La primera vez que cogí a un hombre maduro
3 minLa primera vez que cogí a un hombre maduro
La puerta del departamento 3B se abrió con un clic suave, y Lucía se detuvo en el umbral, con el corazón en la garganta. Tenía veinticinco años, pelo castaño oscuro recogido en un moño desprolijo, labios rojos y frescos, y una falda negra que le subía apenas un par de centímetros por encima de las rodillas. Tenía frío, aunque el verano ya apretaba, y se mordió el labio inferior mientras esperaba.
—Entrá, vení —dijo él, sin estridencias, pero con esa autoridad que solo la experiencia y los años saben dar.
Eduardo tenía cuarenta y seis, cabello canoso recortado al ras, mandíbula marcada, manos grandes y una mirada que parecía medir cada milímetro de su cuerpo sin presionar, sin apuro. La invitó a pasar con un gesto de la mano, y ella entró, sintiendo el olor a madera vieja, tabaco suave y café recién hecho.
—Te serví un vino —dijo él, señalando una copa sobre la mesa baja, medio llena. —Sangre de toro. No es fino, pero es honesto.
Lucía lo tomó sin decir nada, con los dedos temblorosos, y bebió un trago largo. El vino le subió derecho a la cabeza, y también al entrepierna.
—¿Estás nerviosa? —preguntó él, acercándose lentamente, sin mirarla directo, pero dejando que su presencia la invadiera.
—Un poco —admitió, mirándolo ahora sí, fijamente.
Él sonrió, apenas. Un gesto que le arrugó los lados de los ojos, marcas de risa y de vida.
—A mí también me pasó, la primera vez que estuve con una mujer tan joven como vos. No por la edad —agregó, mientras le tocaba la nuca con una palma cálida—. Por la intensidad. Por saber que lo que estás por hacer no lo hiciste nunca.
Lucía sintió un cosquilleo en la espalda, y luego, cuando sus dedos le desataron el moño, ese cosquilleo se volvió fuego. El pelo le cayó en cascada sobre los hombros, y él lo rozó con los nudillos, como si acariciara una tela cara.
—Vamos a la cama —dijo, sin pedir permiso, pero sin exigirlo tampoco. Fue ella quien lo siguió, con los pies descalzos sobre el piso de madera, los ojos bajos, pero la sonrisa en los labios.
La cama era grande, con sábanas blancas y una manta gruesa plegada al pie. Él se sentó al borde, sin quitarle los ojos de encima, y ella se acercó lentamente hasta estar entre sus piernas, con las manos sobre sus muslos.
—Decime qué sentís —susurró él, con la voz ronca.
—Calor… —murmuró ella—. Y ganas. Pero también… respeto.
Él soltó una risita baja, profunda, que le vibró en el pecho.
—El respeto es lo que hace que esto no sea solo carne. Es lo que hace que lo que vamos a hacer, lo que *vamos a cogernos*, sea único.
La besó entonces, con suavidad, pero con una fuerza que le hizo temblar. Le abrió los labios con la lengua, y ella le respondió, no con timidez, sino con hambre. Él la tomó de la cintura y la tiró hacia atrás, sobre el colchón, y ella se dejó caer como si supiera que lo estaba esperando.
Le quitó la falda sin romper el beso, y cuando sus manos encontraron su concha desnuda, ya estaba empapada, lista.
—Che, mirá qué pija estás —murmuró él, frotando su dedo contra su clítoris hinchado—. Ya me pedís que te garche, ¿verdad?
Lucía gimió, arqueando la espalda, y le metió una mano bajo el pantalón, apretando su pija dura contra su palma.
—Sí —dijo, sin vergüenza—. Quiero que me garches. Que me lo metas todo.
Él la miró, los ojos oscuros, y le sonrió con una ternura que la hizo querer llorar.
—Entonces esperá un poco más —y la besó otra vez, mientras le separaba las piernas con las rodillas, y se acomodaba entre ellas, con la punta de su pija rozando su entrada ya húmeda—. Porque esto, lo que vamos a hacer, merece calma. Y vos, Lucía… merecé más que calma.
Y así, despacio, como si cada segundo fuera un susurro, se metió dentro de ella, lento, seguro, mientras ella lo abrazaba, con las uñas clavadas en su espalda y el corazón a mil.
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