La primera vez que vi a mi vecina follando con su novio desde mi balcón
7 minLa primera vez que vi a mi vecina follando con su novio desde mi balcón
La primera vez que vi a Valeria follando fue un miércoles a las 7:13 de la noche, según el reloj de microondas que llevaba encendido desde las 6:45, cuando se me ocurrió calentar unos tamales. Estaba de pie frente a la cocina, con la cuchara de madera clavada en el aire, mirando cómo el vapor se enrollaba alrededor de la tapa del recipiente, cuando el sonido del ascensor me distrajo. No era normal que subiera alguien a esa hora: el edificio estaba callado, con vecinos que ya habían cenado, niños dormidos, perros silenciosos. Pero ahí estaba ella: Valeria, su vecina del cuarto piso, saliendo del ascensor con una bolsa de tela negra y una sonrisa que no le pertenecía a nadie que viviera en ese lugar.
Yo la conocía desde hacía siete meses, desde que se mudó al departamento 4B, después de que la ex de su novio se mudara a Guadalajara —así me lo dijo una tarde, mientras bajaba las escaleras con su perro, un labrador perezoso llamado Max. Valeria tenía treinta y dos años, era arquitecta, llevaba el pelo corto, oscuro, con una mecha roja que le caía sobre la frente como una línea de sangre seca. Y siempre, *siempre*, usaba pendientes grandes de plata: anillos de metal que colgaban hasta los hombros y brillaban cuando se movía. No era la clase de mujer que uno mira dos veces en el pasillo, pero esa noche, con el humo del microwave still colgando en el aire, la miré dos veces. La miré bien.
Su novio, un tipo alto, de piel morena clara y brazos gruesos, la esperaba en el pasillo. Se llamaba Leonardo. Yo lo había visto antes: una vez, llevando una caja de madera al sótano; otra, saliendo del gimnasio con una sudadera manchada de sal. No habíamos intercambiado ni una palabra. Pero esa noche, mientras Valeria metía la llave en la cerradura, Leonardo le agarró la cadera con una mano y la jalo hacia atrás, sin pausa, sin mirar a nadie más. Ella soltó una risa baja, ahogada, como si ya lo hubiera hecho antes, como si supiera que eso venía. Y entonces… la puerta se cerró.
No me moví. Seguí ahí, con la cuchara en el aire, el pene medio durito bajo el pantalón de algodón. No era curiosidad. Era algo más fuerte: una atracción que no pedía permiso. Me acerqué a la ventana del balcón, esa que daba directo al pasillo del cuarto piso, la misma que daba a la puerta de Valeria. Había una grieta en el espejo de cuerpo entero que tenía a un lado, y por ella, a través de la madera astillada, pude ver el reflejo de la habitación.
Valeria se había quitado el bolso y lo había tirado sobre el sofá. Leonardo ya tenía las manos bajo su camisa. No la besó. No se detuvo. Se la cargó como si fuera una bolsa de arroz y la lanzó sobre la cama, de un solo movimiento. Ella cayó de espaldas, sin soltar el aliento, con las rodillas dobladas y los pies descalzos apoyados en el colchón. Leonardo se quitó la camisa de golpe, mostrando un pecho ancho, con pezones oscuros y una línea de vello que bajaba hasta el ombligo y desaparecía bajo el pantalón. No se desabrochó los botones. Se tiró la cremallera hacia abajo, con un movimiento brusco, y sacó el pene. Grande. Macho. Rosa en la punta, moreno en el vello, con venas sobresalientes que se tensaban alrededor del glande hinchado.
Valeria no esperó. Se levantó sobre los codos, se tiró la camisa por los hombros y se quitó el sujetador con una mano. Se quedó allí, de pie, con los pechos grandes, caídos pero firmes, los pezones duros como clavos. Leonardo la agarró de las caderas y la empujó hacia atrás, dejándola recostada de nuevo. Se arrodilló entre sus piernas, le abrió los pantalones con un movimiento rápido, y se metió la lengua dentro de su vagina.
No fue suave. Fue brutal. La cogió por detrás, como si no la conociera, como si la quisiera romper. Le metió la lengua húmeda, áspera, insaciable, entre los labios, rozando el clítoris con el borde de los dientes. Ella gritó, una vez, corto, como un perro cuando le pisan la cola. Leonardo no se detuvo. Le separó los labios con los dedos, le metió dos dedos dentro, curvados, y la empujó contra la pared. Valeria se arqueó, con los ojos cerrados, los puños apretados, los pechos subiendo y bajando como si fueran dos animales atrapados.
Entonces Leonardo se levantó. Se quitó el pantalón y los boxers de un solo movimiento. Su pene estaba rígido, colgando hacia adelante, con gotas de preseminal que brillaban bajo la luz del techo. Se acercó a ella, le agarró una mano y se la puso sobre el pene. «Tú», dijo, sin respirar. «Tú me quieres así». Ella lo sostuvo, con la palma hacia arriba, el pulgar rozando la cabeza, y se lo metió dentro con una sola empujada. Leonardo soltó un gruñido, bajo, gutural. Le agarró los cabellos y la tiró hacia atrás, abriéndole la boca con el pene. Valeria jadeó, pero no se resistió. Lo aceptó. Se dejó meter hasta la raíz.
Folló con fuerza. Sin pausa. Sin mirarla. Ella lo miraba, con los ojos humedecidos, con la lengua fuera cuando él se sacaba, con la boca abierta cuando él se metía otra vez. Se le tensaron los pechos, se le hinchó el clítoris, se le enroscó el cuerpo como un resorte. Leonardo le agarró una cadera, la levantó, y le clavó el pene desde atrás, con una fuerza tal que el marco de la cama se sacudió contra la pared. Ella gritó otra vez, esta vez más fuerte, más agudo, como si le estuvieran arrancando un diente.
Yo no me moví. No respiré. El pene se me había endurecido hasta el punto de doler, y el coño de Valeria, en mi imaginación, ya estaba húmedo, ya estaba sangrando un poco, como si yo estuviera dentro de ella. Leonardo la tomó de las muñecas y se las puso sobre la cabeza, y siguió metiéndola, cada vez más rápido, cada vez más hondo, hasta que Valeria gritó: «¡Ya! ¡Me lo estás llenando!». Y entonces él se detuvo, se sacó, y le dio la vuelta. Se puso encima de ella, con las manos a los lados de su cara, y se metió otra vez. Lento. Deliberado. Con la lengua fuera, con la mirada fija en sus ojos.
Valeria le acarició la espalda, con las uñas. Le mordió el hombro. Le rozó el pene con la punta de los dedos mientras él se movía. Leonardo jadeaba, con la cara roja, con el cuello tensado. Se inclinó, le besó el cuello, y le chupó un pezón, con fuerza, hasta que ella se estremeció. Ella lo apretó, con las piernas cerradas, y entonces él se corrió. Se le llenó el cuerpo, se le encendió la cara, se le llenaron los ojos de humedad. Empezó a bombear, a meter y sacar, a llenarla, a vaciarse en su interior, con una fuerza tal que Valeria gritó su nombre, una sola vez, como si lo estuviera rezando.
Y entonces, como si nada hubiera pasado, Leonardo se sacó, se levantó, y se sentó en la cama. Valeria se puso de lado, con la cara entre las manos, con el pene de Leonardo aún colgando de su muslo, con gotas blancas saliéndose de su vagina. Él le acarició la espalda, le dijo algo al oído, y ella soltó una risa, baja, contenta, como si ya hubiera estado allí antes.
Yo no me moví hasta que escuché el ascensor bajar. No me moví hasta que vi la puerta cerrarse. No me moví hasta que Max, el perro, pasó por el pasillo, jadeando, como si no hubiera visto nada.
Volví a la cocina. Los tamales ya estaban fríos. Me senté. Me desabroché los pantalones. Me bajé la cremallera. Me tocé, lentamente, con la mano temblorosa, con los ojos cerrados, con la imagen de Valeria gritando su nombre, con el pene de Leonardo colgando de su muslo.
No me corrí esa noche. Me correría después. Pero el recuerdo se quedó ahí, pegado al espejo, pegado al calor del microwave, pegado a la grieta del reflejo.
Y al día siguiente, cuando la vi bajando con Max, me sonrió. Como si no supiera que la había visto. Como si no hubiera nada que saber.
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