La primera vez que chingamos por videollamada con mi ex

La primera vez que chingamos por videollamada con mi ex

@diego_salas ·22 de octubre de 2026 · 🔥 0.0 (0) · 0 lecturas · 9 min de lectura

La primera vez que chingamos por videollamada fue un accidente. No, no en el sentido de un error, sino en el de algo que explotó sin que lo buscáramos: como cuando te olvidas de cerrar la llave del gas y de repente huele a quemado, pero en vez de gas, es *ella*. Mi ex. La que me dejó por “demasiado intenso”, por “demasiado presente”, por “no dejar espacio para respirar”. Claro, ahora la respiración la hacía yo aislado, en mi apartamento del Polanco, con la nevera medio vacía y un gato que me miraba con desprecio mientras yo revisaba por décima vez el historial de videollamadas de Zoom: “Liliana, 21:03 — 21:47”, “Liliana, 21:52 — 22:15”, “Liliana, 22:18 — 22:22”. Sí, la última fue cortada de golpe, como si alguien le hubiera pateado la computadora. Pero no. Fui yo. Yo la corté.

Todo empezó con un mensaje. No un “hola”, no un “¿qué tal?”, sino un “¿aún usas ese reloj que te regalé?” acompañado de una foto borrosa de mi muñeca, con el pulso levantado, como si acabara de correr. Me costó un par de segundos reconocer la cámara. Me había cambiado de outfit, me había afeitado hasta las cejas (sí, ya no soy ese chico de veinticinco que se dejaba crecer el vello como un oso), y aún así, la cámara lo captaba todo: el brillo de sus ojos, la curva de su cuello, el brillo del sudor en el labio superior. No era una sudoración de esfuerzo. Era de nervios.

—¿Ese reloj? —le respondí, fingiendo casualidad—. Sí, lo uso hasta cuando me baño. Ya lo rompí tres veces, pero no lo cambio.

Ella rio. No un “ja, ja”, sino un *caché*, su risa de siempre, esa que antes me hacía querer tirarla al suelo y besarle el cuello hasta que le saliera un lunar nuevo.

—¿Todavía te bañas con el reloj? ¿En serio, Diego?

—Sí. Me gusta sentir tu tiempo en mi muñeca. Aunque… ahora que lo pienso, ya no te tengo.

—¿No? —dijo, y sus pestañas parpadearon lento, como si estuviera calculando algo—. Entonces… ¿qué te lo recuerda?

—Eso es cosa tuya.

Callamos. El silencio no fue incómodo. Fue espeso. Como el aire antes de una tormenta en el Valle de México. Ella se inclinó un poco hacia la cámara, y el encuadre se acortó: ahora solo se veía su cara, sus ojos grandes, su labio inferior más grueso que el de ella, pero suyo, único. Me di cuenta de que llevaba una franela de algodón suelto, blanca, sin sujetador. Y no era por descuido. Era por *ello*. Por mí. Por lo que íbamos a hacer.

—¿Podemos hablarnos sin que nadie escuche? —susurró.

—Sí —le dije, y apagué el sonido del gato, que había empezado a maullar en la terraza como si supiera algo—. Ya no tengo a nadie que me escuche.

—Yo tampoco.

—¿Estás sola?

—Más que nunca.

Y ahí, sin más, sin preparación, sin plan, sin ni siquiera un “¿te acuerdas de cómo era?” o “¿te arrepientes?”, ella se inclinó hasta que su rostro desapareció del encuadre y la cámara se volvió hacia abajo. Yo no supe qué esperar hasta que vi sus manos. Sus manos, esas manos largas, con las uñas bien cortas y el anillo de plata que le regalé en el dedo índice, el mismo que nunca se quitó. Y luego… se quitó el anillo.

No con miedo. No con timidez. Con intención. Lo dejó sobre la mesa de madera clara, junto a un vaso medio lleno de agua con hielo, y se levantó la franela. Poco a poco. Como si fuera una coreografía que habíamos rehecho en nuestra mente diez veces desde que nos separamos. Primero los hombros, luego los pechos, redondos, firmes, con los pezones ya endurecidos, como si hubiera estado pensando en mí mientras se vestía. Y luego… el triángulo oscuro entre sus piernas. No era pelvis estrecha, no era ancha: era *ella*, con sus caderas que siempre me habían encantado para apretarlas cuando la cogía por detrás.

—¿Ves? —dijo, con la voz rota, pero firme—. Sigo sin nada debajo. Aunque hoy no llevaba ropa interior.

—Sí lo veo —le respondí, con la boca seca—. Y me duele.

—¿Por qué?

—Porque no la he visto en dos años. Porque la recuerdo, sí, pero no como esto. No como ahora. No tan *real*.

Ella sonrió. Esa sonrisa que solo me mostraba cuando estábamos solos, cuando no había nadie que la juzgara, cuando me dejaba ser yo sin miedo a romper algo.

—¿Quieres que te lo muestre?

—Sí —dije, sin dudar—. Pero no me digas “quiero”, porque eso es poco. Quiero que me lo *muestres*. Quiero que me lo *des*.

No respondió con palabras. Lo hizo con acción. Se separó un poco las piernas, con una lentitud que me partió el alma. Me miró a los ojos y se pasó los dedos por el monte de Venus, sin presionar, solo rozando, como si estuviera probando su textura, como si lo estuviera oliendo. Y luego —oh, Dios, luego— se metió un dedo. No rápido. No furioso. Lento. Profundo. Hasta la segunda falange. Se quedó así, con el dedo hundido, el pulgar apoyado en su clítoris, y me miró. Me *desnudó* con la mirada.

—¿Así? —susurró—. ¿O quieres que te lo muestre de otra forma?

—Sí —le dije, con la verga ya dura, apretada contra el pantalón—. Ahora… ahora quédate quieta.

No me hizo caso. Se movió. Un poco más rápido ahora, con la respiración entrecortada, los ojos cerrados. Se lo metió dos veces, tres, y cuando lo sacó, se lo llevó a la boca. Me lo mostró. Con su lengua. Con su boca húmeda. Me lo dio *a mí*, aunque estuviera a veinte kilómetros de distancia. Yo no pude esperar más. Me levanté de la silla, desabroché el pantalón y saqué mi verga. Ya estaba pegajosa, sudada, con la punta brillante. Me agarré con la mano derecha, con fuerza, y comencé a moverla. Lento. Como ella. Como ella quería.

—Mírame —le dije, sin dejar de frotarme—. Mírame mientras me corro por ti.

Ella me siguió. No se detuvo. Se metió otro dedo. Ahora dos. Y se movió. No era una coreografía. Era un grito callado. Un *chingo* silencioso que solo nos pertenecía. Sus pechos se balanceaban con cada movimiento, sus caderas se arqueaban, y cuando me miró a los ojos y me dijo:

—¿Te gustaría estar aquí? ¿Poder tocarte mientras me tocas?

—Sí —le dije, con la voz rota—. Quiero estar *dentro* de ti. No en pantalla. No en recuerdo. *Dentro*.

—Entonces… ven.

—¿Cómo?

—No con el cuerpo. Con la palabra. Con la mano. Con el aliento. Con todo menos con el cuerpo. Pero *ven*.

Y yo entendí. Porque esa era la clave. No era verla. Era *sentirla*. Era que su voz, su respiración, su olor (aunque no lo pudiera percibir, lo imaginaba: vainilla y sal), su calor… todo eso me lo estaba dando. Y yo le daba a cambio lo mío: mi verga dura, mis ojos fijos, mi voz quebrada, mi sudor, mi deseo, mi *vida*.

Me acerqué más a la cámara. La pantalla me tapaba la cara, pero no importaba. Ella ya me conocía. Sabía cómo me ponía cuando me corría. Sabía que mis ojos se ponían blancos, que mi boca se abría sin sonido, que mis dedos se crispaban. Y entonces… se movió. Más rápido. Más profundo. Y me dijo:

—Diego… me voy a correr. Pero no contigo. Contigo. Contigo *real*.

Y se corrió. Con los ojos abiertos, mirándome, sin apagar la cámara, sin cubrirse. Se corrió con sus dedos dentro, con su pecho subiendo y bajando, con su boca entreabierta, y un “ahhh… ahhhh… *ahhh*” que solo yo escuchaba. Y yo me corrí. Como un loco. Sin cuidado, sin vergüenza, sin nada. Me corrí en la mano, en la pared, en el suelo, mientras gritaba su nombre como si estuviera en una iglesia y ella fuera mi santa.

—¡Lili! ¡Lili, maldita! ¡Te quiero! ¡Te quiero así, así te queme!

—¡Diego! ¡Sí! ¡Sí, así! ¡Te muerdo si me tocas así! ¡¡¡Te muerdo!!! —y se corrió de nuevo, esta vez con un grito ahogado, como si le hubieran clavado un cuchillo en la espalda.

Se quedó quieta. Respirando fuerte. Con los dedos aún dentro. Con la mirada perdida. Y yo… yo aún la miraba. No la cámara. A *ella*. A la mujer que me había dejado, que me había traicionado, que me había hecho llorar en el baño de su casa cuando yo creía que era el amor de mi vida. Y ahora… ahora me había corregido. Me había *recuperado*.

—¿Qué hacemos ahora? —le pregunté, con la verga aún dura, pero ya blanda, colgando.

Ella se limpió con la manga de la franela, se puso de pie, y se volvió a poner el sujetador. No rápido. No nerviosa. Como si ya hubiera hecho ese movimiento miles de veces. Se abrochó, se ajustó la franela, y me miró de nuevo.

—Ahora… —dijo, con una sonrisa que me partió el alma—. Ahora llamamos a un taxi.

—¿Un taxi?

—Sí. A tu casa. A las siete. Tú limpias la pantalla. Yo me pongo un vestido rojo. Y esta vez… no usamos cámara.

—¿Y si no me gusta?

—Entonces te muerdo de nuevo.

—¿Y si me gusta?

—Entonces… no te suelto.

Y colgó. Sin despedida. Sin “te quiero”. Sin “hasta luego”. Solo una llamada terminada. Y yo, ahí, con la verga en la mano, el olor de su sudor imaginario en la nariz, y el sabor de su nombre en la lengua.

La esperé. Como un idiota. Como un tonto. Como un hombre que ya no sabía si la quería o si la necesitaba. Pero la esperé. Y cuando sonó el timbre, a las siete en punto, con el vestido rojo que le compré en Polanco, con sus nalgas que me daban miedo de no poder abrazarlas todas juntas, con su boca que me hacía perder el sentido… no la besé. No la abracé. La tomé de la mano, la senté en la cama, y le dije:

—Ahora *te* toca a mí.

Y así fue. No hubo videollamadas. No hubo pantalla. Solo piel. Solo calor. Solo ella, jadeando, con sus piernas en mis hombros, su culo subiendo y bajando, su Verga metida hasta el fondo, su voz rota:

—¡Sí, Diego! ¡Sí! ¡Me la comes otra vez! ¡¡Me la comes como la última vez!!

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@diego_salas

Reencuentros, química que estalla, segundas oportunidades en la cama. Escribo pasión de la que deja marca.

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