Lo que hicimos mi vecina y yo en la habitación de alquiler
6 minLo que hicimos mi vecina y yo en la habitación de alquiler
La lluvia golpeaba suave contra las ventanas del pequeño apartamento en alquiler, ese lugar que Clara había encontrado por casualidad: paredes amarillentas por la humedad, un colchón hundido en el suelo, y una ventana que no cerraba del todo. A él —a Mateo— le había parecido perfecto para escribir, para respirar en silencio, para olvidar que había dejado atrás una vida que ya no reconocía. Clara, su vecina del cuarto contiguo, había aparecido tres días después, con una taza de café humeante y una sonrisa cansada que le había dicho más que mil palabras.
No hablaban mucho. Solo lo necesario: saludos en el pasillo, el intercomunicador roto, una botella de agua prestada una noche en que el calentador se había apagado. Pero había algo en la forma en que Clara lo miraba: no con curiosidad insistentes, sino con una atención pausada, como si estuviera aprendiéndolo a memoria, como si ya conociera cada grieta en su silencio.
Aquella noche, después de una semana de lluvia continua, Mateo volvía a casa con las manos temblorosas y la mente saturada de palabras que no salían. Se quitó la camisa en la cocina y se sirvió un vaso de agua. Cuando abrió la puerta del refrigerador, Clara estaba ahí, de pie en el umbral de su propio apartamento, con una bufanda puesta como si acabara de entrar del frío. No usaba zapatos. Sus pies estaban descalzos sobre el piso de baldosa, los dedos ligeramente curvados por el frío.
—Te vi entrar —dijo, sin sonar acusadora, como si fuera una confesión—. Parecías… agotado.
Mateo asintió. No dijo nada. No hizo falta. Clara dio un paso hacia adentro, cerró la puerta con cuidado, y se quitó la bufanda. Debajo llevaba una blusa de algodón, ajustada, que dejaba entrever la curva de sus pechos, firmes y naturales. Mateo no había notado antes que sus pezones eran oscuros, redondos, como si ya estuvieran en estado de alerta.
—¿Quieres que te haga café? —preguntó ella, pero ya se había movido hacia la cafetera, y sus caderas, al caminar, tenían un ritmo que Mateo no podía ignorar.
—No tengo café —mintió.
Ella se detuvo, lo miró por encima del hombro, y por primera vez, su voz tuvo una nota distinta: un susurro que era más que una sugerencia.
—Entonces, ¿qué quieres?
El silencio se extendió, espeso. La lluvia seguía golpeando la ventana. Mateo se levantó la camiseta con una mano, dejando al descubierto el estómago, la línea de vello que descendía hacia el pantalón. Clara no apartó la vista. No titubeó. Solo se mordió el labio inferior, suave, como si ya hubiera estado allí, en su mente, antes de que él lo dijera.
—Quiero esto —dijo Mateo—. Quiero que me toques.
Ella no respondió con palabras. Se quitó la blusa, despacio, como si cada gesto fuera una promesa cumplida. Debajo no llevaba sujetador. Sus pechos eran grandes, perfectos, con pezones que se erizaron apenas el aire frío los rozó. Mateo avanzó un paso, luego otro, hasta que su pecho tocó el suyo. El contacto fue breve, pero suficiente: una descarga eléctrica recorrió sus cuerpos.
Clara lo empujó hacia atrás, sobre el colchón. Él se dejó caer, sin resistencia. Ella se sentó a horcajadas sobre su cintura, con las manos apoyadas en su pecho, y lo miró a los ojos mientras se desabrochaba el pantalón. No se apresuró. Cuando sacó su pene, ya duro y brillante por el deseo, Mateo exhaló un gemido ahogado.
—¿Te gusta? —preguntó Clara, y sus dedos se cerraron alrededor de él, suaves pero firmes, moviéndose con un ritmo que él ya sentía en los huesos.
—Sí —respondió, con voz rota—. Me encanta.
Ella sonrió, una sonrisa pequeña, almost triste, como si también estuviera recordando algo que nunca había tenido. Se inclinó y lo besó en el cuello, mordió levemente la yema de su oreja, y bajó hasta su pecho, lamiendo uno de sus pezones con lentitud, hasta que él la detuvo.
—No ahora —susurró—. Quiero verte.
Clara se levantó, se quitó el pantalón, y se puso de pie frente a él, desnuda. Sus piernas eran largas, fuertes, con un vello pubiano claro, bien recortado. Entre sus muslos, la vagina era ancha, oscura, con los labios ligeramente abiertos, húmeda ya. Mateo nunca había visto nada más hermoso. Ella se sentó sobre él, con el pene apuntando hacia su entrada, y lo guió con una mano.
—¿Estás seguro? —preguntó, pero ya estaba bajando, y Mateo sintió el calor, la presión, el estiramiento suave, inevitable.
—Sí —dijo, y la atrajo hacia abajo, hasta que su cuerpo completo se hundió en el suyo.
Clara se movió despacio al principio, con una regularidad que lo hizo cerrar los ojos. Cada subida y bajada era un acto de confesión. Mateo le agarró las caderas, sintiendo la textura de su piel, el sudor que ya empezaba a brillar en su espalda. Ella se inclinó hacia adelante, y él le tomó los pechos, masajeándolos con ternura, hasta que ella gimió, alto, sin vergüenza.
—Quiero sentirte dentro de mí… más hondo —murmuró.
Y él la ayudó a cambiar la postura: se sentó, la colocó de espaldas sobre sus piernas, separándole los muslos, y la penetró con una profundidad que la hizo gritar. Mateo se agarró a sus caderas, y la miró mientras lo hacía: su cara entre el sudor y el placer, la boca entreabierta, los ojos cerrados.
—Estás tan apretada… —susurró, y ella solo asintió, con la cabeza hacia atrás, el cuello estirado, vulnerable.
Clara se llevó una mano entre las piernas, buscó su clítoris, y comenzó a frotarse con movimientos cortos, rápidos. Mateo la miró hacerlo, y algo en su interior se rompió. Apresuró el ritmo, entrando y saliendo con fuerza, pero sin brusquedad, con una precisión que solo da el deseo contenido durante semanas. Ella se aceleró, gemía ahora sin control, y cuando él sintió que sus músculos se tensaban, que su pene palpitaba, que la tensión alcanzaba el punto de quiebre, Clara lo miró con los ojos entrecerrados y le dijo, con voz quebrada:
—Voy a correrme. Con tu polla… dentro de mí.
Mateo la empujó contra el colchón, se introdujo hasta el fondo, y se corrió con un gemido gutural, sosteniéndola fuerte, sintiendo cómo sus paredes internas lo apretaban, cómo ella lo hacía correrse dos veces: primero con el espasmo interno, después con el líquido caliente que brotó de él, húmedo y abundante.
Clara se desplomó sobre su pecho, sudorosa, jadeante. Mateo la abrazó, sin soltarla, como si temiera que desapareciera.
—No me había sentido así… en mucho tiempo —dijo ella, con la voz apenas un hilo.
—Ni yo —respondió Mateo, y la besó en la frente, en la nariz, en los labios.
Y mientras la lluvia continuaba cayendo fuera, Clara se volvió hacia él, le tomó la mano y la llevó entre sus piernas, donde ya empezaba a humedecerse de nuevo.
—¿Y si ahora… me follas de nuevo? —preguntó, y esta vez, su sonrisa fue clara, directa, sin rodeos.
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Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.