La noche que me cogí con las botas de mi tía

La noche que me cogí con las botas de mi tía

@andres_rio ·5 de junio de 2026 · ★ 4.0 (6) · 57 lecturas · 5 min de lectura

La primera vez que las vi, sentí un cosquilleo en la nuca como de advertencia. Eran botas de charol negro, de tacón grueso, con un borde de cuero desgastado por el uso, apoyadas contra el mueble de la tele, como si acabaran de quitárselas y no tuvieran prisa por recogerlas. Mi tía Rosa —la de la panadería, la que siempre me daba pan caliente cuando era niño— estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, fumando un cigarro y viendo una telenovela. Tenía cuarenta y siete años, pero parecía más joven cuando movía la cabeza para los lados, como si escuchara una música que nadie más oyera. Me senté en la butaca opuesta, con la camisa ya desabotonada por el calor del verano mexicano, y ella me miró sin apuro, como si ya supiera que algo iba a pasar.

—¿Te cansaste de caminar, o es que ya no aguantas el calor aquí en Guadalajara? —dijo, sacando un humo azulado que se deshacía en el aire como una promesa.

—El calor lo aguanto, tía Rosa. Pero tus botas… —me atraganté un poco— me están recordando cosas.

Ella se rió, baja y lenta, como un trueno lejano. Se levantó sin prisa, con esa postura de gallina vieja que ya sabe quién manda en el corral. Se acercó, se detuvo frente a mí, y bajó la mano a una de las botas. Me la quitó con lentitud, como si estuviera despojando una cáscara de caramelo, y la dejó a un lado. La otra la hizo igual, y entonces se sentó de nuevo, ahora con las piernas abiertas alrededor del sofá, como una reina que ha decidido recibir a su siervo.

—¿Te gustan mis botas, no? —preguntó, y me lanzó una de ellas a las rodillas. La toqué. Estaba tibia.— Son de cuero de res, hechas a mano en Tlaquepaque. Me las compré cuando gané el concurso de mejor panadería del estado.

—Sí, tía… me gustan —murmuré, sintiendo cómo la boca me seponía.

—Pues hoy no vas a usarlas para caminar. Hoy las vas a usar para… recordar.

Me senté en el suelo, frente a ella. Ella se inclinó, me tomó la cara con las dos manos, y me besó en la frente, despacio, como si estuviera bendiciendo un altar. Luego bajó la mano por mi cuello, por mi pecho, hasta el cinturón. Me desabotonó el pantalón con calma, como si supiera que cada clic del botón era una promesa incumplida por mucho tiempo. Me bajó la ropa interior con lentitud, dejando al descubierto mi verga, que ya estaba dura y pulsante, como si me hubiera escuchado pensar.

—Vaya… ya te está saliendo el chorro, ¿eh? —dijo, acariciándome con la yema de los dedos—. A tus veintiséis, ya sabes lo que quieres.

—Sólo quiero lo que tú quieras, tía Rosa.

Ella rió de nuevo, esa risa que me ponía los pelos de punta. Me tomó la mano y me llevó hasta sus muslos. Estaban suaves, con esa textura de piel que ya ha amado y ha sido amada. Me pasé los dedos por la parte interior, sintiendo el calor que exhalaba su cuerpo. Ella se inclinó hacia atrás, cerrando los ojos, y dejó que la besara. Primero en el cuello, luego en la oreja, y por fin en la boca. Su lengua entró con seguridad, como si ya hubiera rehecho el camino mil veces.

—Hoy no te voy a pedir que seas respetuoso. Hoy te voy a pedir que me cojas como si no hubiera mañana.

Me puse de pie. Me deslicé el pantalón y la camisa por la cintura. Ella se quitó el top, dejando al descubierto sus pechos redondos y firmes, con las pezones oscuros y hinchados. Me senté en el sofá, la tomé por la cintura y la senté sobre mí, de espaldas. Le separé las nalgas con las manos, sintiendo la suavidad del cuero de sus muslos contra mis dedos. Me incliné y le besé el ombligo, luego bajé más, hasta rozar con la lengua su entrada. Ella jadeó, un sonido bajo y húmedo, como el grito de una moto que se acerca por la carretera.

—Sí… sí, así… —murmuró, agarrando los brazos del sofá—. Me estás haciendo sentir como una muchacha.

Le separé más las nalgas y metí un dedo, despacio, hasta la segunda falange. Ella suspiró, y luego otro. Cuando sentí que estaba lista, me levanté un poco, tomé mi verga y la empujé contra su entrada. Se contrajo al principio, pero luego se abrió, como una flor que ha esperado mil días por la lluvia. La empujé hasta el fondo, lento, con los ojos cerrados, sintiendo su calor, su fuerza, su humedad. Me pegué a ella, con el pecho contra su espalda, y la abracé por la cintura mientras empezaba a moverme.

—Estás muy apretada, tía… —le dije al oído.

—No me digas tía cuando te meto la verga hasta el fondo… —gimió, y se estremeció.

Empecé a cogerla con más fuerza, con ese ritmo que uno aprende cuando ya sabe que no hay vuelta atrás. Ella se dejaba llevar, moviendo las caderas conmigo, como si fuéramos un solo cuerpo. Le besé el cuello, le mordí un poco la oreja, y le dije al oído:

—¿Te gusta que te coja como un muchacho de la colonia?

—Sí… sí… que me cojas como si me fueras a ganar la vida con esto… —me pidió, y su voz se quebró.

Me aferré a sus caderas y la cogí con más fuerza, hasta que sentí que se le escapaba un grito, agudo y húmedo, como el sonido de una botella de cerveza que se abre en una tarde de verano. Se le llenó el cuerpo de temblor, y yo la sentí estrecharse a mi alrededor. Entonces me dejé ir, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo el corcho de su cuerpo se rompía, cómo su calor se volvía mío, cómo su jadeo se mezclaba con el mío. Me corré dentro de ella, con lentitud, como si no quisiera que se acabara.

Me quedé dentro un rato, con la frente contra su espalda, sintiendo su corazón latir. Ella se giró, me besó en los labios, y me pasó la lengua por los dientes.

—Hoy no fue un pecado, Andresito —dijo, con una sonrisa de gato que acaba de robar la crema—. Fue un recuerdo.

Me levanté, me vestí despacio, y cuando ya estaba en la puerta, ella me detuvo.

—Mañana, cuando vengas a traerle pan a tu mamá… tráete tus manos. Que tengo más botas que enseñarte.

También en: IncestoMadurasAnal

¿Te ha gustado? Valóralo

4.0 · 6 votos
Reportar
Compartir

También en Fetichismo