La noche que le mame el culo a mi cuñada

La noche que le mame el culo a mi cuñada

@el_profesor ·23 de junio de 2026 · 🔥 4.9 (23) · 24 lecturas · 7 min de lectura

Yo no creí que llegaría a hacerlo. No por vergüenza, no por moralidad, sino por miedo: miedo a romper la familia, a que mi hermano lo supiera, a que la mirara de otra forma a partir de entonces. Pero esa noche, entre el vino barato y el calor de Medellín que no dejaba respirar, todo se desbordó como una caída sin frenos.

Era viernes, lluvia fina pegada a las ventanas del departamento de mi hermano en El Poblado. Nos habíamos quedado los tres a cenar —él, ella y yo— porque mi hermana había tenido que salir de emergencia con su madre a Envigado. Mi cuñada, Valentina, tenía treinta y dos años, dos hijos con mi hermano, y una mirada que me había hecho sudar la camisa más de una vez desde que me mudé con ellos tras la separación de mi última novia. Ella, con ese cuerpo que parecía hecho a base de mantequilla y café, caderas anchas, pechos redondos que se movían con la risa, y una piel clara que se ponía rosada cuando se ruborizaba. Pero no era solo físico: hablaba con calma, con esa pausa antes de cada frase, como si estuviera midiendo cada palabra antes de soltarla. Y eso me volvía loco.

—¿Otro vaso, hermano? —me preguntó Valentina, ya pasadas las once, con la botella de Merlot en la mano. Llevaba una falda corta, una blusa desabrochada hasta el ombligo, y los pies descalzos apoyados en el sofá, los dedos moviéndose al ritmo de la música que ponía mi hermano en el celular.

—Sí, porfa —le dije, y mientras me lo servía, noté que me estaba mirando. No como para coquetear, sino como quien observa un objeto que acaba de recordar que existe. Me sentí expuesto.

Mi hermano, que ya iba por su tercer vaso, se levantó de golpe, se frotó la cara y dijo: —Hermano, disculpa, pero tengo que salir un rato. Se me olvidó entregarle una herramienta a Carlos en el taller. Si llaman, avísenme.

—¿Y si no hay nadie en casa? —pregunté yo, medio burlón.

—Te aseguro que hay —dijo Valentina, y me guiñó un ojo.

Se fue. Y el silencio se volvió denso, espeso, como si el aire mismo se hubiera quedado sin oxígeno.

Ella se recostó en el sofá, cruzó las piernas, y se llevó el vaso a los labios. Me quedé parado frente a ella, sin saber qué hacer. Me sentí raro, como si estuviera jugando con fuego y no me hubiera dado cuenta de que ya tenía los dedos quemados.

—¿Por qué no te sientas, hermano? —dijo, con esa voz que me hacía sentir pequeño y grande a la vez.

Me senté a un metro de ella. El sofá soltó un crujido agudo. —Está calor —dije, como si eso explicara algo. —Sí —asintió—. Pero el vino ayuda. —Sí —repetí.

Y entonces, sin razón aparente, sin una señal, ella se inclinó hacia mí, muy lento, y me rozó el cuello con la punta de la lengua. Fue tan breve que pensaría que lo imaginé si no fuera por el sabor salado que quedó en mi piel.

—¿Viste? —musitó—. Ya no aguanto más.

Me puse de pie de golpe. Ella no se movió. Solo me miró, con los ojos brillantes, la respiración cortada.

—Valentina… esto no puede ser.

—Claro que puede ser —dijo, y se levantó lentamente. Se acercó hasta pegarse a mí. Sentí su calor, el latido de su corazón en el pecho, los senos que me rozaban como si tuvieran vida propia. —Yo no quiero pecado, ni culpa, ni arrepentimientos… solo esto. Solo que tú me hagas sentir bien, como no me siento desde que tu hermano dejó de tocarme así.

No supe qué decir. Solo la tomé de la cintura, y la besé.

Fue un beso lento, con sabor a vino y a vida. Ella me abrió la boca con una naturalidad que me dejó sin aliento. Le pasé las manos por la espalda, sentí la textura de su piel bajo la tela fina, y entonces ella, sin soltar el beso, me jaló de la camisa y me la quitó. Me dejó allí, con el torso al aire, y yo, sin pensarlo, le desabrochó el sujetador con dos movimientos rápidos. Los pechos le saltaron libres, redondos, los pezones duros como granos de café recién tostado. Me incliné y los lamí uno por uno, lentamente, mientras ella me metía las manos entre el pelo y me apretaba contra su cuerpo.

—Estás rico… —murmuré. —Tú también —respondió, y me jaló de la mano hacia su falda.

Me metí la mano bajo la tela, sentí el algodón húmedo de su ropa interior, y con un solo movimiento se lo bajé. Ya estaba mojada, muy mojada, como si estuviera esperando esto desde hacía años.

—Quiero que me lo metas —dijo, y me puso la mano en el pito, sobre el pantalón. —Ya está duro, ¿verdad?

Asentí, sin palabras. Le quité la falda y la camiseta, y la dejé sola, desnuda, con la luz del techo resaltando cada curva. Me arrodillé frente a ella, sin mirarle los ojos, y le abrí las piernas con las manos temblorosas.

—¿Te gusta? —me preguntó. —Sí —dije—. Mucho.

Y entonces, sin más preámbulos, metí la lengua entre sus labios vaginales y la lamí con fuerza. Ella soltó un grito ahogado, se agarró del sofá, y me gritó: —¡Más! ¡Dámelo todo!

La lamí como si me fuera a morir en diez minutos. La chupé, la mordí suavemente, le lamí el clítoris hasta que se le ponía duro como una nuez. Ella jadeaba, se arqueaba, se retorcía. Y entonces, cuando ya no aguantaba más, me levanté, me bajé los pantalones, y le dije: —Dame tu culo.

Ella me miró, sorprendida. —¿Qué? —Te digo: déjame meterle al culo, Valentina. No lo he hecho nunca. Pero quiero hacerlo contigo. Quiero sentirte apretada, apretadísima, mientras te chupo los pechos y te meto el pito por donde no esperas.

Me miró con una sonrisa traviesa, y asintió.

Me levanté, le dije que se pusiera de pie, que se inclinara sobre la mesa baja, y que me diera el culo. Lo hizo sin dudar. Me puse detrás, le agarré las caderas, le pasé la lengua por la grieta, y lo lamí todo, desde abajo hasta arriba, hasta que se le pusieron los pechos tiesos y le empezó a salir agua de la vulva. Entonces le lubrique el ano con mi saliva y con un poco de vino, y le dije: —Está bien, ahora suelta el aire y déjame entrar.

Le puse la punta del pito y lo empujé con cuidado. Se le apretó todo, como si su cuerpo quisiera echarme fuera, pero yo seguí empujando, lento, lento, hasta que entré hasta la base. Ella gritó, no de dolor, sino de placer. Me agarró de la mesa con fuerza, y yo empecé a moverme, con pequeños empujes, como si estuviera clavando un clavo en madera vieja.

—Estás rico… —me decía, con la voz rota—. Mira qué lindo se ve tu pito entrándole a mi culo… ¡Sí! ¡Así!

Y yo la miraba. La miraba con sus nalgas apretadas, su vagina still goteando, su espalda curvada, el pelo pegado al sudor. Y mientras la cogía por el culo, le mame un pecho con fuerza, le chupé el otro con ternura, y la agarré de la cadera con una mano mientras con la otra le frotaba el clítoris. Ella se vino con un grito que me heló la sangre, se le estiraron todos los músculos, y yo, sin poder resistirme más, empujé hasta el fondo y me vengo dentro de su culo, con todas las ganas que había estado guardando.

Cuando terminamos, nos quedamos ahí, sin habla, sin movernos. Ella se volteó, me miró con los ojos brillantes, y me dijo: —Hermano… no le digas a nadie. —Nunca —le prometí.

Y en ese momento supe que nunca volvería a verla de la misma forma. Pero también supe que, si volvíamos a estar solos, lo haría otra vez. Porque Valentina no era solo una mujer: era una tentación que había estado esperando su turno para hacerme pedazos.

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Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.

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