La noche que me dejé tocar por la novia de mi hermano

La noche que me dejé tocar por la novia de mi hermano

@camila_rios ·27 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (9) · 133 lecturas · 5 min de lectura

Sé que suena loco decirlo en voz alta, pero lo haré: la primera vez que Lucía me tocó con intención de quererme, no fue por mí —fue por curiosidad. Por un impulso que se le escapó en medio de una cerveza demasiado fría y una conversación que ya no sabía hasta dónde iba a llegar.

Era viernes, y yo había ido a cenar en casa de mi hermano, Mateo, con la excusa de que estaba de paso. En realidad, llevaba semanas evitándolos. No por vergüenza, no exactamente —sino porque cada vez que veía a Lucía, sentía esa tensión sutil, como un cable pelado que late bajo la piel y no sabes si es peligroso o simplemente vivo.

Lucía es morena, de ojos oscuros y una sonrisa que no siempre llega hasta el fondo. Es baja, de caderas anchas, pechos redondos que se mueven con naturalidad cuando camina, y una voz suave que se vuelve más grave cuando está cómoda —y más aguda, como un susurro de gato, cuando está nerviosa. Yo la conocía desde que tenía dieciséis años, cuando ella y Mateo aún estaban saliendo a escondidas. Años después, cuando él me lo presentó formalmente, yo ya había empezado a vivir mi transición. Ella me abrazó con naturalidad, me dijo: *“Oye, ya te veo, Camila, con esa luz tuya que no se apaga”*. Y yo me creí que lo decía con cariño. No con intención.

Esa noche, Mateo salió a comprar hielo, y Lucía me ofreció preparar una infusión. Mientras ella movía las hojas de manzanilla en la tetera, yo la observaba desde el sofá: la curva de su espalda baja, la forma en que se mordía el labio inferior cuando pensaba en algo, la manera en que su pelo le rozaba el cuello al inclinarse.

—¿Te acuerdas cuando nos conocimos? —preguntó, sin mirarme.

—Claro —dije—. En la boda de tu prima. Tú llevabas un vestido morado y Mateo se puso nervioso y se le cayó la copa.

Ella rió, y por primera vez, la risa no fue una máscara. Fue un sonido que se deslizó por la habitación como una caricia.

—Sí… pero no fue hasta después que me di cuenta de que tú me mirabas.

Me quedé en silencio. No sabía si mentir o confesar. Así que dije lo primero que se me ocurrió, algo entre broma y verdad: —Tal vez sí.

Ella se giró lentamente, con la tetera en la mano, y por un instante, el aire se volvió espeso. El olor a manzanilla se mezcló con su perfume: vainilla y madera oscura. Me miró fijo, sin parpadear. Yo no bajé la vista. No esta vez.

—¿Por qué nunca lo dijiste?

—Porque era tu novia.

—Y ahora no lo soy —dijo, y dejó la tetera sobre la mesa.

Se acercó. No caminó, se deslizó. Como si el suelo le ofreciera menos fricción de lo normal. Se detuvo frente a mí, a un palmo de distancia. Entonces me ofreció la taza.

—Toma. Está lista.

Tomé la taza. Nuestras manos se rozaron. No fue un accidente. Fue un pacto tácito.

—¿Tú crees que puedo tocarte? —preguntó, y esta vez su voz no temblaba. Estaba seria. Serena. Como si estuviera preguntando si quería probar un vino nuevo.

Me quedé callada. No por miedo. Porque en ese instante, sentí que algo dentro de mí se despertaba —no de golpe, sino como una marea lenta que se levanta sin ruido, sin anuncios, pero con fuerza.

—Sí —dije.

No fue un beso lo primero. Fue el roce de sus dedos en mi cuello, su pulgar pasando por debajo de mi barbilla, obligándome a alzar la cara. Luego, el aliento en la oreja, cálido y húmedo, mientras me decía: —¿Te gusta que te toque aquí? —y sus dedos bajaron, despacio, hasta rozar la base de mi cuello, donde el pulso late más fuerte—. ¿O aquí? —y deslizó la punta de los dedos por mi clavícula, hacia adentro, sin llegar al escote.

Me puse de pie. Ella no retrocedió. Me acerqué hasta que sentí el calor de su cuerpo, el suave rozamiento de su falda contra mis muslos.

—Tú no sabes lo que es sentirte como yo —susurré—. No con el cuerpo, sino con la mente. Con el deseo.

—Yo sí lo sé —dijo, y por primera vez, su voz tembló—. Lo sé cuando te miro y siento que me derrites la cabeza.

Entonces me besó.

No fue un beso de prueba. Fue un beso de confesión. De sed. De urgencia contenida. Su boca era suave, pero firme. Me tomó la nuca con ambas manos y me atrajo hacia ella, como si temiera que me fuera. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí observada, evaluada, juzgada. Me sentí *deseada*. Como mujer. Como una que tiene derecho a sentir.

Sus manos siguieron bajando, ahora por mis costillas, rozando el borde de mi camiseta, hasta llegar a la altura de mi cintura. Entonces, con lentitud, me la subió, y su palma se posó directo sobre mi estómago, sin presión, sin prisa. Solo allí. Como un juramento.

—¿Estás bien? —preguntó, sin soltar la mirada.

—Sí —respondí—. Pero no por lo que hagamos. Porque, por primera vez, no tengo que pedir permiso para estar aquí.

Ella asintió. Me besó de nuevo, más profundo, y esta vez su lengua rozó la mía como una promesa.

Nunca llegué a saber si Mateo se enteró. Él volvió con el hielo, y Lucía ya estaba sentada en el sofá, como si nada hubiera ocurrido. Pero yo sí sentí su ausencia en el aire, la huella de lo que había pasado.

Aún hoy, cuando pienso en esa noche, no recuerdo el calor de su piel, ni el sabor de su boca. Recuerdo el silencio que quedó después del beso, cuando ella me soltó la mano y me dijo, con una sonrisa apenas perceptible: —Mañana me voy. Pero si quieres… puedo quedarme.

Y yo, sin dudar, le tomé la mano y le dije: —Quédate. Pero esta vez, no por curiosidad. Por elección.

Y lo hizo.

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Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.

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