La Nana y el Niño — Parte 1
6 minLa Nana y el Niño — Parte 1
Adriana Vargas, más conocida como Adriana_v en las redes donde subía sus fotos de ropa interior ajustada y videos coquetos con filtro de gatito, tenía treinta y dos años, pero el cuerpo de una diosa de cuerpazo prieto y nalgas duras como dos mitones de lucha libre. Vivía en un departamento pequeño en la colonia Roma, de esos con rejas en las ventanas y olor a humedad por las mañanas, pero con vista a un patio interior donde de vez en cuando se asomaba algún vecino curioso. Trabajaba como influencer, aunque la verdad era que la mitad de sus ingresos venían de OnlyFans, donde no se andaba con pendejadas: mostraba todo, y bien mostrado. Sus suscriptores pagaban por verla restregarse con tacones altos, con el culo al aire y la mano en la entrepierna, diciéndoles a grititos que se la chuparan si podían.
Ese viernes, Adriana recibió al nuevo inquilino del cuarto que daba al patio. Se llamaba Emiliano, pero todos le decían "El Niño", no por tierno, sino porque así le quedó el apodo desde que, a sus veintitrés, ya levantaba camionetas en el gimnasio del barrio. Era alto, moreno, con el pelo corto y un tatuaje de una víbora en el antebrazo que se le movía cuando apretaba los puños. Tenía la piel canela, sudorosa, y un olor a macho que se sentía desde que abrió la puerta con una caja en braz在玩家中. Llevaba una camiseta sin mangas que dejaba ver unos bíceps que parecían de piedra y un pecho lampiño que invitaba a morder.
—Buenas, soy Emiliano —dijo, con voz grave, como si estuviera a punto de gruñir—. Me dijeron que tú eres la encargada.
—Sí, soy yo —respondió Adriana, apoyada en el marco de la puerta, con una pierna cruzada y el escote marcado por el brasier negro que usaba debajo de la blusa abierta—. Pasa, te voy a enseñar el cuarto.
El cuarto era chiquito, con una cama individual, un clóset roñoso y una ventana que daba justo al patio donde Adriana, de vez en cuando, se ponía a tomar el sol en bikini. Ese día, sin embargo, hacía calor de la chingada, y el aire acondicionado no funcionaba. Emiliano se quitó la camiseta al instante, dejando ver un torso esculpido a base de pesas y sudor. Adriana no pudo evitar mirarle los pectorales, duros como dos platos, y el vientre marcado con una tableta de chocolate que bajaba hasta perderse en el borde del pantalón de mezclilla ajustado.
—¿Y el baño? —preguntó Emiliano, pasándose una toalla por el cuello.
—Compartido —dijo Adriana—. Pero no hay problema. Yo entro en las mañanas, tú puedes usarlo después.
Emiliano asintió, pero al darse la vuelta, Adriana notó cómo se le marcaba el culo en los jeans. Un culo prieto, redondo, que se movía como si tuviera vida propia. No pudo evitar morderse el labio inferior.
—Oye —dijo Emiliano, volteando—, ¿te puedo pedir un favor? A ver si tienes una extensión o algo. Mi cargador no alcanza.
Adriana entró a su cuarto, el más grande del departamento, con una cama queen size y un espejo en el techo que había puesto "por diversión". Sacó una extensión del cajón de la mesita de noche, donde también guardaba su consolador de silicona y un par de vibradores en forma de conejito. Al salir, vio a Emiliano agachado, ajustando un cable en la laptop, con el pantalón pegado al culo y la camisa subida lo justo para mostrar un pedazo de piel morena y sudorosa.
—Toma —dijo Adriana, extendiéndole el cable.
Emiliano se incorporó y, al tomarlo, sus dedos rozaron los de ella. Un segundo. Pero fue suficiente. Los dos sintieron el chispazo, ese que no se puede fingir. Emiliano la miró fijo, con los ojos entrecerrados, como si estuviera calculando si podía o no lanzarse. Adriana no bajó la mirada. Al contrario, sonrió, lenta, con los labios entreabiertos.
—Gracias —dijo Emiliano, sin moverse.
—No hay de qué —respondió ella, sin despegarse.
El aire entre ellos se espesó. El calor no era solo del clima. Era el calor de dos cuerpos que se querían, aunque no lo hubieran dicho. Adriana dio un paso al frente. Emiliano no retrocedió. Ella alzó la mano, casi sin pensarlo, y le tocó el bíceps. Firme. Caliente. Real.
—Te cuidas bien —dijo, rozando con la uña el tatuaje de la víbora.
—Sí —respondió Emiliano, con la voz más ronca—. Me gusta sudar. Me gusta el esfuerzo.
—Yo también —dijo Adriana, bajando la mano hasta la cintura del pantalón—. Me gusta ver cómo se mueve un cuerpo que se cuida.
Emiliano no dijo nada. Solo la tomó de la muñeca. Suave, pero con fuerza. La atrajo hacia sí. Adriana sintió el calor de su pecho, el olor a sudor y a hombre, y el bulto que se le marcaba en los jeans. Grande. Duro. Listo.
—¿Y si te digo que no soy buena vecina? —susurró ella, con los labios a un centímetro de los de él.
—Entonces yo seré mal inquilino —respondió Emiliano, antes de besarla.
El beso fue brutal. Hambriento. Lengua contra lengua, dientes chocando, saliva compartida. Adriana gimió. Emiliano la empujó contra la pared, le subió la blusa y le agarró un seno por encima del brasier. Lo apretó, lo mordió por encima de la tela, y luego le desabrochó el sostén con una sola mano. Le chupó el pezón con ganas, con hambre, mientras ella le desabotonaba el pantalón y le bajaba el cierre con los dedos temblorosos.
Cuando sacó la verga, se quedó sin aliento. Era larga, gruesa, con una cabeza hinchada y venas que parecían cuerdas. Emiliano se la sacudió una vez, dos veces, y una gota de líquido preseminal le resbaló por la punta.
—¿Te da miedo? —preguntó, con una sonrisa de macho.
—Al contrario —dijo Adriana, arrodillándose—. Me da hambre.
Y sin más, se la metió a la boca. La chupó como si fuera su última comida, con la garganta abierta, las mejillas hundidas, las manos en sus nalgas apretándolo más. Emiliano le agarró el pelo y empezó a jalar, a follarle la boca con movimientos fuertes, certeros. Adriana no se quejó. Al contrario, gemía con la verga adentro, con los ojos cerrados, con el coño ya empapado.
Y justo cuando Emiliano estuvo a punto de correrse, cuando el cuerpo se le tensó y el aire se le cortó, Adriana se detuvo. Se paró, se quitó la blusa, el brasier, la falda, las bragas, y se sentó en el borde de la cama con las piernas abiertas.
—Ahora —dijo—, cógeme como si fuera tu puta.
Emiliano se acercó, con la verga tiesa como una lanza. Y sin más, la penetró de un solo empujón. Adriana gritó. El cuarto se llenó de jadeos, de golpes de carne contra carne, de nalgadas que retumbaban en la pared. Él la agarró de las caderas, la levantó, la giró, la puso de cuatro y le metió la verga hasta el fondo, una y otra vez, mientras ella le decía que la chingara más fuerte, que no se detuviera, que le llenara el coño de leche.
Y cuando ambos estuvieron al borde, cuando el clímax estaba a punto de estallar como una bomba, Emiliano se detuvo.
—No —dijo—. Esto no termina así.
Adriana lo miró, jadeante, con los ojos encendidos.
—¿Y entonces?
—Mañana —dijo Emiliano, con una sonrisa de macho—. Mañana terminamos lo que empezamos.
Y sin más, se puso los pantalones, se fue a su cuarto y cerró la puerta.
Adriana se quedó desnuda, con el coño palpitando, con el sabor de su verga aún en la boca, y con el corazón acelerado.
Lo peor era que ya no podía dormir. Lo peor era que quería más.
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