La primera vez que cogí a mi cuñada mientras mi hermano dormía en la habitación de al lado
7 minLa primera vez que cogí a mi cuñada mientras mi hermano dormía en la habitación de al lado
El calor del sureste de México pesaba como un trapo mojado sobre la ciudad. A las once de la noche, la casa de Condesa estaba llena de sombras, ventiladores colgando del techo girando con pereza y el zumbido lejano de una moto que se alejaba por el paseo de la Reforma. Isabella se servía otro trago de tequila reposado, el primero de la noche, después de haber fingido que no notaba el olor de su cuñada en la cocina.
Lupita había llegado esa tarde con una maleta de viaje y una sonrisa que le brillaba como el brillo del sol en el agua de la alberca. Su hermano, Daniel, su esposa y él habían estado de fiesta en Cancún y, por un capricho del destino, había tenido que regresar antes porque su jefe lo necesitaba para un proyecto urgente. Isabella lo había ayudado a cargar las maletas, le había ofrecido quedarse en la casa de la familia, y él, sin pensarlo dos veces, había aceptado. Pero lo que nadie sabía —ni siquiera Lupita— era que Daniel no iba a estar esa noche.
—Me dejó aquí como si fuera una cajeta quemada —dijo Lupita, entrando a la cocina con dos vasos en la mano—. Dice que regresa mañana a las siete, pero ya me dio ganas de irme.
Isabella la miró por encima del hombro. Lupita llevaba una camiseta blanca ajustada, media transparencia en el pecho, y pantalón corto de algodón que dejaba ver las piernas largas, bronceadas por el sol de la playa. Tenía el pelo recogido en una coleta deshecha, algunas hebras pegadas a la nuca por el sudor. Isabella notó que le temblaban los dedos al apoyar el vaso en la mesa de madera.
—¿Y por qué te vas? —preguntó, acercándose despacio, con los pies descalzos sobre el piso frío—. Aquí no va a hacer falta que te vayas.
Lupita la miró, y por un instante, Isabella pensó que iba a reírse, a negar, a decir algo como “no seas chistosa, prima”. Pero no lo hizo. En su lugar, se giró, se apoyó contra el fregadero, cruzó las piernas y la miró directo a los ojos.
—Porque no me quiero quedar sola contigo en esta casa —dijo, baja, como si temiera que el techo escuchara.
Isabella se acercó más. El olor a coco y café de la cuñada le llegó entonces, denso, dulce, casi agresivo. Sentía el calor de su propio cuerpo subiéndole por el cuello, por las axilas, por la entrepierna.
—¿Por qué no? —preguntó, con la voz rasposa, como si ya hubiera bebido tres vasos más de los que había tomado—. ¿Tienes miedo de que te haga algo?
—No —dijo Lupita, y la sonrisa le tembló en los labios—. Tengo miedo de que no me hagas nada.
El silencio entre ellas se volvió espeso, cargado. Isabella se mordió el labio inferior, lo suficiente como para sentir el sabor de la sangre y el dulce sabor de la tentación. Se inclinó, lentamente, hasta que sus rostros quedaron a apenas un palmo de distancia.
—Tu hermano está en Guadalajara. Vuelve mañana a las siete —susurró, sin separar la mirada—. Y esta casa es mía hasta entonces.
Lupita no se movió. No retrocedió. Solo respiró, profundo, y dejó que sus ojos se fijaran en la boca de Isabella. Luego, con una lentitud que dolía, alzó una mano y le acarició la mejilla. El dedo le rozó el pómulo, bajó por la línea de la mandíbula, y se detuvo justo donde el cuello se abría en un abanico de venas palpitantes.
—Entonces… ¿qué haces esperando? —dijo.
Isabella no necesitó más. Apretó la mano de Lupita contra su cuello, la atrajo hacia sí y la besó. No fue un beso tierno. Fue una mordida, un roce, un fuego que se encendió de golpe. La lengua de Lupita entró con fuerza, como si también estuviera cansada de esperar, como si llevase semanas deseando aquello. Isabella le pasó la mano por la cintura, le apretó la nalga derecha, sintió el músculo que se contraía bajo la tela del pantalón, y la empujó contra la mesa.
—¿Y si entra alguien? —murmuró Lupita, entre besos.
—No va a entrar nadie —dijo Isabella, ya con las manos bajo la camiseta, desabrochando el sosté—. Y si entra, ya nos vamos a ver en problemas, ¿no?
Lupita se reía, pero no soltaba el beso. Isabella le arrancó la camiseta de un tirón. La tela se rasgó levemente en el hombro, y los pechos salieron, redondos, firmes, con pezones oscuros y hinchados por el calor y la excitación. Isabella se los tomó con las manos, los apretó, los rozó con el pulgar, y Lupita soltó un quejido bajo, ahogado, como si temiera que alguien lo oyera.
—¿Escuchas eso? —preguntó Isabella, escuchando el crujido de la cama en la habitación contigua—. Tu cuñado está durmiendo en la habitación de al lado.
Lupita se puso rígida. Sus ojos se abrieron más, pero no con miedo. Con desafío.
—¿Y qué? —dijo, y se inclinó para besarle el cuello, mordiéndole la piel al tiempo—. ¿Te gusta que esté cerca?
—Me gusta que sepa que puede oírnos —dijo Isabella, y le pasó la mano por el vientre, bajando despacio, hasta el botón del pantalón—. Pero no va a hacer nada.
Bajó la cremallera, con lentitud, escuchando cómo el metal se deslizaba, cómo la tela se abría. Lupita levantó la cadera, ayudándola, y cuando Isabella le metió la mano dentro del calzoncillo, sintió que estaba ya mojada, que la piel le ardia.
—Estás temblando —dijo Isabella, rozando el clítoris con la yema del dedo.
—No es de frío —susurró Lupita—. Es de ganas.
Isabella se inclinó y le besó el ombligo, luego bajó más, hasta que su boca estuvo frente al pantalón ya bajado, frente al triángulo oscuro de vello, frente a la humedad que se filtraba por los bordes de la ropa interior.
—¿Sabes qué me gusta de ti, Lupita? —preguntó, sin tocarla aún—. Que eres la única persona que me ha mirado como si me quisiera comer.
Lupita no respondió. Solo le pasó la mano por la cabeza, empujándola suavemente hacia abajo.
Fue entonces cuando Isabella le bajó los calzoncillos, le separó los labios con los dedos, y se metió la lengua entre ellos. Lupita gritó, alto, sin cuidado ya de si su hermano podría oírlo. Isabella la escuchó, la sintió estremecerse, y siguió, lenta, con ternura, con hambre, hasta que Lupita le agarro del pelo y le dijo, con la voz rota:
—Más. Que me la cuelgues, que me la partas en dos.
Isabella se levantó, se quitó la blusa, los pantalones, y se subió a la mesa, frente a su cuñada. La miró a los ojos mientras se abría el cinturón, mientras sacaba la verga, dura, hinchada, con la punta ya humedecida por el deseo.
—¿Te acuerdas cuando eras niña y venías a visitarnos? —le preguntó, acariciándola con la punta del pene—. Siempre decías que querías ser como yo.
—Ya soy como tú —dijo Lupita, y le agarró la cadera, lo guió hacia su entrada—. Solo que ahora tengo el cuerpo para demostrarlo.
Isabella empujó, lento, hasta que toda la verga entró en su cuerpo. Lupita gimió, una y otra vez, como si cada empujada fuera un chorro de luz que le recorriera la columna. Isabella la cogió con fuerza, le mordió el hombro para no gritar, y se empezó a mover, con ritmo, con saña, con la certeza de que nadie iba a interrumpirlas —y de que, si lo hacían, ya era tarde.
—¿Te gustó? —le susurró al oído, cuando por fin se detuvo, sudorosas, agitadas, con los labios hinchados y los ojos vidriosos.
Lupita solo sonrió, le pasó la mano por la barba recién crecida, y le besó la frente.
—Me gustó tanto que quiero que lo hagamos otra vez… cuando tu hermano esté aquí.
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Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.