Mi primera vez con la vecina del piso de arriba
4 minMi primera vez con la vecina del piso de arriba
Me llamó la atención desde el primer día que la vi subiendo las escaleras del edificio: pelo castaño oscuro, suelto, una camiseta ajustada que marcaba la curva de sus pechos, y esa forma de caminar que parecía saber exactamente qué efecto causaba. Se llamaba Lucía. Vivía en el piso de arriba desde hacía menos de un mes. Yo, en cambio, llevaba dos años encerrado entre cuatro paredes con un gato chato y una playlist de jazz que ya nadie escucha. Pero todo cambió una tarde de lluvia, cuando el techo del edificio se filtró y me vi obligado a tocar su puerta para pedir un trapo.
Abrió con una toalla alrededor del cuerpo, el pelo húmedo, gotas rodando por el cuello. No era la primera vez que la veía sin camisa, claro —la había visto en la pileta del barrio, en la terraza compartida, hasta en el ascensor una vez que el aire acondicionado falló y ella se quitó la remera para secarse—, pero esta vez sí sentí algo distinto: una punzada en el pecho, un calor que no venía del clima.
—¿Un trapo? —preguntó, medio sonriendo—. Esperá un segundo.
Se alejó y yo me quedé ahí, parado en el umbral, con la ropa que me quedaba pequeña y las manos sudadas. Volvió con un paño limpio y, cuando pasó el brazo por delante mío para dármelo, un olor a lavanda y piel cálida me envolvió como una trampa suave.
—¿Te pasó algo? —me preguntó, mirándome la cara.
—Nada. Sólo que… la lluvia me pilló de sorpresa.
—A todos nos pasa. A veces hasta a los que sabemos que va a llover.
Rió bajito, y yo me dejé llevar por el sonido. No era una risa común: tenía un ritmo que hacía cosquillas en el pecho. Esa noche, no pude dormir. Pensé en cómo me había mirado cuando dije “sí, estoy bien”, sabiendo que no lo estaba. Pensé en sus pechos pequeños, redondeados, con pezones morenos y visibles bajo la tela húmeda. Pensé en lo que sería tocarlos sin pedir permiso, pero con la mirada, con la mano temblorosa, con la voz rota.
Dos días después, me encontré con ella en la escalera, con unos pantalones ceñidos que dejaban entrever la curva del culo, y una camiseta blanca, casi transparente. Me besó sin previo. Fue en la penumbra del rellano, cuando bajaba con una bolsa de verduras y me tropecé con ella. Me agarró del brazo, me miró a los ojos y me dijo:
—Andá, no me digás que no sentiste nada de esto.
—Sí lo sentí. Pero pensaba que era un sueño.
—Los sueños se cumplen si vos los querés bastante.
Y entonces me besó. No fue un beso de prueba, ni tímido. Fue húmedo, profundo, con lengua y sabor a café y algo más, algo que no sabía nombrar pero que me hizo temblar las rodillas. Me metió la mano bajo la remera, me acarició el pecho, me apretó un pezón con los dedos y me dijo:
—Sí, capaz que es tu primera vez con alguien así. Pero vos ya sabés qué querés.
Subimos. No hablamos. Ella abrió la puerta, me tomó de la muñeca y me tiró adentro. El piso de madera crujía bajo mis zapatillas. La luz de la tarde se filtraba por las cortinas semicerradas y pintaba líneas doradas en su cuerpo. Me senté en el borde de la cama y la miré desvestirse con calma: primero los pantalones, luego la camiseta, los calcetines. Se quitó el sostén con un movimiento suave, dejando al descubierto esos pechos que ya conocía con la mirada, pero que ahora estaban ahí, reales, vivos, con venas finas y pezones duros.
—¿Querés verme? —me preguntó, poniéndose de cuclillas frente a mí.
—Sí —dije, y mi voz salió rota.
Me pidió que me levantara, que me desvestiera. Cuando me quedé en boxers, se acercó y me pasó la mano por el pene a través del algodón. Me latía fuerte. Me besó el cuello, me mordió el lóbulo, y me dijo:
—Vamos a coger. Pero tranqui. No hay prisa. Yo ya vine acá muchas veces… pero nunca con vos.
Y entonces sí, me tiró la ropa al suelo, se sentó a horcajadas sobre mí, y se bajó los boxers con lentitud. Me puso la mano sobre la entrepierna, me rozó la cabeza, y me pidió que la cogiera, que la garchara suavemente, que no me apure. Me miró con los ojos medio cerrados, respirando hondo, y me susurró:
—Capaz que es tu primera vez, pero hoy no estás solo. Estoy acá. Con vos. Y con todo lo que vos querés dar.
Y así fue.
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Sin nombre, sin filtros. Cuento lo que pasó tal cual fue, en primera persona y sin maquillaje. Confesiones reales, crudas.