La noche que la chimba se volvió fiesta
7 minLa noche que la chimba se volvió fiesta
En el barrio La Candelaria, donde los balcones de madera se balancean con el viento suave de la tarde y el olor a arepas recién hechas se mezcla con el perfume de los jazmines, Camilo había invitado a unos amigos a su casa. No era nada del otro mundo: una casa baja de dos pisos, con patio trasero donde crecía un árbol de mango que ya daba frutos pequeños y ácidos. Pero esa noche, bajo un cielo estrellado y con el sonido de una playlist de Vallenato antiguo que sonaba apenas audible desde la ventana abierta, todo iba a cambiar.
Camilo, de treinta y pocos, alto, con los hombros anchos y una sonrisa que siempre parecía tener un chiste guardado, había preparado todo con cuidado: botellas de aguardiente Antioqueño bien frías, un plato de chorizos bañados en salsa de tomate y cebolla, y una caja de chocolates suizos —los de relleno de leche— que dejó sobre la mesa del comedor, casi como ofrenda.
Llegó primero Valentina. Llevaba una falda negra de talle alto que le marcaba la cintura estrecha y un blusón de seda color vino, abierto hasta el ombligo. Sus cabellos castaños los había recogido en un moño desordenado, con algunas hebras sueltas que le rozaban el cuello. Al entrar, le dio un beso en la mejilla a Camilo y le dijo, con esa voz que siempre le hacía sentir como si estuviera bajo una manta caliente: —¿Tienes algo pa’ refrescar? Que el calor de hoy es pa’ sacar el alma por la boca.
—Agua, jugo, o… —Camilo dejó la frase suspendida un instante, mientras le pasaba la mano por el brazo, lento—. O lo que tú quieras.
Luego llegó Juan, el mejor amigo de Camilo desde la universidad, con su risa franca y los ojos siempre medio cerrados, como si estuviera a punto de soltar una broma. Atrás venía Daniela, su novia desde hace tres años: bajita, con curvas suaves y un perfume a vainilla que se le quedaba pegado al cuerpo como una promesa. Y por último, llegó Mateo, el más callado del grupo, arquitecto de oficio, de mirada profunda y manos grandes, que siempre traía consigo una botella de vino de la bodega de su mamá.
Se sentaron en el comedor, rodeando la mesa de madera, con las botellas y vasos al centro. El aguardiente entró con el primer brindis: —¡Por la chimba que nos une! —dijo Juan, con una carcajada que hizo rebotar la mesa—. ¡Que esta noche no tengamos que andar pidiendo permiso pa’ nada!
Camilo bebió un trago largo, sintiendo el fuego bajarle por el pecho. Valentina lo miró por encima del borde del vaso, con una sonrisa pequeña que no llegaba del todo a sus ojos, pero que sí le hizo sentir cómo se le ponía duro el pito dentro del jeans.
—¿Por qué no salimos al patio? —sugirió Daniela—. Aquí hace calor pa’ tanto abrigo.
Y así fue. Se trasladaron al patio, donde habían dejado almohadones grandes en el suelo, sobre un tapete de telas coloridas. El mango, con sus hojas grandes moviéndose con la brisa, parecía susurrarles secretos. Mateo abrió la última botella de aguardiente y la dejó sobre una mesa baja, sin tapa.
—¿Alguien más quiere? —preguntó, ofreciéndosela a Valentina.
Ella no respondió con palabras. Solo inclinó su cabeza hacia atrás y le tendió el vaso, el cuello estirado, la garganta expuesta. Mateo le sirvió con lentitud, sus dedos rozando los suyos por un segundo. Ella no retiró la mano. En cambio, le sonrió, con los labios entreabiertos, y bebió de un trago.
Fue entonces cuando todo empezó a moverse, no con brusquedad, sino como una marea que no se da cuenta de que ya subió hasta donde debía.
Juan se acercó a Daniela, que estaba sentada entre Camilo y Mateo. Le pasó una mano por la espalda baja y le acarició el muslo, con la palma hacia arriba, como si estuviera explorando un mapa conocido. Ella no se apartó. Incluso se inclinó un poco hacia él y le susurró: —¿Tú sabes lo rico que es esto? —y se mordió el labio inferior, con una sonrisa que no se le borró ni cuando Camilo le pasó la mano por la cintura y la tiró suavemente hacia atrás, contra su pecho.
Camilo sintió el calor de su espalda, la textura de la seda bajo sus dedos. Le pasó una mano por el estómago, luego subió hasta rozar la base de su seno, y Daniela soltó un suspiro que era mitad queja, mitad pidiendo más.
Mateo y Valentina ya estaban acostados sobre los almohadones, él con la camisa abierta, ella con el blusón a medio subir. Valentina le había agarrado la cara con ambas manos y le estaba chupando el cuello, con besos húmedos y lentos. Mateo, sin soltarla, le desabrochó el sujetador con un solo movimiento hábil, y sus pechos pequeños y firmes saltaron al aire, como si llevaran mucho tiempo esperando esa oportunidad.
—Ay, rico… —murmuró Valentina, y se inclinó para chuparle el pezón, mientras él le frotaba la entrepierna con la mano, sintiendo cómo se ponía duro dentro del pantalón.
Camilo se separó de Daniela apenas lo suficiente para mirarla a los ojos. —¿Estás bien? —le preguntó, con voz suave, aunque su pito seguía tenso en el jeans.
—Sí… —dijo ella, y le tomó la mano, y la puso sobre su muslo, ya húmedo por el calor y por lo que había empezado a pasar—. Pero no me preguntes si quiero… porque la respuesta ya la sabes.
Él le sonrió, y la atrajo hacia él. Le desabrochó el pantalón con lentitud, bajó la cremallera, y le metió la mano dentro. Daniela jadeó, y su cabeza se inclinó hacia atrás. Él le acarició el monte de Venus con la yema de los dedos, sintiendo el vello suave, el calor, la humedad que ya empezaba a salirle por dentro. Ella lo tomó por la muñeca y lo guió, hasta que sus dedos rozaron su clítoris, ya hinchado y sensible.
—Sí… así… —gimió, y su mano fue a parar a la entrepierna de Camilo, donde sintió el bulto tenso bajo el jeans.
Juan, que había estado observando todo con una sonrisa de puro deleite, se puso de pie y se acercó a Mateo y Valentina. Le quitó la mano de la entrepierna a Mateo y se la llevó a la boca, chupándole los dedos con lentitud, mientras con la otra mano le desabrochaba el pantalón. Mateo no se resistió. Solo le puso la mano en la nuca y lo atrajo hacia él para besarle el cuello, con mordiscos suaves.
Valentina, ahora sentada entre los dos, se pasó la lengua por los labios y dijo: —¿Alguien quiere que les cuente lo que le hice a Camilo la semana pasada? —y se rió, con una risa que era pura seducción—. Pero no la versión para niños.
Camilo no esperó a que respondieran. Se arrodilló frente a ella, le separó las piernas, y le metió la lengua dentro. Ella gritó su nombre, y Mateo y Juan se miraron por un segundo, antes de que el primero le dijera al segundo: —Vamos a ver si tú también sabes hacerlo bien.
Y así continuó la noche: con besos que se entrelazaban, manos que buscaban piel, respiraciones que se mezclaban con el sonido de la música y el crujido de los almohadones. Nadie mandaba órdenes. Todo era un fluir, como el río que pasa por la ciudad, que no se detiene, pero tampoco se apura.
Valentina le chupó el pito a Camilo con tanta naturalidad, como si lo hubiera hecho toda su vida, y él no pudo evitar cerrar los ojos y dejarse llevar, sintiendo su boca tibia y húmeda, los labios estirados, la lengua dando vueltas alrededor del glande.
Daniela y Mateo estaban boca abajo, ella sobre sus rodillas, él detrás, entrando en ella con lentitud, como si estuviera abriendo una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada.
Juan, sentado sobre una almohada, se mordía el puño y observaba todo, con los ojos brillantes, hasta que Camilo lo miró y le dijo: —Tú también quieres, ¿verdad?
Juan asintió, sin decir nada, y Camilo le quitó la camisa con un gesto rápido, y lo besó en la boca, con la lengua abierta. Le pasó la mano por el pecho, sintiendo los pezones duros, y luego bajó, hasta agarrar su pito a través del pantalón.
—¿Quieres que te lo mame? —le preguntó Camilo, con una sonrisa pícara.
—¿Tú me lo haces? —respondió Juan, y soltaron una carcajada, antes de volver a besarse.
Esa noche
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