La noche que me folló por webcam
7 minLa noche que me folló por webcam
Era una noche de junio en la que el aire se había vuelto pesado, como si la ciudad entera estuviera conteniendo la respiración. Lucas, de 32 años, con el cuerpo aún marcado por los años de gimnasio y la piel ligeramente sudorosa por el calor del cuarto, se sentó en la cama, el portátil abierto frente a él, la cámara encendida. La luz tenue de la lámpara de escritorio iluminaba su pecho, los brazos, el vello oscuro que bajaba desde su ombligo hasta el borde de los pantalones de algodón que llevaba puestos. No se había quitado la ropa. Aún no.
En la pantalla, apareció su nombre: “Luna_89”. Ella lo había elegido. Él nunca le había preguntado su nombre real. No importaba. Ella era una voz, una piel, un cuerpo que se movía con una lentitud que lo volvía loco. Hablaban desde hace tres meses. Primero solo mensajes, luego videollamadas cortas, risas forzadas, silencios incómodos. Hasta que, una noche, ella le pidió: “Quiero que me veas desnuda. Pero no te toques. No hasta que yo te lo diga.”
Él accedió. Y desde entonces, cada viernes, a las 11 p.m., se encontraban. Sin hablar mucho. Solo mirándose. Ella, siempre en la oscuridad, con una sola vela encendida a su lado. Nunca mostraba su rostro. Solo su cuerpo. Y ese cuerpo era todo lo que él necesitaba.
Esa noche, ella apareció con una camisa negra de seda, abierta hasta el ombligo, y nada más. Sus pechos, grandes y redondos, con pezones oscuros y erectos, se movían con cada respiración. No llevaba sujetador. El vello púbico, recortado en una línea fina, se dibujaba justo debajo del borde de la camisa. Lucas sintió que su pene se tensaba, pesado, ya medio erecto, presionando contra el tejido de sus pantalones.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella, con una voz baja, casi un susurro, pero con una claridad que lo atravesaba como un cuchillo.
—Sí —respondió él, con la garganta seca—. Te quiero ver más.
Ella no respondió. Solo levantó una mano y deslizó lentamente la camisa por sus hombros. La seda resbaló como agua, cayendo al suelo sin ruido. Ahora estaba completamente desnuda. Su cuerpo era una escultura de piel oscura, curvas suaves, caderas anchas, y un vientre ligeramente hundido, con una línea que bajaba hacia su sexo. Su vulva estaba completamente expuesta, húmeda, los labios entreabiertos, brillantes por la humedad que ya empezaba a acumularse.
Lucas dejó escapar un gruñido.
—No te toques —dijo ella, con una sonrisa en la voz—. Te dije que no.
Él apretó los puños, las uñas clavándose en las palmas. Su pene estaba completamente erecto ahora, la cabeza roja, el prepucio tirante, con una gota de líquido preseminal que resbalaba por el eje. Lo sujetó con la mano derecha, no para masturbarse, sino para contenerse. Para obedecer.
—¿Quieres que te muestre algo? —preguntó ella.
—Sí —respondió él, con la voz rota—. Todo.
Ella se inclinó hacia adelante, acercando la cámara hasta que su vagina llenó completamente la pantalla. Lucas vio cada pliegue, cada brillo, cada pequeño vello que rodeaba su entrada. La humedad era evidente. Su clítoris, pequeño y hinchado, pulsaba suavemente, como si latiera con su propio ritmo.
—Mira bien —dijo ella—. Esto es lo que voy a usar para hacerte venir.
Con un dedo, lentamente, se deslizó entre los labios. Lucas contuvo la respiración. Ella introdujo el índice hasta la primera falange, moviéndolo con una lentitud torturosa. El sonido era apenas un susurro húmedo, pero Lucas lo escuchaba como si estuviera dentro de su cabeza.
—¿Lo sientes? —preguntó ella—. ¿Sientes cómo se abre?
—Sí —gimió él—. Sí, lo siento.
Ella añadió el segundo dedo. La entrada se expandió, se humedeció más, y luego, con una presión suave, se metió hasta la segunda falange. Lucas vio cómo su piel se estiraba, cómo los labios se deformaban alrededor de sus dedos, cómo la humedad se volvía más abundante, resbalando por sus muslos.
—¿Quieres que te muestre cómo me toco cuando pienso en ti? —preguntó ella.
—Sí —susurró él—. Por favor.
Ella retiró los dedos, lentamente, y los llevó a su boca. Los chupó uno por uno, con una lentitud que lo hizo gemir. Lucas vio cómo su lengua se enrollaba alrededor de cada dedo, cómo la saliva brillaba en la luz de la vela, cómo su labio inferior se hinchaba con el placer de la acción.
—Esto es lo que voy a hacer cuando estés dentro de mí —dijo ella—. Pero no vas a estar dentro. No hoy. Hoy solo vas a mirar. Y vas a venir solo por verme.
Lucas ya no podía contenerse. Su mano se movió sola, agarrando su pene con fuerza. El prepucio se deslizó, expuso la cabeza completamente, y su mano subió y bajó, rápido, desesperado.
—¡No! —exclamó ella, con una voz más dura—. ¡Te dije que no te toques!
Él se detuvo en seco. El pene se tensó, temblando, con la erección a punto de explotar. Una lágrima de placer se le formó en el ojo.
—Lo siento —murmuró.
—No te disculpes. Escucha.
Ella se recostó sobre la cama, las piernas abiertas, el cuerpo completamente expuesto. La cámara estaba fija, capturando cada detalle. Sus pechos subían y bajaban con la respiración. Su vagina, aún húmeda, se abría y cerraba ligeramente con cada exhalación.
—Voy a tocar mi clítoris —dijo ella—. Y cuando me venga, tú vas a venir conmigo. Pero no te tocas. Solo miras. Y cuando te vengas, lo haces por mí. Porque te lo ordeno.
Lucas asintió, con la cabeza, con el cuerpo, con todo su ser. No podía moverse. No quería moverse.
Ella colocó su pulgar sobre el clítoris, y lo presionó.
El primer movimiento fue lento. Un roce apenas. Pero el cuerpo de ella se arqueó. Una pequeña exclamación escapó de sus labios. Luego, más rápido. Un movimiento circular, firme, constante. Sus pechos se tensaron, los pezones se endurecieron aún más. Sus muslos se cerraron un poco, luego se abrieron de nuevo, como si su cuerpo intentara atraer el placer hacia adentro.
—Sí —gimió—. Sí, así… más fuerte…
Lucas no podía creer lo que veía. Su pene estaba tan duro que dolía. El líquido preseminal corría por su eje, mojando su mano. Pero no se movía. No se atrevía.
—Ya casi —susurró ella—. Te voy a hacer venir conmigo.
Su pulgar se movió más rápido. Sus dedos se hundieron en la cama. Su cabeza se lanzó hacia atrás, el cuello estirado, la boca entreabierta. Y entonces, con un grito ahogado, su cuerpo se sacudió. Su vagina se contrajo, como si alguien la apretara desde dentro. La humedad se volvió más abundante, corriendo por sus muslos, brillando en la luz. Su clítoris se hinchó aún más, y luego, con un último temblor, se relajó.
—¡Ah! —exclamó—. ¡Dios!
Lucas sintió que algo dentro de él se rompía. No había tocado su pene. No había movido un músculo. Pero el placer la había alcanzado, y él lo recibió como si fuera suyo. Su cuerpo se tensó, su vientre se contrajo, y con un grito que salió de lo más profundo de su pecho, su semen explotó. No lo controló. No lo intentó. Su pene latió, y una primera descarga salió en un chorro grueso, blanco, que se estrelló contra su pecho. La segunda, más corta, le manchó el abdomen. La tercera, casi una gota, cayó sobre su muslo.
No se detuvo hasta que se quedó vacío.
Se desplomó sobre la cama, respirando con dificultad, el pecho subiendo y bajando, el pene aún palpitando, goteando. No dijo nada. No podía.
En la pantalla, ella estaba sonriendo. No con una sonrisa triunfante. Con una sonrisa tranquila. Como si hubiera hecho lo que siempre había querido.
—¿Te gustó? —preguntó.
—Sí —respondió él, con voz ronca—. Me follaste. A través de la pantalla.
—Sí —dijo ella—. Y lo volveré a hacer. Cada viernes. Hasta que tú me pidas que deje de hacerlo.
—Nunca lo haré —susurró él.
Ella apagó la cámara. La pantalla se volvió negra.
Lucas se quedó allí, desnudo, con el semen seco en su piel, el corazón aún latiendo fuerte. Sabía que no la vería hasta la próxima semana. Pero ya no le importaba.
Ella lo había dominado. Sin tocarlo. Sin siquiera mostrar su rostro.
Y él la amaba por eso.
¿Qué tanto te calentó?
Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.