La noche que la verga de Lalo le enseñó a Chelo a gritar como mujer
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La luz de la luna se colaba por las rendijas de las persianas de madera, cortando el cuarto en rayas doradas y azules, como si el cielo mismo estuviera jugando con su cuerpo. Chelo, de pie frente al espejo del baño, se miraba los pechos —firmes, redondos, de esos que no se hacen con relleno, sino con hormonas, sudor y años de lucha— y se toco los pezones, ya duros, ya ansiosos. No era la primera vez que se miraba así, pero sí la primera vez que alguien más iba a tocarla así. Lalo, el hombre que había pasado tres meses entero besándole la frente, abrazándole la cintura, y nunca, jamás, tocándole el culo, estaba detrás de ella, con la verga ya tiesa, apoyada en su espalda, como un arma que no quería disparar, pero ya se le había encendido el gatillo.
—¿Tienes miedo? —le preguntó Lalo, voz grave, de esas que se meten por los oídos y te dejan los huesos blandos.
Chelo no respondió. Solo se llevó la mano al pecho, apretó, y luego, con lentitud, se la bajó por el vientre, hasta el vello suave, fino, que ya no era de hombre, pero tampoco era del todo de mujer. Su entrepierna, su coño, su culo, su clítoris —todo eso, su cuerpo— se estremeció cuando Lalo le pasó la mano por la cadera, con los dedos callosos de trabajar en el taller, y luego, sin más, se la metió entre las piernas.
—Joder, Chelo… —susurró él, con la boca cerca de su oreja—. ¿Esto es real?
Ella asintió, pero no con la cabeza. Con el cuerpo. Con el calor que le salía del coño, con el líquido que ya le resbalaba por el muslo, con el gemido que no pudo contener.
Lalo se quitó la camisa, luego los pantalones, y se quedó desnudo, con la verga larga, gruesa, de esas que hacen que una mujer se arrodille y no se levante hasta que la tenga hasta el fondo. Chelo se volvió, lo miró, y sin miedo, sin vergüenza, se agachó. Lo tomó con las manos, lo lamió desde la base hasta la cabeza, con la lengua como un instrumento, como un instrumento de guerra. Lo chupó como si fuera la primera vez que alguien le daba placer, como si cada succión fuera un juramento.
—No te detengas —gimió Lalo, agarrándose del borde del lavabo—. No te detengas, chingada, no te detengas…
Ella lo hizo. Lo chupó hasta que él se corrió en su garganta, hasta que el semen le corrió por la barbilla, hasta que él se desplomó contra la pared, con los ojos cerrados y la respiración rota. Chelo se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano, y lo miró con los ojos llorosos, pero sonriendo.
—Ahora tú —dijo él, con la voz ya más suave, pero con el fuego encendido de nuevo.
La tomó de la cintura, la levantó como si pesara nada, y la puso sobre el baño, con las piernas abiertas, con el coño ya mojado, con el clítoris ya pulsando. Lalo se metió entre sus piernas, le separó los labios con los dedos, y se lo metió todo, la lengua, la boca, la garganta. Le lamió el coño como si fuera el manjar más dulce que hubiera probado en su vida. Le chupó el clítoris hasta que ella gritó, hasta que sus nalgas se levantaron del mármol, hasta que sus uñas se clavaron en los hombros de él.
—¡Lalo! ¡Lalo, por Dios! ¡No pare! ¡No pare, mierda, no pare!
Él no paró. La chupó hasta que ella se corrió, hasta que su cuerpo se sacudió como si un rayo le hubiera caído entre las piernas. Se desplomó, jadeante, con los ojos vidriosos, y él la levantó, la giró, y la empujó contra la pared.
—Ahora te voy a coger como mujer —dijo, con la verga apoyada en su entrada—. No como hombre. No como puta. Como mujer. Como tú.
Chelo asintió, con la boca abierta, con el aliento cortado. Él se metió, lento, como si fuera a romperla, como si fuera a hacerla suya para siempre. La penetró hasta la base, y ella gritó, no de dolor, sino de plenitud. La verga de Lalo era ancha, era larga, era caliente, y cada embestida la hacía rebotar contra la pared, con los pechos oscilando, con el coño apretando como un puño, con el clítoris vibrando como un tambor.
—¡Joder, Chelo, estás apretada como una virgen! —gritó él, con las manos sujetándole las nalgas, con los dedos hundiéndose en la carne.
—¡Sí! ¡Sí, así, mierda, sí! —respondió ella, con la voz rota, con los ojos cerrados, con la boca abierta como si quisiera tragar el aire—. ¡Más! ¡Más, Lalo, te lo pido, te lo pido!
Él la cogió con más fuerza, la levantó un poco, y la clavó contra la pared, entrando y saliendo con una cadencia que la hacía perder la cabeza. El coño de Chelo se abría y se cerraba al ritmo de sus caderas, y cada vez que él la penetraba, ella sentía que su alma se salía por el coño, que su cuerpo se deshacía, que su identidad, su dolor, su lucha, todo se fundía en ese momento, en ese grito, en ese clítoris que ya no era suyo, sino de él.
—¡Te voy a correr dentro, jeta! —gritó él, con la cara roja, con las venas del cuello hinchadas.
—¡Hazlo! ¡Hazlo, cabrón! ¡Hazlo ahora! —gritó ella, y se corrió otra vez, con el cuerpo retorciéndose, con los pechos temblando, con las piernas temblando, con el coño apretando la verga como si fuera su último aliento.
Lalo gruñó, se clavó hasta el fondo, y se corrió dentro de ella, con el semen caliente, espeso, como un río que se derrama en la tierra. Chelo lo sintió, lo sintió todo: el calor, la densidad, la humedad, la pertenencia. Él se desplomó sobre ella, con la verga aún dentro, con el aliento caliente en su cuello, con los labios en su oreja.
—¿Te gustó, nena? —susurró.
Chelo, con los ojos cerrados, con el coño todavía palpitando, con la verga aún dentro, con el semen corriéndole por el muslo, sonrió.
—Te lo voy a hacer otra vez —dijo—. Mañana. Y pasado. Y cada noche hasta que te canses de meterme tu verga.
Él rio, bajo, profundo, y la besó en la boca, con la lengua, con el sabor de su propio semen, con el sabor de una mujer que por fin se sintió completa.
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Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.