La noche en que la vecina subió con su hombre
7 minLa noche en que la vecina subió con su hombre
Yo nunca había subido las escaleras de los vecinos con la excusa de devolverles el control remoto del televisor. Era viernes, las siete de la tarde, y la luz del sol se filtraba por las rendijas del pasillo como si hubiera algo que esconder. El control remoto, en realidad, no era nuestro, pero la disculpa funcionaba: un pretexto suave, casi invisible, para tocar la puerta de la vecina sin que nadie sospechara.
Sofía y yo nos habíamos saludado docenas de veces en el ascensor, con una sonrisa breve, una mirada que se escurría antes de volverse incómoda. Ella trabajaba en una galería de arte, él —un hombre alto, de pelo canoso recortado con cuidado— decía que era arquitecto. Siempre iban juntos al cine los viernes, y siempre volvían con la misma bolsa de palomitas medio vacía. Hasta esa noche.
—¿Les devuelvo esto? —dije, ofreciendo el control remoto con la punta de los dedos, como si fuera algo frágil.
Sofía me sonrió, y por primera vez me dejó ver que tenía una pecita pequeña justo al lado del labio superior. Me miró con una lentitud distinta, como si me estuviera leyendo algo que no había dicho en voz alta. Su hombre —Lucas— se posicionó un paso atrás, con las manos en los bolsillos, la postura relajada, pero los ojos no se apartaban de mí.
—¿De verdad es de ustedes? —preguntó él, y su voz era más grave de lo que esperaba, cálida, con un eco que resonaba en el pasillo.
—No —admití, y sentí cómo el sudor me rozaba la nuca—. Pero quería saber si lo habían perdido.
—Claro que lo habíamos perdido —dijo Sofía, y se apartó un mechón de pelo que le caía sobre el hombro—. Incluso lo buscamos ayer, ¿verdad, Lucas?
Él asintió, y entonces dio un paso hacia adelante, cruzando el umbral. No entró, pero se acercó tanto que sentí su aliento en mi mano, donde tenía el control.
—¿Podemos invitarlo a pasar? —preguntó—. Agradecerle de otra forma.
La puerta se abrió más, y detrás de ella no había salón ni muebles, sino un pasillo oscuro, con una luz tenue que venía de una habitación al fondo. El aire olía a madera antigua, a café recién hecho y algo más, algo que no pude nombrar pero que reconoció mi cuerpo antes que mi mente: la promesa de lo que venía.
—¿Estás seguro? —pregunté, mirando a Lucas, pero su respuesta no fue con palabras.
Sofía se volvió y me tomó la muñeca, con una firmeza suave, como si ya hubiera decidido que yo iría con ella, que no había vuelta atrás. Lucas me siguió, sin apuro, y cuando la puerta se cerró, sentí que algo se desbloqueaba dentro de mí, como si llevase mucho tiempo atornillado y de pronto alguien hubiera girado la llave.
El pasillo daba a un dormitorio amplio, con una cama baja, sin cabecera, y una manta de lana desplegada sobre el colchón. Las paredes eran de color terracota, con una sola obra colgada: una fotografía en blanco y negro de manos entrelazadas, viejas, arrugadas, pero con los dedos apretados como si no quisieran soltarse nunca.
—Siéntate —dijo Sofía, soltando mi muñeca y caminando hacia la ventana. Se detuvo frente al cristal, con la espalda recta, y se quitó la blusa lentamente, como si cada botón fuera una decisión.
Lucas se quedó de pie, cerca de la puerta, con las manos ahora en los bolsillos de su pantalón, pero sin tocar nada, sin hacer nada más que mirar. Y yo no sabía si mirar a ella o a él, o al suelo, pero al final elegí mirar sus cuerpos juntos, como si estuviera viendo algo que ya había soñado.
Sofía se volvió ya sin blusa, con un sostén de encaje negro, el pecho redondo y firme, los pezones oscuros y endurecidos por el aire frío del cuarto. Lucas se acercó, y cuando pasó frente a mí, rozó mi brazo con la manga de su camisa, como una disculpa o una disculpa invertida.
—¿Te importa si me quito esto? —me preguntó, y me tocó la mano con la suya, breve, como un rayo.
Yo asentí, y entonces él se quitó la camisa, mostrando un torso largo, con musculatura fina, sin exceso pero con la marca del ejercicio diario. Sus brazos estaban marcados por venas leves, y un tatuaje pequeño en la muñeca: un triángulo con una línea vertical al centro. Un símbolo que no reconocí, pero que me pareció familiar, como si lo hubiera visto antes en un libro olvidado.
Sofía se quitó el sostén, y entonces vi sus pechos por completo. No eran grandes, pero perfectamente simétricos, con un color dorado suave, como si hubieran estado al sol muchas veces, pero con cuidado. Lucas se acercó a ella y le rozó la nuca con los dedos, luego bajó hasta el hombro, y luego hasta la curva de su pecho, sin apuro, como si estuviera leyendo una historia escrita en su piel.
—¿Quieres tocarla? —me preguntó, sin mirarme, pero con la voz cambiada, más baja, más húmeda.
No respondí con palabras. Me levanté, caminé hasta la cama, me senté con las piernas separadas, y esperé. Sofía se acercó y se sentó frente a mí, con las rodillas a ambos lados de mis muslos. Me miró, y esta vez no hubo sonrisa, solo una mirada limpia, sin máscara.
—Tú primero —dijo.
Yo le desabroché el botón del pantalón, con los dedos temblorosos. No había apuro, solo una lentitud que parecía querer alargar el instante. Cuando bajó la cremallera, ella no se movió, y yo pude ver la curva de su vulva, cubierta por un triángulo de vello oscuro, húmedo ya por algo que no era sudor. Lucas se puso de rodillas junto a la cama, y cuando puso su boca sobre ella, sentí cómo Sofía jadeaba, su cabeza cayendo hacia atrás, los ojos cerrados, los dientes apretados.
No era una escena que hubiera planeado, pero tampoco una que hubiera rechazado. Era como si el cuerpo hubiera estado esperando esta orden desde siempre, y ahora que había llegado, no hacía falta más explicación.
Lucas se levantó, y yo me levanté también. Desabotoné mi camisa, lentamente, y cuando me quitaba los zapatos, Sofía me tomó el pene por encima del boxers, con una presión suave, como si lo estuviera midiendo. Lucas me ayudó a quitarme la ropa, y cuando quedé desnudo, él me acarició el estómago, luego el pecho, y al final bajó hasta mis testículos, con una suavidad que me hizo estremecer.
—Ahora tú —dijo Sofía, y se sentó en la cama, abriendo las piernas.
Yo me acerqué con las manos temblorosas, y cuando puse mis dedos en su vulva, sentí su calor, la humedad que ya no podía disimular. Deslicé un dedo, luego otro, y ella gimió, un sonido bajo, casi musical, como si cada nota estuviera bien afinada. Lucas se puso detrás de mí, y me tomó la cintura, con las manos firmes, pero no con fuerza, con intención.
—No tengas miedo —dijo, y entonces me empujó suavemente hacia ella.
Yo entré dentro de Sofía con lentitud, tan lenta que sentí cada centímetro: la tensión inicial, la apertura, el calor que me envolvió como un abrazo. Ella suspiró, y Lucas me apoyó las manos en los hombros, como si me sostuviera para no caer.
No fue rápido. No fue intenso. Fue profundo. Cada movimiento de cadera era una decisión, un acuerdo tácito. Sofía cerró los ojos y apoyó su frente en mi hombro, su aliento en mi cuello, su cuerpo temblando con cada empuje. Lucas me rodeó con un brazo y me acarició el pelo, como si yo también fuera suyo.
Cuando ella vino, fue con los ojos abiertos, mirándome directamente, y cuando yo llegué, fue dentro de ella, con una fuerza que no esperaba, con un calor que me quemó desde dentro. Lucas se acercó y me tocó el pene cuando aún estaba dentro de ella, con una mano firme, con un movimiento lento, y yo sentí su calor, su respiración, su presencia.
Después, nos quedamos así, los tres, enredados en la manta, sin hablar. Sofía apoyó su cabeza en mi pecho, y Lucas se tumbó a mi lado, con la mano sobre mi muslo. El sol había bajado ya, y la luz del cuarto era más tenue, más cálida.
No dijimos nada. No necesitamos. Había algo entre nosotros, algo que no se había inventado esa noche, pero que esa noche se había despertado, como una planta que se abre tras la lluvia.
—¿Volveremos a hacerlo? —pregunté, con voz baja.
Sofía se movió
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Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.