La primera vez en el cuarto de invitados

La primera vez en el cuarto de invitados

@el_profesor ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

La luz del atardecer se colaba por las rendijas de las persianas entreabiertas, dibujando rayas doradas sobre el suelo de madera del cuarto de invitados. Eran las cinco y media. El silencio del departamento —habitado apenas por dos personas desde que el resto de la familia había partido hacia el norte— pesaba como una manta cálida, ligeramente opresiva, pero no incómoda. Mateo había preparado el espacio con cuidado: sábanas frescas, una vela de vainilla sobre la mesita de noche, el ventilador apagado para que no interrumpiera el sonido que ambos sabían que querrían escuchar.

—¿Estás seguro? —preguntó Lucía, sentada al borde de la cama, con las manos entrelazadas sobre el muslo y los ojos bajos. Había traído un vestido sencillo de algodón color crema, de tirantes finos, que dejaba entrever la curva de sus hombros y la suavidad de sus brazos. No era una pregunta de duda, sino de confirmación. De respeto.

—Sí —respondió Mateo, acercándose despacio, hasta sentir el calor de su cuerpo a menos de treinta centímetros—. Pero no por esto. Por ti. Si no quieres, paramos ahora.

Ella levantó la vista. Sus ojos, oscuros y profundos como el café sin azúcar que habían compartido hace apenas una hora, brillaban con una mezcla de ansiedad y determinación. Tenía veintidós años. Él, treinta y cinco. Ambos solteros. Ambos conscientes de lo que significaba esto: no era solo un acto, era un umbral.

—Es mi primera vez —dijo, y su voz no tembló, pero se volvió más baja, más íntima, como si cada palabra la arrancara de dentro con lentitud—. No quiero que sea rápido. Ni raro. Solo…自然.

Mateo asintió, y esta vez fue él quien tomó su mano. La sostuvo entre las suyas, rozando con el pulgar la delicada curva de su nudillo.

—Entonces lo haremos lento. Tan lento como quieras. Tan largo como necesites.

Se sentaron juntos, sin apuro, con las piernas casi tocándose. Él le acarició el brazo, desde el codo hasta el hombro, notando cómo la piel de ella se erizaba al contacto, sin retira rse. Lucía inclinó la cabeza, dejando que su cabello le cayera sobre la cara, y cuando él pasó los dedos por detrás de su oreja para deslizarlos por su cuello, ella exhaló un suspiro que no sabía si era de miedo o de entrega.

—¿Te duele si te tomo la cara? —preguntó Mateo, con la palma abierta a la altura de su mejilla.

Ella no respondió con palabras. Solo giró el rostro y presionó su frente contra su cuello, inhlando su olor —jabón de aloe, un toque de sándalo—, y murmuró un «sí» apenas audible.

Fue él quien se inclinó primero. Un beso suave, apenas un roce de labios, como si probara la temperatura de su piel. Lucía respondió con una pausa, luego con una apertura más profunda, dejando que su boca se abriera bajo la suya. Su lengua encontró la de él con timidez, casi explorando, como si temiera que el gesto se rompiera si lo hacía con demasiada seguridad.

Se separaron a regañadientes, pero no para detenerse. Él deslizó la mano bajo la tela del vestido, rozando su muslo, y ella no se apartó. Al contrario, inclinó la cabeza hacia atrás, ofreciéndole el cuello, permitiéndole morder con suavidad esa zona tan vulnerable. Ella gimió —un sonido bajo, casi inaudible—, y su mano izquierda se crispó en la sábana, mientras la derecha buscaba la nuca de él, halándolo con suavidad para repetir el beso.

Él se puso de pie. Ella lo siguió, despacio, dejando que él le ayudara a deslizar los tirantes por los brazos. El vestido cayó al suelo como una hoja seca. Debajo llevaba una tanga de encaje color champagne, delicada, casi transparente. Mateo no se apresuró a tocarla. Solo se arrodilló frente a ella, pasó los dedos por sus muslos, sintiendo la humedad que ya se había acumulado allí, imperceptible para cualquier otro pero evidente para su piel entrenada en la lectura silenciosa del deseo femenino.

—¿Te gusta que te toque así? —preguntó, mientras sus yemas se deslizaban por el borde del encaje, rozando la piel húmeda de su vulva.

Lucía asintió, con los ojos cerrados y la boca entreabierta.

—No te preocupes por hacerlo bien. Solo sé tú.

Y entonces, cuando él la ayudó a quitarse la tanga y ella se recostó sobre la cama, con las piernas ligeramente separadas, sin avergonzarse, sin apurar, fue él quien se despojó de su camiseta, de sus pantalones, dejando que su cuerpo —ágil, marcado por el ejercicio pero no agresivo— se acostara a su lado. Se tocaron entonces con cautela, como si descubrieran un mapa antiguo, cada curva, cada pliegue, cada marca de su historia recién empezada. Y cuando por fin él se posicionó entre sus piernas, ella lo miró a los ojos, tomó su mano, y la puso sobre su pecho, sobre su corazón.

—Aquí —dijo—. Si sientes que se acelera, sabes que estoy con vos. No por miedo. Porque sí.

Él asintió, y se inclinó para besarla, profundamente, mientras se deslizaba dentro de ella con una lentitud que era casi dolorosa en su suavidad.

Ella no gritó. Solo cerró los ojos, soltó un

También en: RománticoHeteroOral

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Primera vez