La primera vez que acosté a mi cuñada en el sofá de mi casa
7 minLa primera vez que acosté a mi cuñada en el sofá de mi casa
Recuerdo el olor del café recién hecho mezclándose con el de su perfume: jazmín y vainilla, algo dulce pero con un fondo terroso que siempre me hacía pensar en piel caliente. Ella estaba sentada al otro lado del sofá, los pies descalzos apoyados en el cojín, los cabellos recogidos en un moño deshecho, con algunas mechas sueltas que le rozaban las orejas. Llevaba un vestido de algodón claro, sin mangas, que le quedaba un poco grande, pero que se ajustaba justo en la cintura y dejaba al descubierto los hombros. Yo me había quedado en casa ese domingo por la tarde porque mi esposa, Clara, tenía que trabajar en casa de una clienta y me había pedido que cuidara a Lucía, su hermana menor, que había venido a visitarla desde Guadalajara.
—¿Seguro que no quieres más café? —me preguntó ella, inclinándose hacia adelante mientras alargaba la taza vacía. El movimiento hizo que el escote del vestido se abriera un poco más, y por un segundo me fijé en el encaje negro del sostén, fino pero sugerente, que contrastaba con la pureza del tejido del vestido. Me mordí el labio. No era la primera vez que la veía así, pero sí la primera vez que estaba solo con ella, sin nadie más en la casa, sin la presencia silenciosa de Clara que siempre ponía un límite invisible entre nosotros.
—Sí —dije, más para romper el silencio que porque realmente quisiera otra taza—. Pero si tú no quieres… —Yo ya no aguanto más —rió, bajando los ojos. No era una risa forzada, sino una risa cansada, como si llevase mucho tiempo conteniéndose.
Me levanté, dejando la mía en la mesa. Caminé hasta la cocina, pero no hice café. Me apoyé en el mostrador, con las manos sobre el mármol frío, y la observé desde la puerta mientras ella se ajustaba el cabello, deshaciendo el moño por completo. Sus dedos se movían con lentitud, con deliberación. Me miró entonces, y por primera vez, no desvió la vista. Me miró a los ojos, directo, como si me estuviera midiendo. Como si supiera que yo también estaba conteniéndome.
—Clara me dijo que te caigo bien —dijo en voz baja, casi una confesión.
—Clara dice muchas cosas —respondí, acercándome de nuevo, pero esta vez me senté en el extremo del sofá, dejando un espacio entre nosotros, aunque no demasiado. El cojín se hundió con mi peso, y ella no se movió. Solo respiró más hondo.
—Es que… no me gusta mentirte —susurró, y entonces se levantó, se sentó con las piernas cruzadas hacia mí, y por primera vez, puso una mano sobre mi muslo. No fue una caricia intensa, ni una provocación abierta. Fue una presión suave, casi tímida, como si estuviera midiendo si yo la dejaría pasar.
—Entonces no lo hagas —dije, y la tomé de la mano, no para retirarla, sino para entrelazar nuestros dedos. Sus uñas estaban pintadas de un rosa mate, limpias, cuidadas. Sus dedos eran más pequeños que los míos, pero firmes.
—Quiero que sepas que no es por Clara —dijo, inclinándose hacia mí, hasta que su aliento rozó mi mejilla—. Es por mí. Yo… siempre he sentido algo, pero nunca supe qué hacer con eso.
Y entonces, sin más, me besó.
No fue un beso suave, ni un primer beso de Those moments en los que todo es duda. Fue un beso de quienes ya han soñado con ello muchas veces. Sus labios eran cálidos, ligeramente secos, y su boca se abrió con decisión cuando sentí mi lengua rozar sus dientes. No hubo hesitación. Solo calor, y un sabor a café y a ella, a piel y a promesas rotas que ya no importaban.
La aparté un poco, solo para mirarla. Sus ojos estaban más oscuros, las pupilas dilatadas, y una sonrisa entreabierta le temblaba en los labios.
—¿Estás segura? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí —susurró, y esta vez fue ella quien me tiró de la camisa, jalándome hacia ella hasta que mis manos encontraron su cintura, y sus dedos se enredaron en mi cabello.
La boca de Lucía era adictiva. Cada beso parecía querer retrasar lo inevitable, pero también acelerarlo. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando la primera botona de mi camisa, y luego la segunda, sin prisa, como si cada botón fuera una promesa que quería cumplir con calma. Yo le quité el vestido por los hombros, dejándolo caer sobre el suelo, y entonces la vi así: sin nada encima, con sus pechos pequeños, redondeados, los pezones ya endurecidos por el frío del aire acondicionado y por el calor que ahora corría entre nosotros.
Me arrodillé frente a ella. No fue una decisión pensada. Fue instinto. Mis manos subieron por sus piernas, deslizándose por el algodón de sus bragas, y cuando separé el elástico con los pulgares, ella suspiró, como si hubiera estado esperando ese momento desde que entró a la casa.
—Diego… —dijo, y entonces me besó de nuevo, mientras mis dedos se deslizaban por su muslo, rozando la suavidad de su piel, hasta encontrar el núcleo húmedo, ya hinchado, ya ansioso.
No usé la lengua al principio. Solo presión. Con la yema de los dedos, froté su clítoris en círculos lentos, observando cada expresión que cruzaba su rostro. Sus cejas se fruncían, su boca se abría un poco más, y sus caderas se inclinaban hacia mí, como si me pidiera más.
—Dime qué quieres —le susurré al oído, mientras le separaba las bragas con cuidado y las bajaba por las piernas.
—Quiero sentirte dentro de mí —dijo, sin dudar, sin vergüenza—. Quiero que me cogas aquí, en este sofá, mientras sepa que nadie nos va a interrumpir.
Fue entonces cuando me levanté, desabroché mi jeans y lo bajé con lentitud, dejando que mi pene saliera rígido, listo, con gotas de prepúcio ya asomando en la punta. Ella me miró, con los ojos fijos en mi miembro, y luego me guiñó un ojo.
—Me encanta cómo estás —murmuró—. Grande. Fuerte. Mío.
Me senté en el sofá, y ella se subió sobre mí, con las rodillas a los lados, con las manos apoyadas en mis hombros. Me miró una vez más, y entonces se bajó sobre mí, poco a poco, hasta que me sintió dentro de su vagina, apretada, húmeda, perfecta.
—Ay dios… —exhaló, cerrando los ojos.
—Dime si duele —le dije, pero ella ya me besaba de nuevo, y su movimiento hacia abajo fue lento, pausado, hasta que sus nalgas tocaron mis muslos.
Fue entonces cuando empecé a moverme. No fue un embate descontrolado. Fue un ritmo constante, que iba acelerando con cada suspiro que ella dejaba escapar. Sus manos me agarraban los brazos, y sus uñas me rozaban la piel, sin llegar a clavar. Su cabeza se inclinaba hacia atrás, su cuello se estiraba, y cada vez que la tocaba allí, ella se estremecía, como si cada golpe la estuviera despertando de un sueño largo.
—Más —dijo en un momento, con la voz rota—. Más fuerte. Quiero sentir que me duele un poco.
Y así lo hice. Le tomé las caderas y la empujé hacia abajo, mientras yo subía con fuerza, haciendo que sus pechos rebotaran con cada movimiento. Sus ojos se abrieron, su boca se abrió, y soltó un grito ahogado cuando por primera vez sentí que su vagina me apretaba con fuerza, que sus músculos internos se contraían alrededor de mí, que estaba a punto de venirse.
—No te vengas aún —le susurré, besándole el cuello—. Quiero que me lo digas. Quiero que me lo digas cuando estés lista.
—Estoy lista —murmuró, y entonces me besó con desesperación—. Cógeme, Diego. Cógeme como si no hubiera mañana.
Y entonces la cogí. No con suavidad, no con miedo. Con la intensidad de quien ya no tiene nada que perder. Mis manos le agarraron la cintura, la levanté un poco y la bajé sobre mí con fuerza, repitiendo el movimiento una y otra vez, hasta que sentí sus uñas clavarse en mi espalda, hasta que escuché su grito, agudo, desgarrado, mientras su cuerpo se tensaba, mientras su vagina se contrataba en espasmos, mientras su cabeza se reclinaba y sus ojos se cerraban.
Yo no tardé mucho. Seguí empujando, con fuerza, hasta que sentí su vagina vibrar alrededor de mí, y entonces me dejé llevar, y me vine dentro de ella, emitiendo un gemido profundo, como si
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