La noche que me cogí al papá de mi amiga

La noche que me cogí al papá de mi amiga

@natalia_fuego ·29 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (35) · 182 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que lo vi en persona, tenía veintitrés y él cincuenta y uno. Ella, Mariana —mi amiga desde la universidad— lo presentó como «mi viejo, que siempre anda viajando y no se mete en nada». Pero cuando lo miré a los ojos, cuando me tendió la mano y sus dedos rozaron los míos con una lentitud intencional, supe que Mariana no era tan inocente como fingía.

Era un viernes, noche de luna llena y calor húmedo. En ese bar de Palermo, donde el jazz se enredaba entre los sorbos de yerba mate con wisky, él sentó la copa con cuidado, sin prisa, como si ya supiera que iba a quedarse hasta el final. Se llamaba Daniel. Alta, hombros anchos, cabello canoso peinado con elegancia, bigote recortado que le daba un aire de viejo ladrón de corazones. Tenía manos de hombre que manda, que construye, que decide. Y ojos que habían visto mucho, pero aún querían ver más.

—¿Y vos, qué hacés en la vida? —me preguntó, con esa voz grave que sonaba como un trueno lejano.

—Estudio bellas artes. Hago ilustraciones para una editorial chica —mentí un poco, porque me gustaba que me preguntaran.

—Ah, sí? —sonrió, y no fue una sonrisa de padre ni de amigo. Fue una sonrisa de hombre que ya sabe que va a ganar—. ¿Y qué te gusta ilustrar?

—Lo que me da la gana. A veces, cuerpos. —Lo dije sin bajar la vista. Lo vi tragar saliva.

Mariana nos dejó solos, con una excusa ridícula: «Se me olvidó el celular en el coche». Mienten todas. Pero Daniel no se movió para ir a buscar nada. Se quedó, me miró, y me dijo:

—Vos tenés una mirada peligrosa, nena.

—Y vos, una voz que me hace cosquillas en la espalda —le devolví, con una sonrisa que me quemó los labios.

Se acercó un poco más. El aire entre nosotros se volvió espeso, cargado de electricidad. Sentí el calor de su cuerpo, el perfume a madera antigua y tabaco seco. Me preguntó si me gustaba el vino tinto. Le dije que sí, pero que lo mejor no era beberlo, sino saborearlo con la lengua. Me guiñó un ojo, y por primera vez, sentí el temblor en las rodillas. No era vergüenza. Era deseo.

—¿Por qué no nos vamos a tu casa? —me propuso, sin prisa, como si ya lo hubiéramos planeado—. Mariana me dijo que estás sola esta semana. Y yo tengo tiempo hasta mañana.

No fue una pregunta. Fue una certeza. Y yo, por primera vez en mi vida, sentí que me permitía aceptarla.

Subimos en taxi, sentados uno al lado del otro, sin tocarnos, pero con las rodillas rozándose cada dos segundos. Él no me miraba. Yo sí lo hacía. Veía cómo se mordía el labio cuando pasábamos por una calle con luces de neón, cómo se aclaraba la garganta cuando el taxi frenaba brusco. Ese hombre que siempre andaba en aviones y reuniones de ochenta personas, allí, en mi vecindario, conmigo, se ponía nervioso. Me encantó.

Entré primero, dejé la bolsa en el suelo, y cuando me di la vuelta, él estaba parado en el umbral, con las manos en los bolsillos, como si dudara si entrar o salir corriendo.

—Vos no sos como pensaba —dije, cerrando la puerta tras él.

—¿Y cómo pensabas que era?

—Un viejo aburrido. Que venía a dar consejos de vida. —Me acerqué, hasta que pude sentir su respiración en el cuello—. En cambio, vos tenés la mirada de un hombre que ya me está sacando la remera.

Me tomó de la muñeca, con suavidad, pero con firmeza. No me obligó. Me ofreció la opción. Y yo, con un nudo en el estómago y un calor entre las piernas, asentí.

Me desabrochó el collar con los dientes. Me arrancó el vestido de un tirón. No fue brusco, pero tampoco tierno. Fue seguro. Fue el movimiento de un hombre que sabe lo que quiere y ya lo tiene. Me dejó en camisón, con los pechos al aire, los pezones duros bajo la luz tenue del living. Él se quitó la camisa, y allí estaban: pecho ancho, abdomen plano, tatuajes discretos, cicatrices viejas. Todo él hablaba de años vividos, de decisiones tomadas, de欲望 que nunca se apagó del todo.

—Vos tenés el cuerpo de una mujer que sabe lo que quiere —dijo, pasando la mano por mi cintura—. Y yo, soy un hombre que aún puede dárselo.

Me giró, me desabrochó el sujetador con un solo movimiento. Me besó en el cuello, con la boca caliente y seca. Me mordió un hombro, con delicadeza, pero con fuerza. Sentí cómo me arqueaba la espalda, cómo mi respiración se volvía corta. Me pasó la lengua por la oreja, me susurró al oído:

—¿Querés que te coga, nena? ¿O querés que te garche hasta que no te acuerdes de tu nombre?

No respondí con palabras. Me giré, lo tomé de la corbata y lo tiré sobre el sofá. Me senté sobre su regazo, con la polla dura ya contra mi vientre, rozándome a través de los pantalones. Me incliné, le desabroché la camisa, le lamió los pezones. Él soltó un gruñido, bajo y gutural.

—Sí, así —dijo, agarrándome la cintura—. Mirá cómo te miro. Mirá cómo te quiero. Mirá cómo te voy a coger.

Me despojó de los pantalones, de la medias, de todo lo que me quedaba encima. Me tomó una pierna, la subió sobre su hombro, y allí, frente al sofá, con el barrio dormido afuera, me empujó dentro. No con fuerza. Con lentitud. Con intención.

Sentí cómo se me llenaba la concha, cómo se me estiraba la vagina, cómo su polla grande, gruesa, madura, encontraba el fondo. Me agarró del pelo, me jaloneó suavemente, y me empezó a coger. No era rápido. Era profundo. Cada embestida me hacía temblar. Me rozaba el clítoris con su pubis. Me mordía el labio cuando yo me ponía demasiado ruidosa.

—Sí, así —me decía, con la voz rota—. Vení, garchá, que te quiero oír.

Y yo lo hacía. Gritaba su nombre. Le decía "viejo", "papá", "maldito", sin saber por qué, pero sintiendo que era lo correcto. Me corrí dos veces: la primera, cuando me dio la vuelta y me cogió por detrás, con las manos en mis caderas, empujando fuerte, hasta que sentí el chorro caliente dentro de mí. La segunda, cuando me levanté, me senté a horcajadas sobre su cara, y me froté contra su boca mientras me lamía la concha con una intensidad que me dejó sin aliento.

Cuando por fin terminamos, me tendió una servilleta de papel, con una sonrisa cansada pero satisfecha.

—¿Y ahora qué hacemos? —le pregunté, recostada sobre su pecho.

—Ahora —dijo, acariciándome el cabello—, vos te quedás conmigo hasta que Mariana se olvide de que te tiene.

Y yo, con la polla aún dura dentro de mí, le besé el cuello y le dije:

—Viejo, vos no sos aburrido. Vos sos peligroso.

—Y vos —me susurró—, sos la mejor trampa que me puse en los últimos veinte años.

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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.

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