El jueves que me cogió la vecina del fondo
10 minEl jueves que me cogió la vecina del fondo
La primera vez que lo noté fue un miércoles de lluvia, cuando salí a recoger la ropa del tendal y la encontré ahí, parada en su rellano, con una camiseta finita que se le pegaba al cuerpo mojado y los pechos bien marcados, como dos frutas maduras bajo el algodón translúcido. Ella me miró, no con vergüenza, sino con una sonrisa que le temblaba en los labios, y me dijo, con la voz un poco ronca por el frío: —Viste, Fernanda, no me alcanzó el paraguas. ¿Me lo prestás un seguito? Yo le dije que sí, claro que sí, y le pasé el mío, pero sin mirarle los ojos. No entonces. Porque aunque vivíamos en el mismo edificio desde hacía más de dos años, nunca habíamos cruzado más que un “buenas” rápido en el ascensor, un “che, ¿tenés papel higiénico?” por la rendija de la puerta, o un “gracias” cuando me devolvía la harina que le presté una vez. Ella era la vecina del fondo, del piso 4B, la que siempre tenía música de fondo en su departamente — jazz, o a veces algo más lento, más oscuro — y que, por lo que se rumoreaba, había venido de Montevideo hacía poco, sola, sin pareja, sin historias contadas.
Yo vivía solo. O más bien, vivía con la costumbre de hacerme cargo de todo. Trabajaba desde casa como redactor, y mis días se deslizaban entre teclas, café y silencio. A veces me costaba creer que existía gente que se levantaba, se vestía, se daba una ducha larga con agua caliente, se maquillaba con cuidado, y salía a caminar por la ciudad como si nada —como si no hubiera nada que esconder, como si no hubiera nada que esperar. Ella sí parecía saber algo que yo no.
Había algo en su forma de caminar, en la forma en que se apoyaba contra el marco de la puerta cuando me hablaba, en cómo se mordía el labio inferior cuando pensaba algo que no quería decir. Era como si me estuviera probando, como si me estuviera midiendo con la mirada, y yo, sin quererlo, empezaba a sentirme más vivo cada vez que me cruzaba con ella.
Fue un jueves. Un jueves cualquiera, de esos que parecen eternos y no pasan nunca. Me había quedado hasta tarde trabajando, con la cabeza pesada y los ojos cansados, y cuando bajé a la cocina del fondo a buscar agua, la encontré de pie en su rellano, con una botella de vino en una mano y dos vasos en la otra.
—Fernanda —me dijo, sin sorpresa—. ¿Viste que se cortó la luz en el sector?
—Sí, lo vi.
—No me di cuenta hasta que ya estaba arriba. Y ahora no me animo a subir a oscuras.
—¿Querés que te acompañe?
Ella me miró, y esta vez no apartó la vista. Me sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era una sonrisa que sabía algo que yo aún no había descubierto.
—Sí —dijo—. Vení.
Subimos juntos, pero no por la escalera. Por el pasillo lateral, el que tiene las paredes de ladrillo visto y el piso de madera chirriante. Ella iba un paso atrás, y yo sentía su aliento en la nuca, aunque no estaba tan cerca. Pero lo sentía. Sentía su presencia como una mano que me acariciaba la espalda sin tocar.
Cuando llegamos a su puerta, ella se detuvo, metió la llave, la giró, y me hizo un gesto con la cabeza para que entrara.
—Pasá —dijo—. No es que me asuste la oscuridad. Es que no quería subir sola.
En su interior, todo era oscuro, pero no por la falta de luz. Porque cuando encendió la lamparita de luz cálida sobre la mesa de madera, el departamento se transformó: muros pintados de color tierra, un sofá bajo y ancho, una estantería llena de libros viejos, y una ventana que daba al patio interior, con un árbol que se movía con el viento.
—¿Querés un vino? —me preguntó.
—Sí.
Ella se levantó, fue a la cocina, sirvió los vasos, y volvió. Me senté en el borde del sofá, con las manos apoyadas en las rodillas, los pies juntos, la espalda recta. Ella se sentó a mi lado, pero no muy cerca. Con la pierna cruzada, el vaso entre los dedos, la cabeza inclinada un poco hacia atrás, como si me estuviera evaluando.
—¿Trabajás desde casa? —me preguntó, sin mirarme.
—Sí.
—¿Te gusta?
—A veces.
—¿Y qué te gusta más?
Me miró entonces, directo, con los ojos grandes y oscuros, y por un momento me sentí como una hoja al viento, moviéndome sin control.
—No sé. —Susurré—. Creo que me gusta más lo que pasa después.
Ella sonrió. Esta vez sí, con los labios abiertos, con los dientes pequeños y bien alineados.
—¿Después de qué? —preguntó, con voz suave, casi juguetona.
—Después de trabajar. Después de cerrar la notebook. Después de… saber que ya no tenés nada que hacer.
Ella bebió un trago, lentamente, y se limpió los labios con el dorso de la mano.
—Che, Fernanda —dijo—. Vení acá.
No me moví de inmediato. Me quedé quieta, con el corazón palpitando más fuerte, con las manos que ya no sabían bien dónde ponerse. Ella no insistió. Solo me tendió la mano, con los dedos separados, la palma hacia arriba, como si me estuviera ofreciendo algo que ya me pertenecía.
Y yo… yo la tomé.
Fue una cosa suave, lenta. Me levanté, me acerqué, y cuando mis dedos rozaron los suyos, sentí un escalofrío que me subió por el brazo y se me clavó en el pecho. Ella cerró los dedos, suave pero firme, y me tiró hacia adelante. No me tiró con fuerza, pero tampoco me dejó escapar.
—Sentí —me dijo—. Acá, al lado mío.
Me senté, esta vez más cerca. Tan cerca que ya podía sentir el calor de su cuerpo, el perfume que olía a vainilla y a algo más oscuro, más profundo, como el humo de una vela que se apaga despacio.
Ella se volvió hacia mí, con la rodilla doblada, el codo apoyado en el respaldo del sofá. Me miró los ojos, y luego bajó la vista a mis labios. Me miró la boca, y yo sentí que se me ponía la piel de gallina.
—¿Tenés miedo? —me preguntó, en voz baja.
—No —dije—. ¿Y vos?
—Tampoco.
Y entonces, sin más, me besó.
No fue un beso de prueba, ni de curiosidad. Fue un beso que ya había estado esperando. Un beso que sabía a vino y a promesa. Sus labios eran suaves, pero no débiles. Me agarró la nuca con una mano, me tiró un poco hacia adelante, y metió la lengua, despacio, como si no quisiera asustarme, como si me estuviera enseñando algo nuevo.
Yo le respondí con la misma lentitud, con la misma seguridad. Le abrí la boca, le dejé pasar, y cuando nuestras lenguas se tocaron, sentí que algo se encendía dentro de mí, algo que ya no quería apagar.
Ella se apartó un poco, pero no del todo. Quedó con la frente apoyada en la mía, los ojos cerrados, respirando fuerte.
—Sos hermosa —me dijo, con la voz quebrada—. ¿Sabés que nunca me fijé en vos antes?
—No me fijaste porque yo no te miraba —respondí—. Ahora sí lo hago.
Ella me sonrió, y esta vez me besó de nuevo. Pero esta vez fue más hondo, más lento. Me desabrochó la primera botona de la camisa, con los dedos lentos, con cuidado, como si no quisiera romper nada. Y yo le deshice el pelo, solté la cola de caballo, y sentí las hebras sueltas cayéndole sobre los hombros.
—¿Querés que pare? —me preguntó.
—No —dije—. Si parás ahora, te juro que me enojo.
Ella soltó una risita suave, y luego me tiró suavemente hacia atrás, sobre el sofá. No me forzó. Solo me invitó. Y yo, sin dudar, me dejé caer, con las manos apoyadas en el respaldo, la espalda curvada, el cuello estirado.
Ella se puso de rodillas a mi lado, con la camiseta humedecida por la transpiración, los pechos moviéndose suavemente con cada respiración. Me miró, y entonces me besó el cuello. Primero un beso leve, casi un suspiro. Luego otro, más profundo, con los dientes rozando la piel. Me mordió un poco, no con fuerza, pero sí lo suficiente para que yo soltara un gemido bajo.
—Che —dijo—. Me gustás. Me gustás mucho.
—Y a vos —le dije—. Me estás matando.
Ella se rió, y luego me desabrochó la segunda botona. Me besó el pecho, a través de la camiseta, con la lengua, con la boca húmeda, y yo le pasé las manos por la cintura, sentí su abdomen tenso, su piel caliente, y sentí que me estaba perdiendo.
—¿Me dejás quitarte la camisa? —me preguntó.
—Sí —dije—. Si me prometés que no te parás.
—Te lo prometo.
Y entonces me ayudó a sacármela, y yo le quitó la suya, y cuando quedamos solo con las camisetas, con los pechos a punto de salirse, con los pezones duros y visibles, yo no pude más. Le pasé las manos por la cintura, la tiré hacia mí, y le besé el cuello, la clavícula, el pecho. Le chupé un pezón a través de la tela, con suavidad, y ella soltó un suspiro que me hizo temblar.
—Fernanda —dijo, con la voz quebrada—. Desabrochá mis pantalones.
Yo no dudé. Le desabrochó la hebilla, bajó la cremallera, y metí la mano dentro. Sentí su pene, caliente, duro, ya medio alborotado. Le acaricié la base, luego un poco más arriba, y sentí cómo se ponía más firme, más vivo.
—Che —dijo—. Vos sabés hacerlo.
—No —le dije—. Pero vos me enseñaste.
Ella me tomó la mano, me llevó hasta su vagina, y me dijo: —Apretá acá.
Yo apreté. Sentí su humedad, su calor, su concha abierta, ya mojada, ya esperándome. Le pasé los dedos por los labios, los separé un poco, y sentí su clítoris, pequeño, duro, pulsando.
—Sí —dijo—. Ahí.
Yo le froté el clítoris con suavidad, con círculos lentos, y ella empezó a moverse sobre mi mano, con pequeños impulsos, con pequeños jadeos.
—¿Querés que te meta la mano? —le pregunté.
—Sí —dijo—. Pero después… después me querés meter la verga.
—Te la meto —le dije—. Te la meto toda.
Me paré, la tomé de la mano, y la llevé hacia la habitación. No era grande, pero tenía una cama ancha, con sábanas blancas y una manta vieja tirada al pie. Ella se sentó en el borde, con las piernas abiertas, los ojos fijos en los míos, y yo me arrodillé frente a ella. Le separé los labios con los dedos, y le besé la concha, lentamente, primero la parte superior, luego la hendidura, y luego le metí la lengua dentro, suave, profundo, con cuidado.
Ella soltó un grito bajo, se agarró de la sábana, y me dijo: —Sí… sí… Fernanda…
Yo no me detuve. Le lamí la concha como si me la estuviera comiendo, como si fuera lo único que me importaba en ese momento. Le pasé la lengua por el clítoris, lo chupé, lo apreté entre los dedos, y cuando lo sentí más duro, más hinchado, le metí dos dedos dentro, lentos, profundamente, y la sentí tensarse, apretarse, vibrar.
—Fernanda… —dijo—. No aguanto más.
Yo le saqué los dedos, me paré, y me desabroché el jean. Le dije: —Acostáte.
Ella se acostó, con las piernas abiertas, con los pechos subiendo y bajando con la respiración, con los ojos cerrados. Yo me puse de rodillas entre sus piernas, me alisé la camiseta, y le tomé la verga, firme, tibia, lista para entrar.
—¿Estás segura? —le pregunté.
—Sí —dijo—. Meté esa verga, Fernanda. Ya me la querés meter.
Y la metí.
Entró lento, muy lento, hasta el fondo, hasta tocar su fondo, hasta sentir su calor, su concha apretándome, su cuerpo aceptándome. Ella soltó un grito, no fuerte, pero sí profundo, y me agarró de los hombros, me tiró hacia adelante, y me besó, con la lengua, con los dientes, con urgencia.
Empecé a moverme, lento, pausado,
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