La noche que me comí a mi jefe

La noche que me comí a mi jefe

@isabella_mar ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 5 min de lectura

Sí, capaz suena raro escrito así, pero fue exactamente eso lo que pasó. Me comí a mi jefe. Y no en sentido figurado, carajo. Lo cogí con los dientes, con las uñas, con la lengua, con todo lo que tenía adentro. Y todo empezó ese jueves de calor agobiante, cuando el aire acondicionado del estudio se rompió y todos empezamos a sudar como cerdos en carnicería.

Yo, Isabella, con mi blusa ceñida, shorts cortitos y los pies descalzos sobre el suelo frío del piso de madera, sentía el sudor deslizarse por la espalda, pegando la tela a la piel. El calor no me molestaba tanto como la sensación de que algo iba a explotar —por fuera, por dentro, no sabía bien. Y entonces, llegó él: Leandro. Alto, moreno, con esos ojos que nunca miraban directo, pero que hoy —hoy sí— me devoraban. Se acercó con una botella de agua en la mano, no me ofreció una, no. Se la ofreció a sí mismo, pero antes de destaparla, me dijo: —Vos parecés una gata perdida, Isabella. ¿Te pasa algo?

Me reí, pero fue una risa tensa, cortada, como si me hubiera atravesado un rayo. Le miré las manos, grandes, con venas marcadas, nudillos marcados, anillos antiguos. Me fijé en cómo se le marcaba el pene contra el pantalón cuando se inclinó a colocar la botella sobre el escritorio. No era un chico de oficina, Leandro. Era de los que andan en motos, que traen el cuero en el baúl y el humo de tabaco en la piel. Y yo, que hasta entonces solo lo había visto en reuniones, en cafés del mediodía, en esos comentarios fríos de “buen trabajo, Isabella”, sentí que algo se derrumbaba adentro.

—Vos sabés bien qué me pasa, Leandro —le dije, acercándome hasta que sentí su aliento en la mejilla—. Sabés que no es por el aire acondicionado.

Se puso serio. Me agarró de la muñeca, no con fuerza, pero sí con seguridad. Me llevó hasta el fondo del estudio, donde el sótano —un depósito que nadie usaba— estaba lleno de archivos viejos, cajas polvorientas y una cama plegable que alguien había dejado allí hace años, entre olor a papel viejo y café molido.

—¿Estás segura? —me preguntó, y por primera vez, sus ojos me miraron de frente, sin disimulo.

—Sí —le respondí—. Pero no con la boca. Con la lengua. Con las manos. Con todo.

Y entonces me besó. No un beso de oficina, ni un beso tibio. Un beso de esos que te desarmán los huesos, que te sacan el aire y te dejan con sed de más. Me agarró por la cintura, me levantó como si fuera una pluma, y me sentó sobre la cama plegable. Me desabotonó la blusa con lentitud, uno por uno, y cuando vio que no llevaba sujetador, me sonrió como si hubiera ganado la lotería.

—Viste, Isabella —me dijo, pasándome la mano por el pecho—, vos ya venías preparada.

Me deslicé los shorts hasta las rodillas y me los bajó juntos con los calcetines. Quedé sentada ahí, con las piernas abiertas, el vello pubiano rubio y húmedo, la concha ya brillando por el calor y por lo que quería que él me hiciera. Leandro se arrodilló frente a mí, me separó los labios con los dedos, y me miró la entrada, la punta del clítoris, el pequeño orificio que ya se abría y cerraba como si respirara por mí.

—Estás preciosa —me dijo—. Tan sudada, tan caliente… tan mía.

Y entonces, con una lentitud que me hizo temblar, me metió la lengua adentro. No una pasada superficial, no. Lo que hizo fue hundirse, como si fuera a beberse cada gota de mí. Me chupó el clítoris con fuerza, me lamió la entrada, me tragó un poco de humedad, y cuando sentí que iba a explotar, me puso dos dedos dentro, con una curvatura que me hizo gritar.

—¡Mierda, Leandro! ¡No me jodás! —le dije, agarrándole el pelo—. ¡No me detengas!

Él no me detuvo. Me giró, me puso de cuclillas frente a él, y me metió la lengua otra vez, pero esta vez desde atrás, lamiéndome el culo, rozando el ano, y luego volviendo a subir, hasta encontrar mi punto más sensible. Me chupó el culo como si fuera un dulce de leche, me lamió la concha como si nunca hubiera probado nada así, y cuando me sentí a punto de irme al suelo, me giró, me agarró por las caderas y me metió la polla.

No fue suave. Fue un empuje seco, una entrada dura que me hizo arquear la espalda, que me sacó un grito de sorpresa y placer a la vez. Me tomó por los pechos, me apretó los pezones hasta dolerme, y empezó a cogerme con ritmo, con fuerza, como si me estuviera castigando por haberlo mirado así durante semanas.

—Sí, Isabella —me decía, jadeando—. ¡Así es, perra! ¡Cogéme bien, que me gusta que me agarrés con todo!

Le cogí con las manos, le apreté los glúteos, le clavé las uñas en la espalda, y cuando sentí que iba a venir, le dije:

—¡Quiero que me garchés hasta que me quede sin aire! ¡Quiero que me rompas!

Y entonces, con un último empuje profundo, me metió la polla hasta la raíz, me agarró por el cuello, me besó la garganta, y me corrió dentro. Me inundó con su leche, con su calor, con su olor a hombre maduro, sudor y deseo. Me quedé temblando, con la concha aún palpitando, con la polla still dentro, con la boca seca y los ojos vidriosos.

Cuando se retiró, me limpió con la camiseta, me besó en la frente y me dijo:

—Mañana seguimos. Pero hoy, Isabella… hoy te comiste a tu jefe.

Me reí, me sentí poderosa, viva, quemada por dentro. Y supe que no iba a olvidar esa noche, ni el sabor de su polla en mi lengua, ni el sonido de su voz cuando me decía “perra”.

Porque no era solo sexo. Era fuego. Era mía. Era suya. Era real.

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