La noche que mi vecina subió a mi departamento a devolver el control remoto
7 minLa noche que mi vecina subió a mi departamento a devolver el control remoto
Suponés que después de vivir veinte años en el mismo edificio, conocés a los vecinos por lo menos de oído, por la puerta entreabierta, por el eco de las risas en el ascensor. Pero yo nunca había hablado con Lucía —sí, esa Lucía que vive en el 4B, la que tiene los labios como cerezas maduras y los ojos color miel que nunca miraban directo a nadie— hasta que una noche de viernes, con el aire cargado de humedad y esa sensación de que el verano se estaba quedando sin ganas de rendirse, sonó el timbre.
Abrí la puerta sin pensarlo, en short y camiseta, el pelo medio despeinado por el sudor de estar todo el día sentado frente a la pantalla. Y ahí estaba ella, parada en el pasillo, con una luz cálida del hall que le dibujaba las curvas como si fuera una pintura. Tenía una camiseta blanca demasiado grande, que le colgaba de los hombros y dejaba ver un par de centímetros del tirante del sostén negro. En la mano, el control remoto de la tele, como si fuera un objeto sagrado.
—¿Perdoná, vos sos el del 3C, no? —me preguntó, y su voz era suave, pero con esa punta de burla que me hizo pensar que ya me había visto antes.
—Sí, soy yo. Renato. Y vos, Lucía, del 4B.
Ella sonrió, lento, como si cada músculo de su cara estuviera calculando cuánto podía soltarse sin cruzar la línea.
—Sí. El otro día pasaste frente a mi ventana con esa camiseta de los 90 que decía *“Yo cogí y me fui”*… —se mordió el labio inferior, y ahí, sí, me derritió—. Me gustó.
Me quedé quieto. La puerta entreabierta, la humedad del corredor pegándole a la piel, y su mirada clavada en mí como una mano que ya me había agarrado la nuca.
—El control remoto… —volvió a decir, como si se acordara de algo importante—. Te lo devuelvo, porque el otro día te lo dejé prestado sin querer, ¿no?
—No, yo no te lo presté, Lucía.
—Ah, bueno. Tal vez fue un sueño. O tal vez… —hizo un paso hacia adentro, sin esperar permiso, y cerró la puerta detrás de sí con un clic suave—. Tal vez quieras que lo guardemos en otro lado, donde no se nos pierda.
Me dio el control. Pero no soltó el mío cuando tocaron nuestras manos. Y yo, sin saber cómo, lo agarré por la muñeca, con suavidad, como si temiera que se me escapara.
—¿Y si yo te lo devuelvo… en efectivo? —le dije, y mi voz sonó más grave de lo que pretendía.
Ella me miró fijo, sin parpadear, y entonces se acercó hasta que su respiración rozó mi cuello.
—Depende de cuánto quieras pagar.
No me atreví a decir nada más. Me di cuenta de que estaba temblando. No de vergüenza, no. De ganas. De esas ganas que te hacen sentir que el cuerpo te pesa más que la gravedad.
Me volví a besarla. Fue inevitable. Como si el aire entre nosotros se hubiera vuelto eléctrico y la única forma de no explotar era unirnos. Su boca fue blanda, húmeda, con sabor a menta y algo más, algo que me hizo cerrar los ojos y pensar: *esta es la primera vez que me dejo llevar sin preguntarme por qué*.
Me besaba con lentitud, pero con fuerza, como si cada segundo contara. Y cuando sus manos subieron por mi pecho, rozando los pezones con la yema de los dedos, solté un gemido que ni yo sabía que tenía guardado.
—Vamos a la cama —le susurré al oído, y ella asintió, sin soltar mi cara, como si temiera que desapareciera si abría los ojos.
La alcancé de la cintura, la levanté sin esfuerzo (sí, me gustaba que lo notara), y la dejé sobre el colchón con cuidado. Ella no se movió. Se quedó quieta, mirándome, con esa camiseta que parecía hecha para que la despojara.
—¿Me dejás quitársela? —le pregunté, y ella solo inclinó la cabeza, como sí me estuviera dando permiso para tocar algo que ya conocía desde siempre.
Le desabroché los botones, lento, hasta que la tela se abrió como una flor. Bajo no llevaba nada. Solo el sostén, que se veía bien ajustado, con los bordes negros y finos. Me incliné y le besé el pecho, primero uno, después el otro, con la lengua rozando el pezón, con los dientes apretando un poco, hasta que ella soltó un *ahhh* largo, con las manos en mis cabellos, pidiéndome que no parara.
—Sí, así —me dijo—. Pero después… después querés ver lo que te guardo en el cajón de la mesita.
Me levanté un poco, la miré a los ojos, y le dije:
—Hace rato que guardo algo para vos.
Le saqué el sostén, despacio, y cuando sus pechos se liberaron, se me cortó el aliento. Eran perfectos: redondos, firmes, con ese tono dorado que se ponía más oscuro cuando la excitación la atravesaba. Le besé el ombligo, le desabroché el pantalón de algodón que llevaba encima, y cuando lo bajé un poco, vi la concha pelada, bien lisa, con un pequeño lunar justo arriba del monte de Venus.
—Sos hermosa —le dije, y me lo creí.
Me quitó la camiseta, y entonces fue su turno de mirarme. Me acarició el pecho, el abdomen, y cuando me agaró la verga a través del short, me estremecí como si me hubiera dado un tiro.
—Qué bien que tenés —dijo, con la voz un poco rota—. Grande, firme… y calentita.
Me ayudó a sacármela, y yo me le subí encima, con la verga apoyada en su concha, rozando el clítoris con la punta. Ella gimió, arqueó la espalda, y me dijo:
—Andá, cogeme. Que ya me tenés ganas.
Le abrí las piernas con suavidad, y cuando la penetré, lento, vi que cerraba los ojos. No era un acto, era un regalo. Cada centímetro que entraba la hacía suspirar, con los dedos clavados en mis brazos, como si necesitara un ancla.
—Decime si te gusto —le susurré, mientras la empujaba adentro, con más fuerza.
—Sí —gimió—. Me gustás mucho, Renato. Me gustás más de lo que pensaba.
Cogíamos con calma, al principio, como si el tiempo nos perteneciera. Pero después, cuando la vi sudar, cuando la escuché soltar ese *jodé, jodé* que no sabía que tenía, cuando sus caderas empezaron a moverse conmigo, como si nos estuviéramos buscando, entonces sí, fue cuando me dejé ir.
Me paré un poco, la tomé de las piernas, y la subí hasta sentirla apretada, dentro, agarrada, mía. Ella se agarró de mis hombros, me miró a los ojos, y me dijo:
—Dame el culo, Renato. Quiero sentirte todo.
La tomé por la cintura, la volví boca abajo, y la froté contra mí, con la verga en su agujero, untada con la humedad de su concha. Le metí un dedo, despacio, mientras la otra mano le acariciaba el clítoris, y cuando sintió que estaba lista, la empujé dentro, con un solo movimiento.
—Dios… —murmuró—. Qué bien. Qué rico.
Culeamos así, con ella arrodillada, las manos en la colcha, la cabeza baja, los cabellos cayéndole sobre los ojos. La pegaba fuerte, cada golpe hacía que su cuerpo temblara, y yo sentía que no era solo sexo, era algo más, algo que no sabía nombrar pero que me hacía sentir que había encontrado algo que no sabía que estaba buscando.
Cuando me di cuenta, ya estaba a punto, y ella se giró, me agarró la cara, y me besó mientras yo me corría adentro, con un gemido que me salió del fondo, como un latido que no sabía que tenía.
Se quedó quieta un momento, con la verga still dentro de ella, y luego me miró, con una sonrisa que no tenía nada de pícara, pero sí de algo más verdadero.
—¿Volvemos a hacerlo? —le pregunté.
Ella solo se levantó, me besó la frente, y me dijo:
—Si vos me volvés a prestar el control remoto.
Y yo, sin dudar, le devolví el beso.
—Siempre, Lucía. Siempre.
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