Cuando me cogí a la ex de mi hermano
7 minCuando me cogí a la ex de mi hermano
Sí, lo voy a contar. No es que me pese, pero sí me cuesta dormir cuando recuerdo cómo fue. No por culpa de nadie, ni por arrepentimiento: por intensidad. Porque esa noche no fue un error, fue una descarga eléctrica que me pasó por las venas y no se apagó hasta que me dejó hecho un plomo.
Todo empezó una noche de jueves, con lluvia fina y el cielo de Buenos Aires como una sábana mojada. Mi hermano menor, Leandro —diez años menos que yo, pero con el alma de un viejo chupado— andaba de fiesta en fiesta con esa nueva novia suya, la de los ojos dorados y la risa de gata. Mariana. La ex de su mejor amigo desde la secundaria, el tipo que lo llevó a su primer cumpleaños con alcohol y su primer cerveza con limón. El tipo que, según decía Leandro, «le había roto el corazón y después lo había dejado pegado al asfalto con cinta adhesiva». Me reí. Decidí ir igual, a pesar de que no soy de fiestas, pero ese día me dije: *andá, diego, al menos para que no te joda la culpa si él se emborracha y se le escapa algo feo*.
Llegué sobre las once y media. El lugar, un club de Palermo Hollywood con luces tenues y música techno que te entraba por los huevos, ya tenía ese ambiente de *alguien va a hacer algo estúpido*. Leandro estaba en la pista, con Mariana agarrada de la cintura, los dos sudando y sonriendo como si el mundo no les importara. La vi de lado: pelvis estrecha, caderas que marcaban la curva de un triángulo perfecto, y ese cuello largo que se hundía en el escote de su remera corta. Tenía el pelo rubio, corto, despeinado por el calor y el baile, y un lunar justo debajo de la oreja izquierda. Me puse a tomar una cerveza cerca de la barra, solo, esperando a que Leandro se cansara y nos fuéramos.
Pero no pasó así.
A la una, cuando el local empezó a vaciarse un poco y la gente ya se movía más lento, Mariana se acercó. No a mí, al principio. Fue a la barra, se paró a dos metros, se volvió y me miró. No fue una mirada de conocimiento: fue una mirada de *evaluación*. Como si me estuviera midiendo con los ojos, como si ya me hubiera visto antes y ahora lo confirmara. Me sentí expuesto, como si me hubiera descubierto en el acto de pensar en ella. Me paré. Me acerqué.
—¿Vos sos el hermano mayor? —me preguntó, y su voz era más grave de lo que esperaba, más ronca, como si hubiera estado cantando en una habitación vacía.
—Sí —dije—. Diego. Y vos, Mariana.
Asintió. Se mordió el labio inferior, un gesto rápido pero que me hizo sentir un tirón en el estómago. Me ofreció una copa. Me dijo que Leandro le había hablado de mí. Que era el único familiar que le había parecido *real*.
—¿Real? —pregunté, medio confundido, medio burlón.
—Sí —dijo, y esta vez la sonrisa fue más lenta, más profunda—. Porque vos no fingís. Leandro sí. Todo el mundo finge, pero vos no.
No supe qué responder. Así que la miré. Y de repente, sin que nada lo anunciara, sentí que el aire entre nosotros se calentó.
—¿Querés salir un momento? —me preguntó, y me tomó del brazo. No preguntó, *me llevó*.
Salimos a la terraza, que estaba medio vacía, con sillas plegables y una humedad espesa. El ruido de la ciudad entraba como una ola lejana. Ella se apoyó en el balcón de hierro, me miró de nuevo, y esta vez no disimuló. Me recorrió con la mirada, de los pies a la cabeza, y después volvió a bajar, lentamente, como si me estuviera desprendiendo de a un hilo. Me pasó la lengua por los labios.
—Estoy cansada de fingir —dijo, y entonces se acercó. No caminó, *se deslizó*. Y me besó.
No fue un beso de curiosidad. Fue un beso de hambre. Me agarró de la nuca con una mano, y con la otra me tiró de la camisa. Me rozó el cuello con los dientes, y después me mordió el labio. Me sentí temblar. Me sentí *vivo*. Me abrió la boca con la lengua, y yo le devolví todo lo que ella me daba, con una intensidad que me sorprendió. Me gustó su sabor, a vino tinto y a menta, y a algo más, algo más dulce, más íntimo. Me sentí duro al segundo.
—Vamos a mi auto —me dijo, y me soltó la lengua solo para apoyar la frente contra la mía, respirando fuerte—. No puedo más.
Subimos al auto. Un Civic plateado, limpio, con olor a lavandina y a perfume caro. Ella se sentó en el asiento del copiloto, me miró, y me pidió que me sentara frente a ella. Me senté en el piso, con las piernas cruzadas, entre los asientos delanteros y el trasero, como si estuviera en un lugar sagrado. Ella se acercó, me desabrochó los botones de la campera, después la remera, y me pasó la mano por el pecho. Me apretó un pezón, y yo solté un gemido que me sorprendió. Me tomó la cara con las dos manos, y me besó otra vez, más lento, más hondo.
—Me gustás —me dijo, y me besó el cuello—. Me gustás mucho.
Me desabrochó el cinturón, me bajó la cremallera de la pantalón, y me sacó el pene. No se detuvo. Me lo tomó en la mano, lo acarició con la palma, me lo apretó suave, y después lo rozó con la punta de la lengua. Me miró, y me dijo:
—Hacé lo que quieras conmigo.
Y eso hice.
Le aparté la remera, le bajó el sujetador, y le tomé uno de los pechos. Era blando, carnoso, con una areola oscura y un pezón que se puso duro apenas lo toqué. Me incliné, le lamí el pezón, y después lo chupé. Ella se arqueó, soltó un grito bajo, y me metió la mano en el pelo. Le bajé el pantalón, la ropa interior, y cuando vi su concha, me quedé quieto. Era perfecta: labios hinchados, tersos, de un color entre rosa y café, con un pequeño hoyuelo justo encima del clítoris. La separé con los dedos, la acaricié con la punta de la lengua, y cuando la sentí mojada, me puse en posición.
Me acerqué a su entrepierna, la abrí con las manos, y la empujé dentro de mí. Me sentí apretado, caliente, *lleno*. Ella gimió, me agarró de los hombros, y yo empecé a moverme. Lento, al principio, para no perder el control. Pero ella me pidió más. Me dijo *más fuerte*, *más adentro*, *cogeme como si no hubiera un mañana*. Y lo hice. Le clavé las uñas en los muslos, le agarré las nalgas, y la cogí con fuerza, con furia, con ganas de no parar. Ella se llevó la mano al clítoris, se lo apretó, y cuando sentí que se tensaba, que se le encogía la concha alrededor de mi pene, me lancé. Le metí dos dedos más, le toqué el punto, y ella se vino con un grito que me cortó la respiración.
Me desbordé dentro de ella, con un temblor que me subió de los pies a la cabeza. Ella me abrazó, me besó la frente, y me dijo:
—Sos un dios.
No me sentí como un dios. Me sentí humano. Real. Vivo.
Cuando salimos del auto, a las dos y media de la mañana, el cielo había dejado de llover. Leandro nos esperaba en la puerta, con una sonrisa burlona. No preguntó. Solo nos miró, y dijo:
—Sabía que vos tenías el virus, Diego.
Le di un puñetazo suave en el hombro. No fue enojo. Fue cariño.
Y no volví a ver a Mariana después de esa noche. Pero cada tanto, cuando me acuesto solo, cierro los ojos, y siento el calor de su concha, el sabor de su piel, y la forma en que me miró cuando me pidió que la cogiera… y sé que, aunque fue una sola vez, fue la noche que más vivo he sentido en años.
Y no me arrepiento. No de eso. No de nada.
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Reencuentros, química que estalla, segundas oportunidades en la cama. Escribo pasión de la que deja marca.