Me cogí a la suegra de mi mejor amigo en su boda
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La fiesta estaba a punto de estallar: música estruendosa, tequila barato y el olor a sudor y perfume caro flotando en el aire como una promesa prohibida. Natalia —esa mujer que siempre había sido la amiga tranquila, la que se quedaba en la esquina con su vaso de jugo y una sonrisa educada— se sentía hoy distinta. Como si le hubieran quitado un clavo de la frente y dejado fluir un pensamiento que no había tenido许可 desde que conocía a Jesús: *¿Y si no fuera tan buena?*
Jesús era su novio desde hacía dos años. Respetuoso, cariñoso, perfecto. Y aburrido como el infierno. Mientras él charlaba con sus amigos en la terraza del rancho de sus padres, ella se escabulló al baño, se mojó las yemas de los dedos con agua fría y se miró al espejo. Tenía las mejillas encendidas, los labios húmedos, los pechos más pesados de lo normal. No era el calor. Era *él*. El que estaba parado frente a la chimenea, con la camisa abierta hasta el ombligo y las mangas remangadas, como si hubiera estado arreglando el coche, no celebrando su propia boda.
Rogelio. El mejor amigo de Jesús. El que siempre le hacía reír con sus chistes verdes y le pasaba el vaso de tequila cuando ella se negaba a beber más. El que, sin que nadie más lo notara, le había dejado caer en el oído, la semana pasada, mientras bailaban *cumbia* en una fiesta de cumpleaños: “Natalia, eres la única que me mira como si supiera lo que quiero… aunque yo no lo sepa aún”.
Ella no había respondido. Solo le había sonreído, le había acariciado el antebrazo con la punta de los dedos y se había alejado. Pero esa noche no había dormido. Y esta noche… esta noche no iba a dormir de nuevo.
Se limpió el labial, se ajustó el vestido negro de tirantes que le marcaba las curvas como un guante, y salió del baño. Lo buscó con la mirada. No estaba en la terraza. No estaba en el comedor. Estaba en el garaje, solo, apoyado contra el capó de su camioneta nueva, fumando un cigarro con la mirada perdida en el cielo estrellado.
—¿No te aburres ahí adentro? —le preguntó ella, acercándose con paso lento, las uñas de los pies calzadas en sandalias finas, los muslos desnudos brillando bajo la luz de neón del portón.
Rogelio giró lentamente. No pareció sorprendido. Solo soltó el cigarro al suelo y lo aplastó con la punta de su bota.
—Me aburría más contigo ahí adentro, sin tocarte —dijo, con la voz ronca.
No esperó más. La tomó por la cintura, la jalo hacia él, y sus bocas se estamparon con la fuerza de una descarga eléctrica. Él tenía la barba de tres días que le picaba en los labios, el sabor a tabaco y tequila en la lengua, y las manos grandes, sudorosas, que le subieron la falda en un movimiento seco, ávido. Sus dedos rozaron el bordado de sus calzones de encaje negro —los mismos que Jesús jamás había visto, porque no era el tipo de mujer que usaba encaje con su novio— y se detuvo un segundo, como para grabar el momento en su mente.
—¿Estás segura? —susurró, la frente apoyada en la suya, la respiración entrecortada.
—No me preguntes eso —respondió ella, y le metió la mano dentro del pantalón, agarrándole la verga dura y pesada a través de la tela de sus calzones—. Pregúntame si quieres que te la chupe aquí mismo.
Él gruñó, le separó la cabeza con un tironcito de pelo, y la besó de nuevo, más profundo, más mordiendo que besando. Le mordió el labio inferior hasta que lo sintió sangrar, y ella gimió, un gemido ahogado que sonó como una orden.
—Vamos al cuarto de visitas —dijo él, agarrándole la mano y jalándola hacia el pasillo—. Mi hermana tiene una niñera ahí dentro, pero no va a volver hasta la madrugada.
El cuarto de visitas olía a lavanda y polvo. Las cortinas estaban cerradas, la luz entraba apenas por los costados, pero bastó con un destello de luna para ver el deseo en sus ojos. Rogelio la empujó contra la puerta, le subió las rodillas hasta los muslos y se agachó a deslizarle los calzones por los tobillos. Ella se mordió el puño para no gritar cuando él le pasó la lengua por el clítoris, despacio, como si lo estuviera saboreando. Luego, con un movimiento brusco, la levantó, le abrió las piernas y se metió dentro de ella sin más aviso.
Natalia gritó.
No por dolor —había estado preparada con el condón que Rogelio siempre llevaba en la billetera—, sino por la intensidad. Él estaba más grande de lo que recordaba, más grueso, más *suyo* en ese instante. Se movió con ritmo lento, cada entrada una promesa de pecado, y ella le mordió el hombro para no hacer ruido mientras sus nalgas chocaban contra su cuerpo con cada empujón. Él le agarró los pechos, los apretó con fuerza, le rozó los pezones con los pulgares, y ella sintió que se le iba el mundo de las manos.
—Rogelio… —susurró entre jadeos—. Me vas a hacer gritar… Jesús está ahí afuera…
—Que escuche —dijo él, y le clavó una Entrada más profunda, más larga, hasta tocarle el fondo—. Que sepa que su novia se me está cayendo encima, que sepa que su suegra… que su suegra *me está cogiendo*.
La frase la hizo estallar.
Se le tensó el cuerpo, los ojos se le salieron un poco de las órbitas, y su vagina se contrajo como un puño alrededor de su verga. Rogelio le agarró la cara, la miró fijamente a los ojos y se corrió dentro de ella con un gemido ronco, casi gutural: “*Chingada madre…*”.
Se quedaron así, pegados, sudados, con las manos entrelazadas sobre la puerta, como si el mundo se hubiera detenido. Rogelio se retiró despacio, se dio vuelta y le limpió la sangre del labio con el pulgar.
—¿Te duele? —preguntó, y su voz ya no tenía esa dureza de antes.
—No —mintió ella—. Me duele que no sea siempre así.
Él la abrazó, la apretó contra su pecho, y ella cerró los ojos, oliendo su sudor, su jabón, el olor de su piel.
—Mañana, cuando regresemos a la ciudad —dijo él, la voz apenas un hilo—… te llamo. Te mando un mensaje. Y si no te contestas, te voy a buscar.
—Y si me contesto —respondió ella, y le sonrió con los ojos húmedos—… te voy a abrir la puerta sin calzones.
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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.