorado el piso de madera y las paredes con cuadros de flores pintadas a mano. Elena —cuarenta y nueve años, divorciada desde los cuarenta y cinco, mujer que había criado a dos hijos y aprendido a amar en silencio— estaba sentada en su sofá, con una taza de café humeante entre las manos y el libro abierto sobre las rodillas, sin leer una sola palabra. Había estado así media hora, escuchando el viento mover las cortinas, esperando algo que ni ella misma sabía bien si quería que llegara.
Había notado al joven desde hacía semanas: el nuevo inquilino del 3A, el hijo de una amiga de su hermana que había venido a vivir solo a la ciudad para estudiar Arquitectura. Se llamaba Álvaro. Veinticuatro años, cabello castaño oscuro con mechones casi rubios bajo el sol, y una mirada que combinaba la ingenuidad de quien aún no ha perdido del todo la curiosidad con la seguridad de quien sabe que puede tener lo que quiere. Elena lo había visto salir y entrar, cargar libros, bajar la basura, subir con bolsas del mercado. Siempre con una sonrisa, siempre con un “buenas tardes, señora Elena” que sonaba más a coqueteo disfrazado de cortesía que a mera formalidad.
Esa tarde, él敲敲敲 —tres toques secos, meditados— en su puerta. Ella, que lo esperaba aunque no lo sabía, se paró de inmediato, dejó la taza y caminó hasta la entrada con los pies descalzos, sintiendo el frío del piso en los talones. Abrió con una sonrisa que no sabía si era sorpresa o complicidad.
—Hola, Álvaro —dijo—. ¿Qué tal la clase?
—Todo bien, señora Elena —respondió él, ligeramente más alto de lo necesario, como si la casa fuera un escenario y ella, el público—. Pero se me olvidó algo. ¿Podría entrar un momento?
Elena asintió, no porque temiera negarse, sino porque ya lo había decidido antes de abrir la puerta.
Él entró con naturalidad, como si ya conociera el lugar, y se detuvo en el centro del living, mirando alrededor. Tenía las manos en los bolsillos, pero Elena notó la tensión en los hombros, la ligera rigidez de la espalda. Un chico que intentaba parecer más seguro de lo que se sentía.
—¿Quieres un café? —preguntó ella, ya con la mirada baja, como si no quisiera que él notara cuánto le gustaba verlo ahí, de pie, en su espacio.
—Sí, por favor —dijo él, y esta vez la sonrisa sí fue clara, genuina—. Me encanta tu cocina.
Ella rio, un poco más suave, más hondo, como si aquello fuera una confesión que ambos sabían que era cierta. Se dirigió a la cocina, escuchando los pasos de Álvaro detrás. Él no la siguió hasta el fondo, se quedó a la entrada, observando cómo ella se movía: caderas anchas, cintura marcada por los años y el parto, piel still tersa en el cuello y los brazos, aunque con las primeras líneas de la vida dibujadas en los párpados y alrededor de la boca. Elena sabía que, a sus cuarenta y nueve, seguía siendo una mujer que hacía sentirse vivo a un hombre joven. Y eso, más que vergüenza, le producía una especie de paz orgullosa.
Cuando él se acercó, ella ya tenía las dos tazas sobre la mesa de la cocina.
—¿Te gustan los gatos? —preguntó él de pronto, tomándose un sorbo.
—Sí. Pero no tengo ninguno.
—Y yo no —dijo él, acercándose más, hasta que el aire entre ellos se volvió espeso, cálido, como una promesa que ya no se podía callar.
Elena levantó la vista y lo miró fijamente. No era una mirada de desafío, ni de duda. Era una mirada de reconocimiento: *sé lo que estás pensando*. Y él lo supo, porque su respiración cambió, porque su pecho subió más rápido, porque sus ojos bajaron un instante —solo un instante— hacia sus pechos, que se notaban bajo la blusa de algodón, oscuros ya con la excitación.
—¿Y si no te gustan los gatos? —le preguntó ella, con voz baja, casi susurrante, pero clara como el cristal.
—Entonces —dijo él, acercándole una mano, pausadamente, como si temiera que ella retrocediera—…prefiero otro tipo de compañía.
La palma de su mano rozó su mejilla. Elena no se movió. Dejó que el contacto se grabara en su piel, caliente, tembloroso, real. Y entonces, por primera vez, él la besó.
No fue un beso de prueba, ni de prisa. Fue un beso profundo, lento, con lengua que buscaba y encontraba, con labios que se abrían como flores al sol. Elena cerró los ojos y dejó que su cuerpo respondiera: las manos le temblaban, el corazón le latía con fuerza en las sienes, y entre las piernas, una contracción sutil, húmeda, como si su vagina se despertara después de años de letargo.
Cuando se separaron, él la miró con una mezcla de asombro y deseo que la hizo sentirse más mujer que nunca.
—¿Estoy loco? —preguntó, respirando con dificultad.
—No —dijo ella, y le pasó los dedos por el pelo—. Estás joven. Y yo, vieja. Pero no tan vieja como para no saber lo que quiero.
—¿Qué quieres? —susurró él.
—Quiero que me toques —dijo ella, sin vergüenza, sin miedo—. Quiero que me quites esta blusa, que bajes mi falda, que me saques la ropa interior y me muestres lo que tienes. Quiero sentir tu verga dentro de mí, Álvaro. Quiero que me cogas como si no hubieras hecho nada en toda tu vida.
Él la abrazó con fuerza, la levantó casi, y la llevó hacia el sofá. Se sentaron juntos, él con las piernas abiertas, ella sobre él, con la falda subida hasta las muslos, la blusa desabotonada hasta el ombligo. Él le pasó las manos por la cintura, por las nalgas, y luego las metió bajo la tanga de algodón, buscando su vulva ya húmeda, ya caliente, ya lista.
—Dios, Elena… —murmuró él, cuando sus dedos encontraron su clítoris, ya endurecido, ya hinchado.
—Sí… sí… así —respondió ella, arqueando la espalda, llevando su pecho hacia su mano.
Él la besó otra vez, mientras con la otra mano le desabrochaba el sostén y le sacaba los pechos, redondos, firmes, con pezones oscuros y sensibles. Elena gimió, un giro suave, profundo, que le subió desde el vientre hasta la garganta. Él chupó uno, luego el otro, con una devoción que la hizo temblar, que la hizo sentirse deseada, necesitada, *comida*.
Entonces, él se separó un poco, se levantó y se quitó la camisa. Tenía torso delgado, musculatura firme, una leve barriga que no le quitaba nada, nada. Ella lo acarició, recorrió cada músculo con las uñas, con los pulgares, con la boca, hasta que él la detuvo suavemente.
—Déjame a mí ahora —dijo.
La acostó sobre el sofá, le subió las piernas, le apartó la ropa interior y se colocó entre ellas. Ella lo miró mientras se desabrochaba el pantalón, mientras sacaba su verga: larga, gruesa, bien formada, la punta húmeda con su propia humedad.
—¿Me quieres? —preguntó él, con la cabeza gacha, los ojos clavados en su rostro.
—Sí —dijo ella, y le tomó la mano—. Cógeme, Álvaro. Cógeme como a una mujer que aún sabe desear.
Él se posicionó, rozó su prepucio contra su entrada, y ella le abrió las piernas más, lo invitó. Él entró con un movimiento lento, profundo, hasta la raíz. Elena soltó un grito, pero no de dolor: de placer puro, de plenitud, de *sí, esto, esto es lo que quería*. Él se quedó quieto, con la frente apoyada en su hombro, respirando fuerte, sintiendo cómo su vagina lo apretaba, lo absorbía, lo devoraba.
—Eres tan apretada… —murmuró él.
—Y tú tan joven… —respondió ella, y le movió las caderas—. Ahora, Álvaro. Mueve, chico.
Él comenzó a moverse, primero lento, luego con más fuerza, cada embestida hundiendo su verga hasta lo más hondo, golpeando su cuello uterino, haciendo que Elena se estremeciera con cada impacto. Ella le agarró las nalgas, le clavó las uñas, le pidió más, más rápido, más fuerte. Él la cogía como si no hubiera tenido nunca una mujer, como si fuera su primera vez, como si no supiera que el tiempo le había enseñado a ella a gozar más de lo
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Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.